Valencia desde la última planta del hotel Meliá

Podría ser cualquier ciudad de tamaño medio como Zaragoza o Málaga, pero es Valencia. Y la foto está tomada desde una atalaya arquitectónica que abarca una mínima parte de la geografía urbana.

Es por la mañana y hace poco que ha salido el sol, perfilando el flanco de esos edificios alineados en uno de los bordes de la amplísima avenida.

Ya es de día, pero apenas se perciben signos de actividad. Nadie en las aceras, nadie instalado en una de esas minúsculas terrazas que permiten escudriñar la urdimbre misteriosa que soporta el discurrir de los segundos.

Los edificios son como corazones encerrados en sí mismos, como grandes y poderosas máquinas de ladrillo y hormigón que guardan latidos y vivencias, soledades y júbilos, brindis luminosos y círculos cerrados por la asfixia y la desolación.

¿Qué oculta ese friso de balcones y ventanas, esa perfecta geometría de líneas que se cruzan, de colores que hermosean las apariencias de la arquitectura?

¿Qué se esconde tras la tibieza del cristal?

La caligrafía íntima y desnuda de las aristas que todavía hieren, de las apoteosis que zozobran en un brindis solitario, de los sueños que nunca se podrán convertir en realidad.

111Valencia. Vista de la ciudad desde la última planta del hotel Meliá.

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