Martes y trece

Hoy es martes y es día trece. Es un asunto curioso el de las supersticiones.

Quizás por adolecer de ellas, el que escribe no acaba de entender por qué Napoleón temía los gatos negros. O por qué se dice que Enrique VIII adujo que su matrimonio con Ana Bolena se debía a la brujería. La cantidad de historias que uno lee llega a sorprender. Quizás en algún caso sean invenciones: que si Indira Gandhi hablaba con un gurú antes de tomar decisiones importantes, que si Churchill tenía un bastón «de la suerte» con el que golpeaba a los gatos negros que se encontraba, que si Ronald Reagan creía en los horóscopos de manera exagerada… pero la realidad es que incluso a día de hoy podemos verlo en numerosas ocasiones.

Dijo Cicerón: «Se llama supersticiosos a quienes rezan u ofrecen sacrificios todos los días para que sus hijos les sobrevivan». En De Natura Deorum buscaba una nueva analogía religiosa: «Superstición, aquella en la que se condensa un inane temor de los dioses; religión, aquella que se cimenta en un piadoso culto de la divinidad». Era la época.

Voltaire, en un mundo en que ya supuestamente se imponía adecuadamente la razón comentó: «Fue preciso sucumbir a las supersticiones que, más que nosotros, son quienes gobiernan a las naciones» (Eryphile, III. 2).

Pero es que a día de hoy, parece ser que todavía un porcentaje muy elevado de personas sigue considerándose supersticiosa. No acabo de comprenderlo demasiado bien.

En fin, menos mal que hoy, 13 de diciembre de 2011, martes, es un día que será recordado también por los que prefieren la biblioteca a la bola de cristal: hoy se inaugura la exposición organizada por la BNE y Acción Cultural Española (AC/E) con la que comienzan las celebraciones del Tricentenario de la institución cultural más antigua del país: la Biblioteca Nacional. Será una opción estupenda de disfrutar de verdaderas maravillas.

Y para el que tenga dudas aún por ser martes y trece, que piense en aquellos versos de La venganza de don Mendo:

¡Y hoy es martes, gran Dios!… ¡Martes y trece!…
¿Por qué me inspira un miedo extraordinario
esa cifra, ¡ay de mí! del calendario? [...]
todos iguales para mí seréis…
¡Trece, catorce, quince y dieciséis!

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