Preludio Oriental

LA ENCARNACIÓN DE LOS DIOSES EN LA LITERATURA
(Y LA FILOSOFÍA) PARA EXPLICAR EL MUNDO

«En el principio fueron las especias…» Así empieza Stefan Zweig su biografía de Magallanes. Y prosigue: «Desde que los romanos, a través de sus viajes y sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no saben ya prescindir de la especiería, de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega». Pero si a Oriente fue Marco Polo a buscar el perfume de la canela y Colón descubrió América intentando encontrar un camino más corto a las especias orientales, de allí había venido mucho antes el aroma de las palabras más remotas y algunas de las más hermosas de las lenguas de Occidente. Por ejemplo madre. Para nosotros es una palabra latina. Pero el latín la había tomado del griego, y en el griego era un sedimento de una lengua fantasmal: el indoeuropeo. «El indoeuropeo —escribe Henriette Walter— es una lengua que los lingüistas han reconstruido de forma teórica a partir de la comparación de lenguas realmente documentadas. En efecto han observado que existían numerosas y sorprendentes semejanzas, no achacables al azar, entre diferentes lenguas: por ejemplo “madre” era [méter en griego,] mater en latín (antepasado del italiano [y de todas las lenguas romances]), mothar en gótico (la lengua germánica más antigua documentada), mathir en antiguo irlandés (lengua céltica) y mátar en la antigua lengua de la India» (La aventura de las lenguas en Occidente, Madrid, Espasa, 1998, pág. 21).

En el principio fueron las especias… No solo las especias. La literatura, como el sol, nos vino de Oriente. Y no es que, como ha escrito Raimon Panikkar, la sabiduría sea «privilegio de Oriente». «Hay tanta sabiduría en la Venus vespertina como en la matutina —dice—. Pero este Occidente, donde el Sol declina, inebriado por sus proezas innegables, se ha creído por demasiado tiempo ser el oriente del progreso y de la vida».

En el principio también fue la memoria. Quizá por la época en que se componía el Génesis, quizá por la época en que se cuadraban en hexámetros la Ilíada y la Odisea, se estaban transmitiendo de generación en generación los innumerables dísticos de esa gran epopeya india que es el Mahabhárata. (Ortega y Gasset ha hablado del prodigioso rendimiento de la memoria de aquellos libros ambulantes que encerraban la sabiduría hasta que fue codificada por escrito entre los siglos V y I anteriores a nuestra era). Este inmenso poema daría para un curso entero. Baste recordar que el gigantesco Mahabhárata, con sus más de 100.000 slokas —estrofa de dos versos de 16 sílabas—, equivaldría a unos 260.000 hexámetros, es decir, más de 26 Eneidas. Me limitaré a mencionar la Bhagavad Gita, el poema religioso que ocupa unas 700 estrofas del conjunto: transmite algunas enseñanzas de Krishna y es considerado el libro sagrado del hinduismo. Allí podemos leer cosas como ésta: «Así como un hombre, dejando sus viejos vestidos, toma otros nuevos, / así el ser encarnado, dejando sus viejos cuerpos, entra en otros nuevos» (II,22). Se refiere a la reencarnación, claro. Pero un lector de cultura cristiana quizá recuerde un texto paralelo de Pablo de Tarso: «Despojaos del hombre viejo, viciado por la corrupción del error; renovaos en vuestro espíritu y vestíos del hombre nuevo…» (Ef 4,22-23). Aludiré también al episodio de Nala y Damayanti, publicado en «Letras Universales». De Nala se dice que era «entendido en caballos», «amante de los dados» y «el mejor de los arqueros»; de Damayanti, «la de bella cintura», «la de miembros perfectos», que «resplandecía como un relámpago». ¿Quién no ha oído resonar metáforas parecidas en los poemas homéricos?

Cercano en el tiempo es el Ramayana, la epopeya de Rama —héroe y asceta— y de Sita —princesa de sin par belleza—, tradicionalmente atribuido a Valmiki. Al mundo occidental tampoco le ha sido ajeno El libro del Tao, de Lao zi (o Lao-tse), cuyo mítico autor, contemporáneo de Confucio, debió de vivir entre los siglos VIII y V a.C. ¿Quién no ha citado alguna vez las dos primeras líneas del cap. 19: «el que sabe no habla, / el que habla no sabe»? ¿Quién no se ha atrevido alguna vez a compararlas, bien que en otro contexto, con la célebre proposición del Tractatus de Wittgenstein: «Lo que se puede decir, se debe decir con claridad; de lo que no se puede hablar, hay que callar»?

Y esto por no hablar de la inmensidad de la poesía china. Octavio Paz ha hablado de «su belleza —construcciones a un tiempo geométricas y aéreas, fantasías templadas siempre por una sonrisa irónica», y también de la sabiduría que esos poemas destilan. Octavio Paz sigue elogiando la prosa y, entre la prosa, el ensayo breve. «Objetividad, ironía, mesura, desdén por el detalle concreto, amor por la abstracción, preferencia por las formas estáticas y por la simetría de las frases: tales son, según los entendidos, las virtudes de la prosa clásica (época T’ang). No obstante, la literatura china —que, no solo es, entre las vivas, la más antigua del mundo, sino también una de las más ricas— ofrece ejemplos de vivacidad, dinamismo y poesía espontánea y pintoresca, en los que la geometría cede el sitio a la gracia y la ciencia de la retórica a la inspiración».

Las primeras explicaciones del mundo fueron necesariamente míticas y poéticas. Un personaje de Ibsen dirá: «Los nixos, los gnomos y demás son como simbolismos, gracias a los cuales se expresaban ingenuamente, en tiempos remotos, las ideas que no se acertaban a formular con auténtico rigor científico» (Julian Paulsen, en La noche de San Juan, I). Hemos dado en llamar filósofos presocráticos (quizá sobre todo en el sentido etimológico de «amantes del saber») a una serie de escritores que dedicaron sus escritos, más que a divertir, a intentar explicar el mundo. Naturalmente entonces la llamada filosofía no estaba deslindada, no podía estarlo, de la religión y a veces sus explicaciones estaban sujetas a rudimentos científicos o intuiciones que curiosamente luego se demostraron ciertas, como la famosa teoría de los átomos de Demócrito de Abdera, que influiría en Epicuro y en Lucrecio, y al que el Nobel de física Leon Lederman haría un homenaje en su bello libro La partícula divina.

Tres nombres, dos de ellos poetas, han cautivado la filosofía y la literatura posterior. Parménides (¿510-450? a.C.), con su famosa sentencia «Lo mismo es pensar y ser». Heráclito (¿550-475? a.C.), con sus paradojas y aforismos. Su estilo poético es sentencioso, un estilo que «ni dice ni oculta, sino da señales». Dos de las frases más conocidas, que realmente no nos consta que dijera, son el famoso panta réi (el latino omnia sunt in continuo fluere) o «Nadie baja dos veces a las aguas / del mismo río», como vertería Borges en un conocido poema de La moneda de hierro (1976). Este último era un texto citado por Platón en el Cratilo un poco al desgaire: «… dice en alguna parte Heráclito…». Y, en fin, Zenón de Elea (ca. 490-? a.C.) con sus famosas aporías: la flecha no dará nunca en el blanco ni Aquiles alcanzará jamás a la tortuga. Resulta curiosa la literatura que ha generado un autor del que no se conservan más que 5 fragmentos (dos de ellos de un par de líneas) y media docena de referencias: cuatro de Aristóteles, una de Platón y otra de Simplicio. Fue Aristóteles quien transmitió las aporías del movimiento. Borges, como no podía ser menos, le dedicó dos artículos en Discusión, los titulados «La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga» y «Avatares de la tortuga», amén de otras alusiones en sus versos.

Pero la narración sobre los orígenes y la explicación del mundo que más ha influido en el arte y la religión occidental ha sido la Biblia. Ya desde la etimología, la Biblia es un conjunto de libros de distinta intención y extensión: desde 21 versículos (Abdías) hasta 66 capítulos (Isaías). Dos grandes bloques la conforman: el Antiguo Testamento es un conjunto complejo de 45 (o 46) libros, compuestos en distintas épocas y en diversos géneros literarios. (Los más antiguos posiblemente daten del siglo IX a.C., es decir, anteriores a los poemas homéricos). Consta de los 5 libros de la Torá o Pentateuco, 12 libros de Historia (Josué, Jueces, Samuel I y II, Reyes I y II, Crónicas I y II, Esdras, Nehemías, y Macabeos I y II), 4 Narraciones (Rut, Tobías, Judit, Ester), 16 libros proféticos (o 17 si la Carta de Jeremías se considera independiente del libro de Baruc), 3 magníficos libros de poesía (Salmos, Cantar, Lamentaciones) y 5 sapienciales (Job, Proverbios, Eclesiastés —o Qohelet—, Eclesiástico —o Sirácida— y Sabiduría), aunque uno de ellos, el Libro de Job, podría ser considerado una perfecta pieza de teatro, si bien un poco discursiva en ocasiones por la necesidad que tiene el autor de apuntalar su tesis. (En «El primer Wells»: Otras Inquisiciones, Madrid, Alianza, 1997, pág. 139, Borges definió al Libro de Job, como «esa gran imitación hebrea del diálogo platónico»).

La influencia de determinados libros o episodios de la Biblia en la cultura occidental es tal que algunos de los pilares de la literatura no pueden entenderse sin ella. Recordemos, de modo telegramático, el Paraíso y sus entornos, que dio un poema épico a Milton y un soneto prodigioso a Blanco White; el ciclo de José y sus hermanos, novelado por Thomas Mann; la torre de Babel, a cuyo misterioso laberinto El Bosco dedicó un cuadro, Borges una biblioteca, y yo mismo sucumbí a la tentación de perpetrar una página menor; el diluvio, que proporcionó a Mario Brelich El navegante del diluvio, una novela-ensayo de rara perfección; el Éxodo y sus distintos episodios, que han influido en multitud de títulos y referencias: baste recordar la novela de León Uris y la película de Preminger (su nombre, como el de la Odisea para una travesía larga y peligrosa, ya ha quedado lexicalizado para la emigración difícil, y León Felipe lo recogió para autodefinirse como «español del éxodo y del llanto»); el delicioso libro de Ruth, resumido en tres sonetos por Gabriela Mistral. La propia Gabriela Mistral glosó en otro soneto el capítulo de «La mujer fuerte» del libro de los Proverbios, 31,10ss.

Los libros históricos han dejado algunas bellas alegorías que preanuncian las parábolas de Jesús. Por ejemplo, el caso de David y Betsabé, la amañada muerte de Urías y la subsiguiente intervención del profeta Natán ante David (2 Sam 12,1-7); conmovedor es el episodio narrado en 2 Sam 23 sobre la sed de David, que derrama sin beberla el agua que le han traído en un casco dos soldados con riesgo de sus vidas: a mediados del siglo II, Arriano atribuiría un gesto similar a Alejandro (Anábasis de Alejandro Magno, VI, 26,1-3). El profeta Isaías nos depara la «canción de la viña» (Is 5,1-7); Jonás, una historia sobre la misericordia de Dios, que siempre es menos fanático que sus profetas. En él también hay una parábola gráfica: la del ricino que da sombra a Jonás, y al secarlo Yahvé para darle una lección provoca la cólera de Jonás y la consecuente respuesta divina. Y, en fin, no quiero abandonar el Viejo Testamento sin dedicar un recuerdo al caso de la hija de Jefté (Jueces 11,29-40), semejante al de la Ifigenia griega. Un oratorio de Giacomo Carissimi (1605-1674), lo recuerda. Carissimi compuso oratorios sobre Jonás, El juicio de Salomón, Job, Caín, La Virgen María y diversos motetes sobre salmos y otros asuntos litúrgicos y bíblicos. Entre ellos el del «Vanitas vanitatum» del Eclesiastés, en que reprodujo prácticamente un verso de Góngora (y luego de sor Juana), quizá sin conocerlo. Oigan el lamento de la hija de Jefté, que sale a los montes a llorar su muerte, y a quien le responde el Eco a sus lamentos de ululate, lachrimate, resonate.

«Llorad, collados; doleos, montes, y gritad conmigo la aflicción de mi corazón, ¡gritad! Voy a morir virgen, y no tendré hijos que puedan consolarme en mi muerte. Gemid, selvas, fuentes, ríos; verted lágrimas en la muerte de una virgen, ¡llorad! En medio de la alegría del pueblo, de la victoria de Israel y la gloria de mi padre, yo sola soy la desgraciada: hija única, virgen y sin hijos moriré. ¡Horrorizaos, rocas; estremeceos, collados; valles y cavernas, resonad con horrible sonido, resonad! Llorad, hijos de Israel, llorad mi virginidad, y lamentad en versos doloridos a la única hija de Jefté».

Dos libros en especial han proporcionado una inagotable estela de seguidores. Uno es el Libro de Job, doloroso alegato contra una teología tradicional que no concebía el sufrimiento y la desgracia sino como castigo por algún pecado explícito u oculto. Job, o la historia de un despojo (en todos los sentidos de la palabra). La protesta de Job llegará incluso hasta un hombre tan piadoso e irreprensible como el Reb Mordecai Meir de Isaac Bashevis Singer:

«El vientre de Reb Mordecai Meir se hinchó como un tambor. “¡Dios mío, no quiero seguir viviendo. Ya he sufrido bastante!”. Se sentía enfadado con Dios por el castigo que le había enviado en la vejez. Quería vomitar y se arrastró hasta el baño, donde sintió náuseas como si hubiera estado bebiendo y comiendo todo el día en lugar de ayunar. Veía llamas que saltaban ante sus ojos. Nunca jamás en toda su vida se había quejado a Dios. Murmuró: “¡No merezco esta aflicción!”. Y sabía que estaba blasfemando» («El abuelo y el nieto», en Un amigo de Kafka y otros relatos, Madrid, Cátedra, 1990, pág. 140).

El Libro de Job será un anticipo de la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, y el inicio de un poderoso desarrollo teatral posterior: el prólogo en el cielo volveremos a hallarlo en el Fausto de Goethe.

El otro es el Cantar de los Cantares, cuya traducción quizá no fuera ajena a la sentencia de cárcel para Fray Luis, y que fue reescrito por Amado Nervo en los 29 sonetos de El prisma roto. Un verso como «sabed que soy feliz, pues fui querida», justifica en su sencillez el abuso retórico de otros. (Pero Amado Nervo no podía conformarse con la luz del Cantar y le añadió una égloga teñida del escepticismo y existencialismo del Eclesiastés. Allí la amada, tras «los rostros marchitos y las flores muertas», «ha muerto, asesinada por el Desencanto». No hay duda de que Amado Nervo sentía debilidad por el Eclesiastés, cuya lectura recomendó en el poema «Inmovilidad» del libro Serenidad: «Compra el Eclesiastés cuanto lo topes»).

El Cantar es uno de los libros más bellos de la Biblia y de los que más incomodidad ha causado. Porque no hay que darle vueltas: es un canto de amor, un canto erótico, pero el Concilio V de Constantinopla condenaría al obispo Teodoro de Mopsuestia († 428) por atreverse a proclamarlo. Los comentaristas han tenido que hacer verdaderos ejercicios malabares para sostener una interpretación alegórica. Los padres griegos, y muy singularmente Orígenes, que, como la abuela de Borges, se sabía la Biblia de memoria, era capaz de explicar cada versículo remitiéndose a otros lugares del AT y del NT, aunque algunos ciertamente muy traídos por los pelos. Un bello texto fue el prólogo de Fray Luis a su traducción del Cantar, que le sirvió para elaborar una teoría de la traducción y le causó algunos problemas con la Inquisición:

«Aquí se ven pintados al vivo los amorosos fuegos de los divinos amantes, los encendidos deseos, los perpetuos cuidados, las recias congojas que el ausencia y el temor en ellos causan, juntamente con los celos y sospechas que entre ellos se mueven. Aquí se oye el sonido de los ardientes suspiros, mensajeros del corazón, y de las amorosas quejas y dulces razonamientos, que van unas veces vestidos de esperanza y otras de temor. Y, en breve, todos aquellos sentimientos que los apasionados amantes probar suelen, aquí se ven tanto más agudos y delicados, cuanto más vivo y acendrado es el divino amor que el mundano. A cuya causa la lección de este Libro es dificultosa a todos y peligrosa a los mancebos, y a todos los que aún no están muy adelantados y muy firmes en la virtud; porque en ninguna Escritura se explica la pasión del amor con más fuerza y sentido que en ésta».

El otro gran bloque es el Nuevo Testamento, un libro más doctrinal que literario. Consta de 27 libros (4 evangelios, el Libro de los Hechos, 21 cartas y el Apocalipsis). Los llamamos tradicionalmente libros, aunque algunos, como las Cartas II y III de Juan (13 y 15 vv. respectivamente), la Carta de Pablo a Filemón o la de Judas (25 vv. cada una) apenas tienen una página.

Las partes más literarias del NT están en algunos momentos aislados de «poesía», como el cántico de la caridad de 1 Cor 13, cuyo primer versículo ya da el tono lírico de su composición: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o platillos estridentes». Lucas, en su evangelio y en los Hechos, atestigua una elaboración más literaria y personal que el resto de los autores. Pero quizá la mejor literatura, por su sencillez y eficacia, se halle en la enseñanza oral de Jesús. (Tagore aseguraba que no había hallado poema más hermoso que el Padrenuestro). Jesús fue un campesino judío —que tal vez pudo trabajar en la construcción en Séforis, una ciudad en plena ebullición de reconstrucción que solo estaba a cinco o seis km de Nazaret—, muy probablemente analfabeto (aunque hay indicios de que pudo al menos saber leer: Theissen-Merz, 399), pero narrador nato, con una intuición extraordinaria para lo esencial y un concepto nuevo de las relaciones de Dios con los humanos. La fuerza de su literatura oral residía en sus apotegmas y parábolas. (Sobre los apotegmas, cf. Gerd Theissen-Annette Merz, El Jesús histórico, 8, Salamanca, Sígueme, 1999, págs. 221-224). La belleza de las parábolas (han quedado registradas unas 40), ha resistido todos los tiempos, no tanto por su elaboración literaria —pues no hay que olvidar que proceden de un lenguaje oral, y su ornamentación no suele ir más allá de lo que admite la metafórica oriental— cuanto por su contenido y por su fuerza para llamar la atención y provocar una respuesta. Él mismo era una metáfora, una metáfora viva, por utilizar un título de Paul Ricoeur. Provocaba con sus gestos (como en el caso de la mujer adúltera a punto de ser lapidada, de Jn 8,1-11, que sería recogido por Buero Vallejo en Las palabras en la arena), o con la interpretación de hechos chocantes o por la novedad de la doctrina («Simón, tengo que decirte una cosa»: Lc 7,36-50; «¿Quién es mi prójimo?»: Lc 10,29-38, etc.). Como ha escrito José Antonio Pagola, él «acudió al lenguaje de los poetas. Con creatividad inagotable, inventaba imágenes, concebía bellas metáforas, sugería comparaciones y, sobre todo, narraba con maestría parábolas que cautivaban a las gentes» (Jesús. Aproximación histórica, Madrid, PPC, 2007, pág. 115). No en balde Juan lo llamó el Logos, el Verbo, la Palabra, la parábola…

No es posible ni siquiera aproximarse a toda la herencia literaria de los evangelios. El cuarto acababa con estas palabras: «Otras muchas cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, creo que los libros no cabrían en el mundo». La hipérbole apenas lo es para el arte en él y en ellos inspirado. Ha habido personajes muy visitados, como Salomé y Herodías, o Judas, cuyas «tres versiones» borgesianas tienen una réplica estupenda en Mario Brelich y su novela-ensayo La ceremonia de la traición, en la que aparece hasta el Auguste Dupin de Poe intentando descifrar el enigma de lo que realmente ocurrió, como había hecho con el Misterio de Marie Rogêt. Ha habido lectores supremos, en la realidad y en la literatura, o en la realidad de la literatura. Piénsese en las sortes biblicae y en Robinsón; en el Julián Sorel de Rojo y Negro,del que se dice en repetidas ocasiones que se la sabía «de memoria…, y además en latín»; en el personaje de «Recuerdos de Mariposa» de Sienkiewicz, que, de solo leer durante 22 años la Biblia polaca traducida por el jesuita Jakub Wujek (1541-1597), había adquirido en su «forma de hablar… la lengua de los profetas» y un sentencioso «estilo elevado, extraño e inexplicable». De su abuela dice Borges que «recitaba la Biblia de memoria. Estuvo en la frontera , en Junín, durante casi cuatro años… Allí vivió esa mujer inglesa joven y enamorada de su marido, con la Biblia y con Dickens».

En la película de Julian Schnabel, Antes que anochezca —de dudoso interés por lo demás— hay una secuencia en que Lezama Lima recibe a Reinaldo Arenas en su biblioteca. Un breve diálogo sobre Cabrera Infante, música francesa, belleza y dictadura. De pronto dice Lezama:

LEZAMA LIMA.—Hay 150 libros que contienen todo lo que la literatura tiene que ofrecer. Si los lees, no te tienes que leer nada más.

REINALDO ARENAS.—¿Qué libro sería el primero?

LEZAMA LIMA.—La Biblia. Tienes que leer la Biblia.

Hay una leve digresión sobre croquetas provocada por la interrupción de María Luisa Lima que entra con una apetitosa bandeja. Luego Lezama prosigue:

LEZAMA LIMA.—Volvamos a la Biblia… Mucho más interesante. No te estoy tratando de convertir. ¡Léela! Como si fuera una novela.

Comme un roman… No sé si son ciento cincuenta, como dice Lezama en la película, o solo doce, como se cuenta que dijo García Márquez una vez. Sí sé que la Biblia es inevitablemente una de ellas. El propio Brecht, nada sospechoso, en una entrevista de 1928, a la pregunta de unos periodistas sobre cuál era el libro que más había influido en él, respondió: «Se van a reír: la Biblia».Ernesto Cardenal compuso unos salmos modernos sobre la falsilla de los bíblicos: no tienen desperdicio. Pero como la Biblia dejará de ser peligrosa cuando sea solo literatura y no dogma de fe ni martillo de herejes, dejémosla ahora para dar paso a esa pretendida historia de la literatura en una docena de obras, como perchas de las que se cuelgan las demás.

Debería tener la decencia de detenerme aquí. Solo mi ignorancia no me lo permite. Ars longa, vita brevis? No: el poeta Ángel González dio una respuesta más aguda: «Largo es el arte; la vida en cambio corta / como un cuchillo».

2 Comentarios

  1. Ángel de Fernando dice:

    ¿Por qué no dices que a ti mismo el “Cantar de los Cantares” te inspiró una hermosa novela titulada “El número de la Bella”? Bueno, pues ya lo he dicho yo; para que se enteren, al menos, los que están leyendo estos profundos y didácticos ensayos.

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