Pickwick, o el Quijote de Dickens

El día siete de febrero pasado se conmemoró el segundo centenario del nacimiento de Dickens. El «veintisiete de febrero de mil y seiscientos y quince», el Licenciado Márquez Torres (a quien, como ya hemos visto, una generosa traducción ha elevado recientemente a la nobleza, concediéndole el marquesado de Torres) escribía la aprobación del segundo Quijote, hoy conocido como Segunda parte. En otro día de febrero equidistante, solo nos queda añadir un breve apunte sobre el Quijote de Dickens.

Papeles póstumos del Club Pickwick, a la que se le ha atribuido el título de Quijote dickensiano, es una obra de juventud, mientras que El Quijote lo fue de vejez. Dickens acababa de cumplir 24 años cuando emprendió su publicación por entregas, y era prácticamente su primera obra. Cervantes tenía 57, parecía desahuciado de la literatura, y el Quijote, paradójicamente, casi también resultaba ser primera: su lejana Galatea databa de veinte años atrás, y en medio del silencio editorial quizá se recordaban algunas obras de teatro que fueron representadas «sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza».

Hay curiosos paralelismos entre ambas obras: Dickens empezó por encargo para ilustrar las ilustraciones de Seymour; Cervantes, muy probablemente, una novela corta que se le fue de las manos gracias a la aparición de Sancho Panza. A Dickens le salió una obra fresca, divertida, con sus puntas y collares de sátira social. A Cervantes, la primera novela moderna, satírica, ingeniosa como su protagonista, tierna y brutal como el mundo. Ambas son libres, desenfadadas, sin pretensión de estructura sólida, con historias intercaladas, aventuras a salto de mata y buenas dosis de original improvisación.

Con su sagacidad habitual, Chesterton ha advertido que «los poetas menores no saben escribir por encargo, pero los grandes poetas sí». Y Dickens se lanzó al encargo de tal modo que sus personajes acabaron por barrer al primer ilustrador y construir una de las obras más perdurables de su autor.

Samuel Pickwick, que es el presidente del Club que lleva su nombre, aparece dibujado ya en las primeras páginas con la bonhomía que lo caracterizará durante todas sus aventuras. Su primera aparición en escena nos lo presenta afeitándose, vistiéndose y tomando café. Y del mismo modo que solemos citar dos o tres alejandrinos del Autorretrato de Machado («ya conocéis mi torpe aliño indumentario»; «soy, en el buen sentido de la palabra, bueno», y el del amigo que le «enseñó el secreto de la filantropía»), en la presentación de Mr. Pickwick el narrador —que, como Twain, es también un poco filósofo— observa que «los grandes hombres rara vez se distinguen por la escrupulosidad de su indumento», y poco después que «en el rostro de Mr. Pickwick resplandecía una expresión de universal filantropía». Un hombre bueno, Mr. Pickwick. De Alonso Quijano sabemos que «sus costumbres le dieron renombre de Bueno»; y en un momento en que su existencia se vio perturbada por la aparición del falso y tordesillesco donquijote, él dijo con serenidad y melancolía: «Yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo» (II,72).

Las actividades del Club llevan a sus cuatro miembros a recorrer «los terrosos caminos de Inglaterra», por decirlo con un endecasílabo de Borges. En uno de ellos aparece Sam Weller, el Sancho Panza de Pickwick.

La aparición de Sam Weller, como la de Sancho, es un punto de inflexión en el libro. (Es cierto que Sancho aparece muy pronto; de lo contrario, quizá el Quijote se habría quedado en una novela ejemplar). Sam Weller impone ritmo, donosura, ocurrencia, sensatez y realismo. También lenguaje, socarronería, humor. Y diálogo, mucho diálogo. El diálogo es uno de los puntos fuertes de Dickens como de Cervantes. Sergio Pitol ha escrito que en las novelas de Dickens «los personajes no se analizan ni analizan sus situaciones: se manifiestan al hablar». Si eso es característica de Dickens en general, lo es del Pickwick muy en particular.

Sam habla, filosofa, se burla, razona, argumenta, concluye. Sus formas dialectales y otras prevaricaciones del lenguaje se pierden inevitablemente en una traducción, aunque quedan rasgos de ingenio como ese de denominar a un cirujano «sierrahuesos». Son famosos sus irónicos «como dijo» o «como decía», equivalentes de los refranes de Sancho, y que de algún modo heredaría el amigo vagabundo del Rasmus de Astrid Lindgren. Un par de ejemplos: «Primero el negocio, el placer después, como dijo el rey Ricardo III cuando apuñaló al otro rey en la Torre, antes de machacar a los chiquillos» (cap. 25); o «añadir injuria al agravio, como dijo el loro cuando vio que no solo  lo sacaban de su país natal, sino que lo obligaban además a hablar inglés» (cap. 35).

Como Sancho y don Quijote, Sam y Mr. Pickwick acaban entendiéndose muy pronto. Incluso diríase que Sam se toma libertades, tan aparentemente impropias de un criado, que Mr. Pickwick se ve obligado a aclarar: «Amigo precisamente, no. Cierto que es mi criado, pero yo le permito muchas libertades; porque, de usted para mí, me agrada su originalidad y estoy algo orgulloso de él» (cap. 22). Las últimas líneas del libro testifican que «existe entre amo y criado un afecto entrañable y recíproco, que solo habrá de extinguirse con la muerte». Algo parecido a lo que ocurre entre don Quijote y Sancho, el cual hace un doble confesión que lo ennoblece: «Mi amo… no tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día; y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle por más disparates que haga… Quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos y, sobre todo, yo soy fiel; y, así, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón» (II, 13 y 33).

Nada más opuesto, en cambio, que el aspecto físico de ambos protagonistas. Don Quijote «es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos» (II,14). Mr. Pickwick es orondo y rellenito, como también atestiguan los dibujos que de él se conocen. Del primer ventero quijotesco se dice que «por ser muy gordo, era muy pacífico». A Sam Weller le decía su padre: «Ya verás cómo te haces más sabio cuando te pongas más gordo. La gordura y la sabiduría, Sammy, crecen siempre juntas» (cap. 55). Si paz y sabiduría proceden de ahí, habrá que desconfiar de los regímenes. Pero, refiriéndose ya a Pickwick, Chesterton concluye que «Dickens, y solo Dickens, descubrió lo adecuado que era aquel hombre gordo y viejo para rescatar damas, desafiar tiranos, bailar, saltar, experimentar con la vida, ser un deus ex machina e incluso un caballero andante». Dos cuerpos distintos y un solo andante verdadero.

Papeles póstumos del Club Pickwick es una «novela de la vida», como también se dice en otro lugar, con sus aspectos grotescos, humorísticos y deplorables. Los aspectos grotescos podrían sintetizarse en una frase del cap. 4: «Pocos momentos hay en la vida de un hombre en los que se experimente más grotesco desconsuelo o en los que halle menos piadosa conmiseración que cuando persigue su propio sombrero». Chesterton, que advirtió las posibilidades humorísticas de ese momento, lo inmortalizó a su vez en un artículo titulado precisamente Correr tras el propio sombrero, en el que puntualiza: «Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante; y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que más vale la pena hacer, como hacer el amor». Es Chesterton quien trata de «divinas payasadas» las aventuras de Pickwick.

Al lado del humor, la sátira de costumbres e instituciones. Todavía no había esculpido Dickens ese retablo de la miseria que hizo exclamar a Marx que sus novelas habían mostrado más verdades sociales y políticas que todos los políticos y moralistas juntos. Con todo, no pierde ocasión de arremeter contra el sistema jurídico y penitenciario (no olvidemos que Mr. Pickwick también pasó por la cárcel), ni evita llamar «ficción legal» al perjurio; en cambio «no se trata de una ficción… esa ley justa y saludable que prescribe alimentar y vestir al felón desaprensivo y dejar morir de hambre y de frío a los deudores indigentes» (cap. 42). Hablando del «ficticio requisito judicial» para el levantamiento de un cadáver, el corpus, comenta el narrador: «¡El cuerpo! He aquí el término legal con que se designa la masa afanosa y turbulenta de cuidados y ansiedades, afectos, esperanzas y dolores, que integran el ser humano» (cap. 45). No deja de ser sintomático que, un día lluvioso y particularmente desapacible, se detenga el narrador en la contemplación de un burro que, «según se deducía de su desconsolado y meditabundo semblante, debía de estar acariciando la idea del suicidio» (c. 51).

Sergio Pitol recuerda que el optimismo de Dickens desapareció muy pronto y, a este respecto, recoge una palabras de Bernard Shaw: «Sus primeras novelas fueron escritas para conmover, entretener, divertir; las otras, a partir de David Copperfield, para hacer sentir incómodo al lector». Y si Aldous Huxley abominaba del sentimentalismo de Dickens y lo consideraba de la peor especie; si es verdad que «es mucho lo que ha envejecido en Dickens», como propone el propio Pitol, en todo caso los Papeles póstumos del Club Pickwick no entran en el cómputo de lo envejecido ni de lo sentimental. Chesterton insiste en el humor de esta novela, como es preciso insistir en el humor del Quijote: «La risa —dice— es algo que puede dejarse escapar; la risa tiene en sí una cualidad de libertad… Pickwick será recordado siempre como el gran ejemplo de todo lo que hizo grande a Dickens… En primer lugar, no obstante, será recordado por sus risas o, si se quiere, por su locura». La risa. Algo que no fue capaz de entender Nabókov a propósito de El Quijote.

Ambas novelas son itinerantes; ambas son un «cuento de aventuras»; ambos personajes, un Ulises de comedia, por utilizar el sintagma feliz de Chesterton. Pero todo tiene un final en este mundo, y el Pickwick Club también. Sabemos que «la muerte, el egoísmo y las mudanzas de fortuna disuelven todos los días muchas felices agrupaciones» (c. 30); pero aun sin esos ingredientes, también el Club se disolvió. Chesterton vio en Mr. Pickwick esa «extraña inocencia del atardecer de la vida». En Rómulo el Grande, Dürrenmatt hace decir al último emperador: «El imperio romano ya no existe». «Pickwick Club ya no existe», dijo Mr. Pickwick al final de su jornada. Y añadió «con voz más grave»: «Si poco bien he podido hacer, confío que haya sido menos el daño por mí ocasionado». También don Quijote, defendiendo su integridad ante un clérigo iracundo, había dicho que «mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno» (II,32).

Ambas novelas tenían que acabar en algún momento, y acabaron. La diferencia es que, mientras Pickwick «no tiene propiamente un final», como también ha advertido Chesterton, y «el libro se podría haber terminado en cualquier otro lugar», El Quijote sí tiene un final, un final que no admite prolongación: «De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte». Aunque nunca sabremos si Cervantes hubiera matado a don Quijote de no haber sido por la intrusión del de Avellaneda, que lo obligó a darnos a don Quijote «dilatado y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios».

Como el que acaba de levantarse a las ediciones de Dickens en español. Cierto editor, que acaba de publicar La tienda de antigüedades, ha colocado a su edición la siguiente faja: «Una de las más famosas novelas de Dickens hasta ahora desconocida en España».

¿Qué quiere decir esta ceñida y opresiva faja? Como me ha hecho dudar del significado que yo atribuía a la palabra desconocida en mi ya poco fiable memoria, he tenido que recurrir al DRAE, que da tres acepciones: 1. Ingrato, falto de reconocimiento o gratitud: en este sentido sí recordaba la carta de don Quijote a Dulcinea, aunque trabucada por Sancho: «ingrata y muy desconocida hermosa»; pero no parece ser el sentido de la faja, salvo que se refiera a la ingratitud por desconocer las ediciones pasadas. 2. Ignorado, no conocido de antes: en esta acepción es ciertamente un «nuevo testimonio», puesto que en mi biblioteca figuran dos ediciones al menos: la traducida por José Méndez Herrera, en las Obras completas de Aguilar, que ya se mencionó en otro lugar (por cierto, esta también lleva las ilustraciones de Cattermole, Maclise, F. Walker y Phiz); y otra traducida por Jesús de la Torre, con el título Almacén de antigüedades, que anduvo en los años 70 por la antigua Bruguera, y fue varias veces reeditada. Aún hubo otra en Edaf, por Aníbal Froufe, que todavía se encuentra en librerías de viejo. No menciono otras versiones reducidas y algunas ilustradas infantiles.

La tercera acepción del DRAE es: Muy cambiado, irreconocible. Tal vez la nueva traducción, que da a las demás por desconocidas, sea tan excelente y novedosa que haga irreconocibles a las demás, y desconocidas todas las antigüedades de la tienda. Pero eso no he podido comprobarlo y, como también diría Sancho Panza, «en lo de la hermosura no me entremeto».

Un comentario

  1. aspasiana dice:

    En estos tiempos agrestes se agradece el refresco del retrato de hombres buenos.
    Por cierto, no descarte recibir pronto algún tipo de ruego o amonestación acerca de la faja de la “novela desconocida” por parte del editor responsable. Con decirle que a mí me escribió en una ocasión un reputado novelista por poner en evidencia un muy poco trabajado prólogo a una obra de Stanislaw Lem…
    Suya atentísima.

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