Mangante

Como disuasorio, también mangante es una palabra que desconocen Covarrubias y el Diccionario de Autoridades. Sobre su etimología, Corominas habla del «gitano mangar ‘pedir, mendigar’, voz que ha pasado al caló castellano, catalán y portugués, que reaparece en los varios dialectos de Europa y tiene raíz sánscrita». Pero en la voz mangar el DRAE, al lado de ‘pedir, mendigar’, añade la acepción de ‘hurtar, robar’. Y en mangante, además del ‘que manga’ (y, por tanto, ‘hurta’ o ‘roba’), agrega otras dos, siempre de registro vulgar: ‘sablista’ y ‘sinvergüenza, persona despreciable sin oficio ni beneficio’.

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Puede decirse que el uso de mangante no se establece prácticamente hasta el siglo XX. Todavía Galdós, con su oído avizor para el habla popular, la ignora; pero Baroja, justo en 1901, ya la recoge en su primera acepción:

«Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con los ojos encarnados. Vivía de pedir limosna; pero la concurrencia en esto se había hecho tan grande, según le dijo a Silvestre, que ya no se podía ser mangante.
—¿Cómo mangante?
—Bueno, mendigo o pobre; es igual».
(Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, XVI).

Casi medio siglo después, en los «Reportajes» (1948) de Desde la última vuelta del camino, Baroja recuerda: «Una librería de lance es también un mundo pequeño, donde se dan desde el aristócrata más vetusto al pollo que va a vender los libros de su padre; desde el duque bibliófilo hasta el Flauta, o el Canene; desde el ricachón, inflado de dinero, hasta el mangante, desinflado por el hambre» (Círculo de Lectores, 1997, vol. II, pág. 713). Todavía aquí mantiene el sentido de «mendigo o pobre». Pero en la pág. 864, cuando habla de Chichito y dice que «todo en él eran artes de mangante», ya nos estamos deslizando hacia la tercera acepción del DRAE.

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Es también la época de La colmena de Cela (1951), en la que este significado se generaliza:

«—No se fíe; hay mucho mangante, mucho desaprensivo.
Doña Pura, la mujer de don Pablo, dice:
—Claro que hay mucho mangante y mucho desaprensivo, esa es la verdad. ¡Si se pudiera distinguir!».
(Cap. I, Madrid, Castalia, 1984, pág. 151).

Arturo Barea redactó La forja de un rebelde entre los años 40 y 45 del siglo pasado. En el segundo tomo, el titulado La ruta, un Manolo que «salpicaba su charla con gestos de gitano viejo que está contando la buenaventura», aun ignorando la etimología gitana, se expresaba así: «Pero, mire usted, todos esos señoritingos que andan siempre a su alrededor como moscas a la miel, son una colección de mangantes que ni aun saben beber… Todos estos fulanos no vienen más que a chupar del bote» (Madrid, Debate, 2000, pág. 491).

Ya se advierte cómo va afianzándose el significado de ‘sinvergüenza y holgazán’, que es el que le adjudica el Diccionario del español actual, de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos. Uno de los emigrantes de Delibes —del año 1958— «acabó reconociendo que, puestos a mirar, la política no sirve más que para hacer el caldo gordo a media docena de mangantes y que, en definitiva, a los que siempre nos hacen la santísima es a los pobres» (Diario de un emigrante, en OC, II, Círculo de Lectores, 2007, pág. 252).

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De hacer el caldo gordo a ser mangante integral, y ya no el mendigo o pobre de Baroja, no había más que un leve paso. Y así la mangancia ha plantado sus reales en la clase política, con sus buenas dosis de desvergüenza e impunidad. Desde luego, lejos de mi ánimo incluir a todos en el mismo saco o talego. A propósito de alguaciles y escribanos corruptos hay un diálogo en el cervantino Coloquio de los perros que no tiene desperdicio:

«Berganza.—Pues escucha, que aún más adelante tiraban la barra, puesto que me pesa de decir mal de alguaciles y de escribanos.

Cipión.—Sí, que decir mal de uno no es decirlo de todos; sí, que muchos y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, y amigos de hacer placer sin daño de tercero; sí, que no todos entretienen los pleitos, ni avisan a las partes, ni todos llevan más de sus derechos, ni todos van buscando e inquiriendo las vidas ajenas para ponerlas en tela de juicio, ni todos se aúnan con el juez para háceme la barba y hacerte he el copete, ni todos los alguaciles se conciertan con los vagamundos y fulleros, ni tienen todos las amigas de tu amo para sus embustes. Muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza y de hidalgas condiciones; muchos no son arrojados, insolentes, ni mal criados, ni rateros, como los que andan por los mesones midiendo las espadas a los extranjeros y, hallándolas un pelo más de la marca, destruyen a sus dueños. Sí, que no todos como prenden sueltan, y son jueces y abogados cuando quieren».

Así pues, siguiendo la misma figura literaria, digamos que «decir de uno que es mangante no es decirlo de todos», pues ciertamente no todos son mangantes de tercera… acepción. Aunque sí todos eclesiásticos, pues todos pertenecen a alguna ekklesía, ya sea asamblea, comunidad o partido, y, tal como está nuestro sistema electoral, cualquier mangante podrá seguir siéndolo, colado en la cola o cabeza de la lista partidaria de cualquier ekklesía.

ladron4Por fortuna, con político y mangante no se puede hacer el juego que hizo Luis Goytisolo hace más de treinta años: «…esa mísera n que, como una enésima potencia se interpone entre un magnate y un mangante» (Fábulas, Barcelona, Bruguera, 1981, pág. 154).

Así es la vida, como también diría él. Intelligenti pauca. Que, como todo el mundo sabe, quiere decir: inteligentes pocos.

2 Comentarios

  1. Dimas Mas dice:

    Se me ocurre que esa fiebre mangante —¡nunca menguante!, aunque sí, acaso, cómica…— ha sido capaz de deturpar nuestro riquísimo ecosistema coloquial para desconcierto de muchos viejos usuarios —que los nuevos andan atareados en guasapear el suyo— con expresiones de este jaez:
    «A buenas horas mangas verdes, pudiendo mangarlos lilas, pardillo…»
    Hay cromatismos peores, como se ve, que los de color de Ágata.

    • OportetEditores dice:

      Tiene razón su merced. ¡Oh tiempos de las moras en que un verde era sinónimo de opulencia (o de belleza, según Emilio el Moro)! Hoy eso es calderilla, o calderillo, en que hasta un sacristán desdeñaría mojar el hisopo.
      (¿Ondi jueron los tiempos aquellos en que Daniel Viglietti cantaba «que en la guerrilla cabe un sacristán»?).

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