Michel de Montaigne o la sensatez del bordelés escéptico

El siglo XVI en su primera mitad es fascinante. Después del trauma y la ruptura que en Occidente significó la caída del imperio romano (solo en occidente, porque en Oriente, como saben, continuó con los emperadores de Bizancio hasta la caída de Constantinopla, en 1453), no parece sino que las sombras medievales oscurecieron el panorama durante varios siglos hasta que surgió la luz y el esplendor del Renacimiento. Como ha escrito Huizinga en ese magnífico libro (aunque excesivamente polarizado) que es El otoño de la Edad Media, «la relación del humanismo naciente con el espíritu de la Edad Media moribunda es mucho más complicada de lo que propendemos a figurarnos». Con frecuencia tendemos a pensar que la Edad Media fue una larga y oscura noche de los tiempos de la que por fin un nacimiento milagroso (no en balde llevaría el nombre de Re-nacimiento) vino a sacarnos. Y responde Huizinga: «Pero no es así. El clasicismo ha ido brotando poco a poco en medio del jardín del pensamiento medieval, entre la antigua flora exuberante». Y hablando de Petrarca y Boccaccio añade:

«¿No propendemos por regla general a ver a Petrarca y a Boccaccio demasiado exclusivamente por el lado moderno? Los consideramos como los primeros representantes del nuevo espíritu, y con razón. Pero sería inexacto suponer que, como primeros humanistas, ya no encajaban bien en el siglo XIV. Cualquiera que sea el nuevo aliento que anima su obra, pisan con toda ella en la cultura de su época. Pero además Petrarca y Boccaccio no deben principalmente la fama que alcanzaron fuera de Italia, en las postrimerías de la EM, a las obras en la lengua nacional que habían de hacerles inmortales, sino a sus obras latinas. Petrarca fue ante todo, para sus contemporáneos un Erasmo avant la lettre, un multiforme y delicioso autor de ensayos sobre la moral, la vida, un epistológrafo de buen tono, el romántico de la Antigüedad, con su Liber de viris illustribus y los Rerum memorandum libri IV («Libro de los hombres ilustres», «Cuatro libros de historia» [lit.: «de las cosas que deben ser recordadas»]. Los temas que trataba, De contemptu mundi, De otio religiosorum, De vita solitaria («El desprecio del mundo» [recuérdese que todavía faltaban 200 años para la aparición de Kempis], «El sosiego de los religiosos», «La vida solitaria») se ajustan aún completamente a las ideas medievales. […] Y Boccaccio adquirió en una esfera más reducida una influencia análoga a la de Petrarca. Se le estimaba entonces no como autor del Decamerón, sino como le docteur de patience en adversité («el doctor de la paciencia en medio de la adversidad»), el autor de los Libri de casibus virorum illustrium y De claris mulieribus. Con estas singulares compilaciones, relativas a la inconstancia del destino humano, Boccaccio se había erigido en una especie de empresario de la Fortuna» (Madrid, Alianza, 2001, págs. 415, 418-19).

A pesar de las pestes y de las guerras y de la presencia continua de la muerte, no puede pensarse que fuera todo tan siniestro y sombrío. La gente seguía casándose, e incluso un personaje del Roman de la Rose, la «Dame Nature», se arrepiente con acento bíblico de haber creado al hombre, pero no por las mismas razones que el Génesis, sino porque no procrean bastante. Pero sí es cierto que la literatura tenía como modelo una amarga melancolía que teñía de existencialismo los textos.

De pronto el mundo empieza a cambiar significativamente. En la segunda mitad del siglo XV tiene lugar la invención de la imprenta. No deja de ser curioso que el año de la invención de la imprenta coincida prácticamente con el de la caída de Constantinopla. (Monterroso ha destacado no tanto los aspectos técnicos cuanto la revolución social que significó la propagación del texto impreso). En 1492 se descubre un mundo nuevo. El mundo cerrado medieval de pronto se expande. El «más allá hay monstruos» empieza a alejar sus fronteras. La tierra es grande pero limitada y redonda, en suma abarcable. Primus circumdedisti me, con el globo terráqueo abrazado, fue la frase que concedió el emperador a Elcano para que figurase en su escudo.

En 1532 aparece en Lyon un libro anónimo, de escaso valor literario, titulado Grandes e inestimables crónicas del grande y enorme gigante Gargantúa. Sin pretensiones, paródico de la literatura caballeresca, como un día lo será el Quijote. Pero fue el punto de partida de François Rabelais (h. 1483-1553), un hombre que había sido franciscano y benedictino y que acabó abandonando el convento para estudiar medicina en Montpellier. En pocos meses redactó Pantagruel, que pudo aparecer ese mismo año o al siguiente. Gargantúa y Pantagruel constituyen cinco libros publicados entre 1532 y 1564, el último ya póstumo. Es una vasta sátira —que ha dado origen al adjetivo rabelesiano, en la que todo es objeto de burla desenfrenada: desde los métodos escolásticos medievales en que es educado Gargantúa hasta ese impagable personaje de Panurgo, «que tenía sesenta y tres maneras de encontrar dinero cuando lo necesitaba, la más honrosa y frecuente de las cuales era el hurto furtivamente cometido» (piénsese en el Falstaff shakespeariano), pasando por las islas que recorren en el cuarto y quinto libro en busca de la Divina Botella; en ellas hay leguleyos, protestantes, católicos, y una está gobernada por Mesire Gaster (el vientre, indiscutible parodia del quorum deus venter, de Flp 3,19), en la que resuena como estribillo: «¡Todo por la panza!»; y, en fin, la Isla Sonante (sátira de la curia romana), donde reciben la respuesta de la Divina Botella: ¡Bebe!

Es un libro desbordante de vida y alegría, de intención malévola y caricatura, sátira literaria y de costumbres, seres exagerados hasta el extremo en proporciones, longevidad y desmesura (Pantagruel nace cuando su padre tiene 484 años, en lo que superó incluso al bíblico Henoc, que solo vivió 365). Discusiones filosóficas, problemas religiosos, educativos y científicos. Su humor rabelesiano procede de un hombre cultísimo, que ve los absurdos y ridiculeces de las luchas tribales, de campanario, la pedantería de filósofos, teólogos, médicos y estudiantes. Una vez más la alegría de vivir que heredará Falstaff. Una caricatura por oposición y reducción al absurdo, en la que se burla de todo y de todos sin importarle recurrir al más bajo léxico y a la más escatológica grosería. (Recuérdese la invención del «limpiaculo», el torchecul de I,13).

«Mi oficio es el arte de vivir», escribirá años después Michel de Montaigne. (En otro sentido que Falstaff, ciertamente, pero ahí está debajo la vida que propugna el Renacimiento). Hay coincidencias, fruto del azar, que no dejan de tener algo de significativo. Aquí ya hemos visto alguna. Montaigne, a quien Carpentier apodaría «el bordelés escéptico», nació en 1533, a orillas de la aparición de Pantagruel. En 1580, veintisiete años después de la muerte de Rabelais, aparecen los dos primeros volúmenes de sus Ensayos. Su biografía es sencilla, y los hitos esenciales están contados por él mismo. No soy partidario de dar bibliografías inaccesibles, de escasa o nula utilidad para los lectores. En este caso me limitaré a un par de títulos muy breves, sugerentes y bien escritos: Stefan Zweig, Montaigne, Barcelona, Acantilado, 2008, y J. J. Arreola, «Prólogo» a los Ensayos escogidos, recogido en Obras, México, FCE, 2005, págs. 679-690. Quizá alguien quiera leer el ensayo de Emerson, «Montaigne o el escéptico», en Hombres representativos, Madrid, Cátedra, 2008.

Stefan Zweig empieza recordando la época del nacimiento de Montaigne, una época en que el Renacimiento está a punto de perecer en manos de la Contrarreforma. Recuerden que Garcilaso murió en 1536, cuando Montaigne tenía tres años. Las 95 tesis de Lutero, clavadas en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, son de 1517. Las guerras de religión están en marcha. En 1560, un poema latino de Étienne de la Boétie dedicado a su amigo Michel de Montaigne dice: «¡Qué destino nos ha hecho nacer precisamente en estos tiempos!». Algo parecido diría Brecht 400 años después: «¡Qué tiempos estos en que hablar de rosas es un crimen!». ¿Qué tiempos eran aquellos que amenazaban convertir en ocaso la aurora del Renacimiento? Stefan Zweig lo ha resumido así:

«Cuando Michel de Montaigne llega al mundo, una gran esperanza empieza a extinguirse, la esperanza de una humanización del mundo. En el curso de una vida humana, el Renacimiento había brindado a la feliz humanidad, con sus artistas, sus pintores, sus poetas y sus eruditos una belleza nunca esperada con semejante plenitud… De pronto, el mundo se había vuelto vasto, pleno y rico. Los sabios rescataron de la antigüedad, con las lenguas latina y griega, la sabiduría de Platón y de Aristóteles y la devolvieron a los hombres: el Humanismo con Erasmo al frente, prometía una cultura armoniosa, cosmopolita; la Reforma parecía fundar una nueva libertad de credo junto a la nueva amplitud del saber. Las distancias y las fronteras entre los pueblos desaparecieron, pues la imprenta recién inventada daba a cada palabra, a cada significado y a cada pensamiento la posibilidad de difundirse con rapidez; lo que era dado a un pueblo parecía pertenecer a todos, y así se creó una unidad de espíritu por encima de las desavenencias de los reyes, los príncipes y las armas. Y otra maravilla: ala vez que el mundo espiritual, también el mundo terrenal, físico, se expandió hasta horizontes insospechados. Del océano intransitable surgieron nuevas costas, nuevas tierras, un gigantesco continente… Pero cada vez que la ola asciende demasiado rápida y escarpada, cae como una catarata con más fuerza. Y así… los elementos del Renacimiento y del Humanismo, que parecían saludables, se transformaron en veneno mortífero. La Reforma, que en Europa soñaba con dar un nuevo espíritu al cristianismo, sazonó la descomunal barbarie de las guerras de religión; la imprenta, en vez de difundir la cultura, disemino el furor theologicus; en vez del humanismo, triunfó la intolerancia».

Este es el ambiente contradictorio en que nació y creció Montaigne. Para nosotros los datos más interesantes de su biografía están recogidos en el capítulo 26 del libro I: Empieza diciendo: «Jamás vi padre alguno que dejara de reconocer como suyo a un hijo por tiñoso o jorobado que este fuera». Algo parecido diría Cervantes pocos años después en el prólogo a su primer Quijote: «Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires». Uno se pregunta qué habría sido la vida de Montaigne si su padre no hubiera tomado una decisión que hoy nos parecería draconiana. Esa decisión fue el latín. Montaigne nunca podría haber sido el mismo sin su lengua latina, sin Lucrecio, sin Plutarco. Oigámoslo de su pluma:

«A mi difunto padre, tras haber hecho todas las averiguaciones que un hombre puede hacer, entre las gentes sabias y de entendimiento, sobre la mejor forma de educación, le advirtieron de este inconveniente que existía; y le decían que ese tiempo tan largo que tardábamos en aprender las lenguas que a ellos nada les costaban era la única causa de que no pudiésemos alcanzar la grandeza de espíritu y de conocimientos de los antiguos griegos y romanos. No creo que esa sea la única causa. De todas formas, la solución que halló mi padre fue ponerme, desde mi más tierna infancia y antes de que se me desatara la lengua, a cargo de un alemán, que después murió siendo médico famoso en Francia, totalmente ignorante de nuestra lengua y muy versado en la latina. Este, al que había hecho venir expresamente y que estaba muy bien pagado, me tenía siempre en sus brazos. Tuvo también con él a otros dos de menor saber, para seguirme y aliviar al primero. Estos no hablaban conmigo más lengua que el latín. En cuanto al resto de la casa, era norma inviolable que ni él mismo, ni mi madre, ni criado, ni camarera pronunciasen en mi presencia más palabras que las latinas que cada uno hubiere aprendido para chapurrear conmigo. Es asombroso el fruto que todos sacaron. Mi padre y mi madre aprendieron bastante latín para entenderlo y para servirse de él si la ocasión lo requería, al igual que los criados más ligados a mi servicio. En suma, tanto nos latinizamos que rezumó hasta los pueblos de nuestro alrededor, donde existen aún, y han echado raíces, muchos apelativos latinos de artesanos y de útiles. En cuanto a mí, tenía más de seis años y todavía no entendía el francés o el habla del Périgord más que el árabe. Y sin arte, sin libro, sin gramática ni reglas, sin látigo ni lágrimas, había aprendido un latín tan puro como el que sabía mi maestro: pues no lo podía poseer mezclado ni alterado. Si por ejercicio querían darme un tema, así como en los colegios se lo dan a los demás en francés, a mí habían de dármelo en un latín incorrecto para ponerlo correctamente. Y Nicolás Grouchy, que escribió De comitiis Romanorum; Guillermo Guérente, que glosó a Aristóteles; Jorge Buchanan, aquel gran poeta escocés; Marco Antonio Muret, al que Francia e Italia reconocen como el mejor orador de la época, preceptores domésticos míos, me han dicho a menudo que tenía en mi infancia esta lengua tan presta y tan a mano que temían que yo les abordara. […]
No se extirpan esas cualidades innatas… A mí me es la lengua latina como vernácula y la entiendo mejor que el francés, aunque hace cuarenta años que no me sirvo de ella en absoluto ni para hablar ni para escribir; sin embargo en las emociones súbitas y extremas que me han embargado dos o tres veces en la vida, una de ellas al ver a mi padre, totalmente sano, caer sobre mí desvanecido, me han surgido siempre del fondo de las entrañas las primeras palabras latinas; pues se ha escapado mi naturaleza, expresándose a la fuerza, contra un largo hábito. […]
La primera afición que tuve por los libros vínome del placer de leer las fábulas de las Metamorfosis de Ovidio. Pues, a la edad de seis años, me apartaba de cualquier otro placer para leerlas; tanto más cuanto que aquella lengua era la mía materna y que era el libro más ameno que conociera y el más adecuado para mi corta edad, a causa del tema: pues tan rígida era mi disciplina, que de los Lanzarotes del Lago, de los Amadises, de los Huons de Bordeaux y todo ese fárrago de libros con los que se entretiene la infancia, no conocía yo ni el nombre y menos aún la trama. Entregábame con más indolencia al estudio de las demás lecturas obligadas. En esto, me fue muy favorable el dar con un hombre de juicio como preceptor, el cual tuvo la habilidad de encarrilar esta pasión mía y otras semejantes. Pues por ahí, enfilé todo seguido con Virgilio en la Eneida y luego con Terencio y luego con Plauto y con comedias italianas, embaucado siempre por la amenidad del tema. Si hubiera cometido el error de cortar esa tendencia, seguro estoy de que no habría heredado del colegio más que el odio por los libros, como ocurre con casi toda nuestra nobleza. Se las compuso ingeniosamente. Fingiendo no darse cuenta de nada, agudizaba mi apetito permitiéndome solo a escondidas saborear aquellos libros y obligándome con dulzura a los demás estudios ordenados: ya que lo que buscaba principalmente mi padre, en aquellos a los que me encomendaba, era la bondad y facilidad de carácter» (I,26 y III,2, en Ensayos completos, Bibl. Aurea, Cátedra, págs. 206-207 y 792).

Los Ensayos de Montaigne podrían leerse como el resultado de una doble mirada: una atrás y otra adelante. Él es hijo del Renacimiento, ha vuelto al origen incluso con la lengua; pero a la vez su re-nacimiento ha ocurrido en la soledad de una biblioteca: la de la torre de Montaigne. El libro empieza con una declaración de intenciones: «Es este un libro de buena fe, lector…» (Tres siglos después, Pushkin recordaría a Montaigne a propósito de su Boris Godunov: «Como Montaigne, puedo decir de mi obra: C’est une oeuvre de bonne foi»). Un libro de buena fe… Montaigne añade: «Quiero que en él me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio… Yo mismo soy la materia de mi libro». (Más de medio siglo después, un Quevedo prisionero diría también: «Quiero hablar de mí mismo»). Quizá por eso Emerson, que sentía devoción por él y no en vano escribió unos Ensayos, dijo que Montaigne era «el más franco y honesto de todos los escritores».

Montaigne, que ha vivido en medio del delirio y del furor theologicus de su siglo —y aun sorteando la locura como supo y pudo, llegó a estar encarcelado en la Bastilla—, sabe que no hay momento en que no podamos sufrir un vuelco imprevisto de la fortuna. Podía haber hecho suyo aquel verso de Juvenal: nos facimus, Fortuna, deam: «Si la sensatez existiera, no tendría ningún poder divino: nosotros, Fortuna, te hacemos diosa» (Juvenal 14,315-316). Por eso mira con escepticismo a los reformadores profesionales del mundo, sean religiosos, políticos o literatos. Su aguda mirada es capaz de ver más allá de las apariencias, más allá de la superficie. (No sin razón uno de los Sueños de Quevedo se titularía «El mundo por de dentro»). Solo que la prosa de Montaigne no es retorcida y barroca como la del español, sino directa y oral, espontaneidad que se refleja en la escritura, sin que deje de ser lírica cuando es necesario, y siempre pragmática, distanciada de todo artificio y cursilería, con el clasicismo nunca rebuscado de una latinidad no sofisticada.

En otro lugar he escrito que los Ensayos es una de esas obras que puede figurar sin reparo en la biblioteca esencial de la humanidad y nos reconcilia con ella. Montaigne habla con la misma libertad y sensatez del conocimiento, de la razón o de la tortura, que de las dimensiones (más bien discretas) de su pene. No mitifica nada, todo lo mira con un saludable escepticismo y cierta melancólica distancia, pues, dice él, «solo los locos están seguros y resolutos»; un oportuno distanciamiento que le impedía caer en fáciles idolatrías. Incluso de las letras escribe: «Las tengo en gran estima, mas no las adoro». Incluso de la razón —«cántaro de doble asa, que se puede agarrar por la derecha y por la izquierda»—, sabe añadir que «proporciona fundamento para distintas acciones» (II,12). Desde la multitudinaria soledad de su torre de Montaigne recorre el universo con la sensatez de su mirada, no exenta de crítica: con frecuencia habla del hombre sage, que es una mezcla de sabiduría, buen juicio y sentido común. «Hemos de volvernos sensatos, a nuestra propia costa». Si hubiera que elegir parlamentarios, él preferiría que los examinaran antes de buen sentido que de ciencia. Y, así, lo mismo habla de la educación, que rebate el argumento de autoridad o define la filosofía como una poesía más sofisticada. (Cuatro siglos después lo corroboraría Borges en una nota al poema «Las dos catedrales» de La cifra: «La filosofía y la teología son, lo sospecho, dos especies de la literatura fantástica»). Protesta de su honradez, pero conoce sus limitaciones: «mi conciencia no falsifica ni una letra; ignoro si mi ciencia lo hará» (I,21). Y concluye: «¡Basta! He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí» (III,5).

Todo lo relativiza, porque sabe que sus opiniones probablemente serán tan caducas como muchas de las que se han transmitido. «Comparto la opinión de san Agustín —dice—: que más vale inclinarse por la duda que por la seguridad en cosas difíciles de probar y peligrosas de creer» (III,11). Expone sus opiniones con libertad y sin tapujos, y en un momento llega a hablar de su «lengua descarada» (I,3). Habla de cualquier cosa, pero siempre con sensatez y mesura. La inseguridad sobre las cosas de este mundo, la variedad de costumbres, de tierras y de mares, hace que nunca dogmatice: «Estamos siempre recomenzando a vivir». Por eso puede ser contradictorio, porque siempre está buscando y buscándose: «Tan pronto parece un epicúreo, como un estoico o un escéptico. Él lo es todo y no es nada. Siempre es otro y siempre el mismo» (Zweig). El otro y el mismo, como un título de Borges. No quiere dogmas ni preceptos, huye de las afirmaciones categóricas: «No afirmar nada categóricamente, no negar nada a la ligera» (I,26). Jamás trató de aconsejar a nadie lo que no sabía con exactitud él mismo: «Propongo una vida baja y sin esplendor, todo es igual. Podemos unir toda la filosofía moral tanto a una vida popular y privada como a una vida de más alta alcurnia; cada hombre encierra la forma entera de la condición humana» (III,2). Podríamos recordar a Borges otra vez: todos los tigres, el tigre; todas las rosas, la rosa.

Ha escrito Arreola que los Ensayos es «una de las obras más ricas y complejas de la literatura universal». Escribió con «ese leve y agudo punto de ironía que acendra el sabor de casi todos sus ensayos». Me gustaría transcribir una serie de textos para corroborarlo, pero correríamos el riesgo de estar levantando aquel mapa ideal, pero ilusorio, de Borges, el de escala 1/1, y habría que copiar el libro entero. No obstante, para que atisbemos siquiera la modernidad de un libro tan antiguo, incitaré a la lectura de algunas líneas. Por ejemplo, sobre la hipocresía de la sociedad actual y lo (mal llamado) políticamente correcto, que él denomina «ceremonia»:

«No somos más que ceremonia; nos arrastra la ceremonia y olvidamos la sustancia de las cosas; nos quedamos con las ramas y abandonamos el tronco y el cuerpo. Hemos enseñado a las damas a enrojecer con solo oír nombrar aquello que en modo alguno temen hacer; no osamos llamar a nuestros miembros por su nombre, y sin embargo no tememos emplearlos para toda suerte de libertinaje. Prohíbenos la ceremonia expresar con palabras las cosas lícitas y naturales, y la obedecemos; prohíbenos la razón hacer las ilícitas y malas, y nadie la obedece. Hállome aquí estorbado por las leyes de la ceremonia, pues no permite que se hable bien de uno mismo, ni que se hable mal. Darémosla de lado por esta vez» (II, 17, pág. 630).

Y si alguien recuerda en la película de Buñuel, El discreto encanto de la burguesía, aquella secuencia magistral en que unos representantes de la encantadora burguesía se reúnen en torno a una mesa sentados en sus respectivos inodoros, mientras se ocultan vergonzosamente para comer, lean III,5, pág. 853:

«Hay naciones que se ocultan para comer. Sé de una dama, y de las más grandes, que es de esta misma opinión, que es actitud desagradable la de masticar, que rebaja mucho su gracia y su belleza; y no gusta de presentarse en público con apetito. Y sé de un hombre que no puede sufrir ver comer ni que le vean, y rehúye toda asistencia, más cuando se llena que cuando se vacía».

Sobre la enrevesada prosa leguleya, el de III,13, págs. 1012-13:

«Por ello, no me gusta la idea de aquel que pensó embridar la autoridad de los jueces con una multitud de leyes, cortándoles los trozos: no se percataba de que hay tanta libertad y amplitud en la interpretación de las leyes como en su forma. […]

¿Por qué nuestro lenguaje común, tan fácil para todo otro uso, se vuelve oscuro e ininteligible en contratos y testamentos, y el que tan claramente se expresa, diga lo que diga y escriba lo que escriba, no halla para ello manera alguna de declararse que no sea dudosa y contradictoria? Quizá sea que los príncipes de este arte, aplicándose con particular atención a seleccionar palabras solemnes y a formar cláusulas artificiosas, han pesado tanto cada sílaba, y desmenuzado tan a fondo cada tipo de enlace, que se han enfrascado y enredado en tan infinitas figuras y tan menudas particiones que no pueden estas caber en ningún reglamento ni prescripción, ni inteligencia cierta».

Toda la obra está salpicada de humor y anécdotas con frecuencia tomadas de Plutarco (recuerden: «Plutarco es mi hombre», dijo), hasta el punto de que Emerson lo llama «admirable chismoso». Por ejemplo, en III,11 nos cuenta: «Pusieron en venta a Esopo con otros dos esclavos. El comprador preguntó al primero lo que sabía hacer; este, para hacerse valer, respondió maravillas sin cuento, que sabía esto y lo otro; el segundo respondió sobre sí mismo otro tanto o más; cuando le tocó a Esopo y le hubieron preguntado también lo que sabía hacer, dijo: “Nada, pues se han quedado estos con todo: ellos lo saben todo”». Habría, pues, que decir con Borges: «Quizá no huelgue recordar que los libros más personales —la Anatomía de la Melancolía de Burton y los Ensayos de Montaigne— son, de hecho, centones».

Quiero concluir con las mismas palabras con que acaba Arreola su prólogo: «Negándose a tomar partido en una hora de confusiones, Michel de Montaigne quiso dejarnos, estampada en una medalla de cobre, la imagen de su espíritu igualitario y sereno: una balanza con los dos platillos en equilibrio y la aguja en el fiel. Al pie, estas palabras griegas: “Me abstengo”». Y, añado yo, tendrían que pasar 300 años para que un escribiente llamado Bartleby consagrara para la historia de la literatura una frase memorable que crearía escuela: «Preferiría no hacerlo».

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