Manuel Fernández y González

Hoy, 6 de enero, hace 124 años que murió en Madrid don Manuel Fernández y González. Es cierto que las historias de la literatura —desde el punto de vista estético, siempre conjurado pero siempre mudable como las estaciones— tal vez no habrían sufrido mucho con su ausencia. Pero no es menos cierto que Fernández y González fue en su tiempo un fenómeno social, posiblemente el autor más leído de la segunda mitad del siglo XIX español, y desde luego el más rico en sus tiempos de gloria, como atestigua algún apunte de su no menos rico y variado anecdotario.

Había nacido en Sevilla el 6 de diciembre de 1821. Estudió Filosofía y Letras y Derecho en Granada, y así, cabe suponer que llegaría a Madrid con un bagaje cultural superior al de Alexandre Dumas cuando se lanzó a la conquista de París con unos pocos latines aprendidos con el cura del pueblo. (No en vano Fernández y González ha sido llamado «el Dumas español»). Como Dumas a París, Manuel llegó a Madrid con una imaginación sin fronteras y grandes deseos de triunfar. Con estos ingredientes y su futuro éxito es lícito imaginar una vida pintoresca. Fue el título que dio Florentino Hernández Girbal a su biografía de don Manuel: Una vida pintoresca / Manuel Fernández y González / Biografía novelesca, publicada en Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931.

Según la leyenda, la obra que cimentó su éxito tuvo origen en un acontecimiento misterioso, de corte romántico. Andaba por los 35 años cuando, una noche de invierno, al pasar embozado en su capa junto a las tapias del cementerio de san Nicolás, se topó con el típico personaje —alto, pálido, delgado— que le ofreció la riqueza y el éxito si sacaba adelante el argumento que le ofrecía. Y el barón del Destierro le susurró la historia de Luisa o el ángel de la redención, que fue publicada por entregas desde enero de 1857. Es de saber que uno de los personajes de Luisa es precisamente el barón del Destierro.

Los números pueden estar algo hinchados, pero se dice que llegaron a venderse 200.000 ejemplares del periódico en que se publicó, que con los hábitos lectores y el índice de analfabetismo de la época es una cifra sencillamente prodigiosa. Luisa, en efecto, lo catapultó a la fama, al éxito, a la riqueza. Ganó mucho dinero. Fue el escritor más rico de su época. Pudo permitirse el lujo nobiliario de tener coche (de caballos), en cuyas portezuelas grabó sus iniciales M.F.G. Cuando le preguntaban por su significado, respondía con gracejo sevillano: «Mentiras Fabrico Gordas» (o «Grandes», según otras versiones). Y con todo, emulando también en esto a Dumas, dilapidó su fortuna y murió pobre, cuando los gustos habían cambiado o sus fértiles meninges se declararon en huelga de celo. No consta que, aquel 6 de enero de 1888, apareciera el barón del Destierro para reclamarle nada.

La crítica se ha hecho eco de su proverbial facilidad y fecundidad, hasta el punto de compararlo con Lope de Vega —mutatis mutandis—, y le atribuye alegremente 300 novelas. Alborg dice textualmente que «a partir de 1857, año de la publicación de su novela Luisa, Fernández y González se convierte en el típico autor por entregas, en obrero-novelista, mero rellenador de papel, capaz de escribir, o de dictar, varias novelas a un mismo tiempo», aunque solo habla de doscientos títulos. También Juan Ignacio Ferreras, en su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, matiza un poco la cifra de las tres centenas:

«Según todos los críticos este autor es el más prolífico de todos los novelistas del siglo XIX; su obra, considerable y mal estudiada todavía, se centra sobre todo en la tendencia de la novela histórica, en la que llegó a escribir algunas obras notables, y en la tendencia de la novela de aventuras o “popular”. Tiene también dos o tres novelas “de costumbres”. He recogido novelas nada más, tiene también poesías y dramas, pero no he llegado a las 300 obras de las que habla más de un crítico; creo que la cifra 300 es exagerada, sin duda su producción anda alrededor de las 200 novelas; si es así, creo que he recogido casi la totalidad» (Madrid, Cátedra, 1979, pág. 150; el catálogo de títulos registrados ocupa más de nueve columnas).

Tal tarea no era posible con una sola pluma, sobre todo si se tiene en cuenta que se trataba de novelones y que, aun no siendo más que doscientas (o doscientos), ocupan cuatrocientos volúmenes. Es fama que no escribía: dictaba. (Como también lo haría años después el autor de El círculo carmesí, Edgard Wallace, que llegó a dictar a su secretaria una novela de un tirón, apuntalado por sucesivas tazas de café y el aroma o el humo del tabaco). Don Manuel dictaba varias novelas a la vez, que sus amanuenses recogían en taquigrafía y después copiaban en papel para pasárselo a los cajistas del periódico. A veces se liaba (como le ocurriría años después al Pedro Camacho de Vargas Llosa) y resucitaba personajes que ya había matado. Entonces el amanuense de turno le decía: «Don Manuel, que este ya se había muerto». Viendo lo irreprimible de su hábito, optaron por poner los personajes en cartelitos encima de la mesa, y a medida que los mataba los iban metiendo al cajón para que no resucitasen.

Dictaba varias novelas a la vez, y por eso tenía varios amanuenses… (Esta figura del amanuense fue toda una institución: recuérdese que Manuel Alcázar, el protagonista de La lucha por la vida barojiana, fue también amanuense de don Bonifacio Mingote, aquel agente de colocaciones que no debía de tenerlas muy buenas cuando no había logrado colocarse él. Y hasta fue lector de Fernández y González durante los días en que vivió en casa de la baronesa). A este propósito, hay cosas que si no son verdad merecerían serlo. Entre los amanuenses de don Manuel figuraron Tomás Luceño (1844-1933) —que debería pasar a la historia de la literatura siquiera por su divertido cuento Después de muerto…, sobre la inanidad de la gloria literaria post mortem— y Vicente Blasco Ibáñez. ¡Blasco Ibáñez, amanuense! Pues sí. Y parece que una mañana en que don Manuel salió a tomar el «cafelito», interrumpiendo así el dictado, Blasco siguió escribiendo por su cuenta, y cuando volvió don Manuel y lo vio, dijo algo así como «Está bien, muchacho», y de ese modo quedó la impronta de Blasco en la novela. Eran famosos sus anacronismos: en su novela Cid Rodríguez de Vivar (1875) pinta al Cid extasiado ante la catedral de Burgos. Como algún entendido le dijera: «Don Manuel, que en tiempos del Cid aún no se había construido la catedral de Burgos…», respondió sin inmutarse: «¡Vería un espejismo!».

Por su pluma pasó una nutrida representación de los personajes más conocidos de nuestra Historia: aparte del Cid, recorrieron sus páginas Don Juan Tenorio, Alfonso II, Alfonso VI, Ramiro II el Monje (cuya novela llevaba el significativo —y comercial— título de Obispo, casado y rey), don Álvaro de Luna, Enrique IV, Isabel la Católica, Quevedo (al lado del protagonista de El cocinero de su Majestad y, ya en novela propia, con el título de Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo), don Rodrigo Calderón, la princesa de los Ursinos, el Conde-Duque de Olivares, Esquilache (de nuevo con el título tan propio de Mantos, capas y sombreros), y un largo etcétera. Uno de sus personajes favoritos fue don Pedro el Cruel, al que dedicó varias novelas, entre ellas El Bastardo y el Rey: nunca ocultó sus preferencias sin matices por don Pedro frente a su hermanastro Enrique de Trastámara. (Se cuenta que llegó a abofetear la estatua del «bastardo», y suponemos que sentiría predilección por el romance del Duque de Rivas, Una antigualla de Sevilla. Y, hablando de estatuas, se dice que no respetó ni a la de Cervantes, al que también había dedicado una novela y lo miraba con cierto desdén desde las alturas de su fama). Una de sus novelas más célebres fue El pastelero de Madrigal (1862), sobre el mito del rey portugués don Sebastián, que también había sido asunto de la mediocre Ni rey ni roque, de Patricio de la Escosura (1835), y de uno de los mejores dramas de Zorrilla, Traidor, inconfeso y mártir (1849).

Aparte del repertorio de la historia de España, amplió su campo de acción hasta novelar la vida de bandoleros españoles, dramones de buenos y malos —que Ferreras llama «novelas del dualismo social»—, novelas de costumbres, versiones teatrales de sus propias novelas… Precisamente compuso una elegía a Carlos Latorre (1799-1851), el primer actor que interpretó el Don Juan Tenorio de Zorrilla (1844), antes de que se convirtiera en el éxito que después fue. Por esas casualidades del destino, el aplauso se lo llevó dieciséis años después Pedro Delgado, que había sido discípulo de Latorre. Quizá no sea casual que la calle de Manuel Fernández y González esté al lado del Teatro Español de Madrid.

Se atribuye a Benavente la frase: «Bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán nuestros defectos». Tampoco a don Manuel le faltaron los suyos. Como ha resumido Alborg, «la obra de Fernández y González, que todavía en sus manos conserva, hasta en su última etapa, alguna de las virtudes que había conquistado la primitiva novela romántica, degenera rápidamente cuando se apoderan de ella otros industriales de la pluma». De entre los nombres que cita solo mencionaré el de Enrique Pérez Escrich (1829-1897), siquiera porque en otro lugar lo he recordado por haberse atrevido a llamar epopeya moderna a la novela: «ese poema moderno llamado novela».

Manuel Fernández y González, el gran fabricador de mentiras novelescas que el público leía y esperaba como el pan, el escritor más rico y más leído del siglo XIX español, el hombre que lo había tenido todo y todo lo perdió, moría, olvidado y pobre, un día como hoy de 1888.

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2 Comentarios

  1. Alejandro Navarro Gil dice:

    He llegado a este autor leyendo a Pío Baroja, quien estuvo en el entierro de aquél y cuenta algo sobre el mismo en “Desde la última vuelta del camino: familia, infancia y juventud”. Interesante que hoy en día sea un perfecto desconocido.

  2. Jose Lopez Rodero dice:

    Manuel Fernandez y Gonzalez fue un escritor adelantado a los funestos guionistas de cine y televisión del siglo XX, no solo de España, sino de Las Indias.

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