Óbolo

Para Samuel

 

En vísperas de Reyes, he ofrecido a mi sobrino Samuel una discreta propina —que denominé óbolo—, para completar las pequeñas ausencias u olvidos de los Magos de Oriente, que, precisamente por venir del maltratado Oriente, a veces han tenido que vender los camellos para pasar en barca o en patera. Una barca que con frecuencia acaba siendo la del barquero Caronte, o más brevemente Carón, aquella que transportaba a los difuntos a su última morada: el Hades o reino de los muertos.

La etimología de óbolo es sencilla. El DILE (llamaremos desde ahora DILE al Diccionario de la Lengua Española, en sustitución del antiguo DRAE, Diccionario de la Real Academia Española, dado que en la actualización del presente han intervenido todas las Academias de América) nos dice que ‘óbolo’ viene directamente del latín obŏlus, y este del griego ὀβολός obolós. El óbolo griego, «que era la sexta parte de la dracma», resultaba ser una moneda de escaso valor, de modo que, en general, el DILE lo define como «pequeña cantidad con la que se contribuye para un fin determinado».

Con el óbolo que yo ofrecí a mi sobrino, intentaba, pues, contribuir a un fin determinado: completar el equipaje disminuido de los magos. Yo daba por supuesto que Samuel ignoraría la existencia del óbolo, pero, contra mi apresurado pronóstico, en cuanto mencioné la moneda reconoció la historia del barquero transportador de almas que aprendió en una de las leyendas de la mitología. El benedictino Benito Feijoo (1676-1764), siempre pedagógico en el pedagógico e ilustrado siglo XVIII, la recogió de este modo en una de sus Cartas eruditas:

 «La fábula del barquero Carón, que por la Estigia conducía las almas de los muertos, recibiendo un óbolo (moneda ateniense, según Nebrija, que valía como seis maravedís nuestros) de cada una por el transporte, fue derivada de una historia egipciaca, referida por Diodoro Sículo. Había en Egipto un lago, donde embarcaban los cadáveres después de embalsamados, para darles sepultura en la opuesta orilla; y había jueces señalados para examinar el modo de vivir que habían tenido los difuntos, y pronunciar conforme a él si eran dignos o indignos de sepultura: ministerio que ejercían con tanta severidad, que a algunos cadáveres reales se negó este común honor. Añádese a esta historia, una tradición que el citado abad Fourmont dice dura aún en aquella parte de Egipto; y es que hubo un tirano, administrador de rentas de uno de los faraones, el cual estableció sobre este transporte una especie de tributo, que le produjo grandes riquezas. Ve aquí en el Egipto y Grecia hallados materiales verdaderos para la fábula de la laguna infernal: la barca conducidora de los muertos al abismo, y el avaro barquero Carón» (Cartas eruditas y curiosas, 1742, I, carta 42, 11).

Borges recordó en El Aleph esta moneda como símbolo de todas: «Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula. Pensé en el óbolo de Caronte; en el óbolo que pidió Belisario; en los treinta dineros de Judas…».

SNGANS_554En nuestra mitología cristiana es famoso el óbolo de la viuda, que narró Lucas en su evangelio: «Viendo Jesús cómo una viuda menesterosa echaba dos céntimos al cepillo, les dijo: “En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que ninguno; porque todos echaban de lo que les sobraba, y solo ella ha echado todo lo que tenía para vivir”» (21,2-4).

Pero como la palabra tiene una mágica sonoridad, entre culta y desconocida, su significado puede ser sublimado de lo ínfimo a lo supremo. En el sainete Los pobres, del humorista Carlos Arniches, dos «mendigantas» analizan así la palabreja:

Señá Librada.—Pide na más que en las iglesias de señorío… Su martingala es que, en cuantito que ve a una señora, se arrima y la dice con voz que lo oiga toa la gente de alredor: «Señora marquesa, me hallo famélica; agradecería a vuecencia un pequeño óbolo».

Señá Justa.—¿Qué es óbolo?

Señá Librada.—No sé; pero debe ser una cosa cara, porque siempre que lo dice la dan más de veinte céntimos.

Curiosamente, ‘óbolo’ no es una palabra cervantina, aunque sí la utilizaron los realistas del XIX, Galdós, Pereda, Clarín, y Blasco Ibáñez en su traducción de las Mil y una noches. Sí lo es en cambio ‘propina’: pero eso lo veremos la semana que viene.

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