Pergeñar

Una visitadora asidua de este rincón ha solicitado la palabra pergeñar, que el DRAE define como ‘disponer o ejecutar algo con más o menos habilidad’. Pero probablemente ella sospechaba que debajo de una palabra tan sencilla podría haber un largo recorrido. Lo hay.

El verbo pergeñar ha salido del sustantivo pergeño, construido con la preposición latina per, y el sustantivo genium. Ninguna de las dos palabras necesita traducción, aunque el significado primero de genius en latín (que a su vez venía de geno o gigno, ‘engendrar’) era el de Genio, ‘el dios bajo cuya tutela se nace, vive y muere’. (Todavía en este sentido la usó Rodrigo Caro en su elegía A las ruinas de Itálica: «Tal genio, o religión, fuerza la mente / de la vecina gente…»). Con la semántica de engendrar debajo, pasó a significar la ‘inclinación’ natural, la ‘disposición’ e incluso el ‘humor’ de una persona. En el siglo XVIII, y por influencia francesa, genio, con su derivado genial, adquirió la connotación de ‘ingenio grande’, ‘fuerza intelectual extraordinaria’.

En nuestra lengua genio se asoció con dos preposiciones, in y per. Con in-, pronto dio engenio y engeño; la primera podemos verla ya a mediados del siglo XIV, en el Libro de buen amor: «Dize un filósofo, en su libro se nota, / que pesar e tristeza el engenio embota» (estrofa 1518); pero Juan de Valdés, en el Diálogo de la lengua, rechazó la segunda: «Por grossero hablar tengo dezir, como algunos, engeño; yo uso ingenio» (Cátedra, pág. 199); de ese modo prosperaron las formas ingenio, ingeniárselas e ingeniero. «De ingenio —añade Corominas—, por cambio de prefijo, sale pergenio».

Pero con per- ocurrió el caso contrario, y prevaleció la forma popular sobre la culta. Es cierto que tuvo su pergenio, y nada menos que en el Quijote; cuando el segundo barbero abandonó su bacía —también llamada yelmo de Mambrino— y su asno, Sancho dijo: «Según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás» (I,21). Ahí tiene ya el significado que le da el DRAE, es decir, ‘traza, apariencia, disposición exterior de alguien o algo’. Sin embargo, aunque convivieron ambas formas, incluso en el DRAE, acabaron dominando pergeño y pergeñar, y esta última también con el significado subyacente de ‘trazar’, ‘esbozar’ o ‘bosquejar’. En este sentido lo usaría Pérez Galdós en el Episodio de las Bodas reales (cap. 31), cuando nos presentó al hijo mayor de don Bruno Carrasco, que, estando como estaba «en la edad crítica de los efluvios imaginativos, no hacía gran caso de los sermones paternos», y, «loco por el teatro…, pergeñaba dramas y comedias». Curiosamente, el mismo Galdós usa pergenio cuando le conviene, con el significado específico de ‘aspecto’ o ‘atavío’: «Pasé a la sala y al punto se me apareció don Florestán, en la misma facha y pergenio con que le conocí en el patinillo de Santa Lucía» (De Cartago a Sagunto, cap. 13).

Pergeñar (siempre con el genio debajo) tuvo también el significado de ‘comprender’, ‘adivinar el sentido de algo o el carácter de alguien’. Así en José de Valdivielso (1565-1638), quien, aparte de componer autos sacramentales antes de Calderón, fue censor de libros; a Valdivielso le debemos la «Aprobación» del Quijote de 1615, del que asegura que «no contiene cosa contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres, antes, muchas de honesta recreación y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun en la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa». Pues bien, en su Romancero espiritual, tiene uno titulado «Diálogo al Santísimo Sacramento» en que dice:

   —Gil, no puedo pergeñar
cómo en pan se da el pastor.
—Por eso hago yo mejor,
que es, Bras, comer y callar (vv. 1-4).

Ese pergeñar tenía desde luego el significado de ‘entender’, y más tan intrincado misterio como es el de la Eucaristía. Pero hoy el más común de pergeñar es el del hijo de don Bruno. Y, como él, todos andamos pergeñando algo: quién una partitura, quién un verso, quién los planos del local de un incierto negociejo; y algunos, desde su rincón, el sinuoso recorrido de una etimología.

4 Comentarios

  1. Haletheia dice:

    Gracias.

    • Quien firma haletheia —la verdad— no debe dar las gracias, sino recibirlas, aunque solo sea por el hecho de haberlas ofrecido.

    • Las joyas de su merced, sean originales o mestizas, merecerían entrada aparte, como la respuesta de don Quijote al clérigo iracundo, que mereció capítulo por sí. Sugiero a su merced, tan experto en diccionarios que me sonroja que a veces se pierda por aquí, uno más que agregar a su serie de tesoros: podría llevar el elocuente título de El diccionario mestizo, sin necesidad de remisiones al novelado de Lemprière.

      Solo añadiré que, gracias a su merced, he logrado saber algo de PEKO (como en otros tiempos de Conchita Montes). Y que El cliente difícil de Noel Clarasó me deparó un día de gloria, como quizá otro contaré. Por esos azares del almacenaje, los libros de Noel Clarasó se hallan en el anaquel inferior al que soportan El tesoro de Fermín Minar e ideas afines. (Quizá debí decir plúteo, pero esa es palabra que reservo a su merced).

  2. Dimas Mas dice:

    ¿Y qué se me dice de esa joya mestiza que es pergueñar, a medio camino entre pergeñar y bargueño? No sé si obedecería al mismo mecanismo que nos da cónyugue en ve de cónyuge, pero la desorientación normativa del hablante ha alcanzado ya los 600 puntos básicos, como poco, y para entendernos… Desde este rincón del noreste, donde nuestro toparca particular trabajaba denodadamente para invertir la diglosia que sufrió el catalán cuando se perdió como lengua de cultura y reducir, en consecuencia, el castellano a lengua de pobretones, de menesterosos, la ausencia de buenos ejemplos de uso es, quizás, el elemento más empobrecedor de todos. Casi ausente de los plantes educativos inmersivos, ¡resulta tan peregrino oír un buen castellano en estas tierras!

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