Los mundos imaginarios de Cervantes (1.ª parte)

                                                                                  Píntola en mi imaginación como la deseo

                                                                                                                        (Don Quijote, I, 25)

La literatura se nutre de la imaginación, por más que hunda sus raíces —o sus uñas— en la más cruda y dura realidad. Digo uñas, porque ya Vargas Llosa nos recordó que «los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña». Lo cual no impide que la novela en particular siga siendo esa maquiavélica «mentira» de que hablaba Ezra Pound.

Cervantes, tan buen escritor como mal crítico de sí mismo, vivió la  impensada contradicción entre lo que le parecía bueno a él y lo que «el antiguo legislador que llaman vulgo» decidiría que lo era; entre lo que estimaba duradero y el divertimento en apariencia intrascendente; entre lo que escribía laboriosamente, con artificio, y lo que redactaba con pretendida espontaneidad, como aquellas «obrecillas» que Fray Luis aseguraba habérsele «caído de las manos». Y así, cuando al hacer el recuento de su obra teatral se enteró por un librero de que «un autor de título» había dicho que «de su prosa se podía esperar mucho, pero que del verso nada…, si va a decir verdad, cierto que le dio pesadumbre el oírlo». Abandonó el verso (no del todo) por la prosa, y las galateas por las ejemplares, los quijotes, los persiles y las sigismundas.

No sabemos si el Quijote es una novela ejemplar desmesurada o un breve apunte de todo lo que él se sabía decir solo sin ayuda de terceros; es en todo caso un inmenso retablo de temas y tópoi literarios, de mundos imaginarios, pero hábilmente ensartados en la hebra desmitificadora de la realidad, como los galeotes en la cadena de hierro por los cuellos. Y así podemos hacerle gracia de aquella pequeña vanidad (si es que no ocultaba otra intención) escrita al principio de Q II, 44: «…y pues [el autor] se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir». No otra cosa había dicho el locuaz perro Berganza cuando afirmó rotundamente: «No sólo no me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar».

Aun partiendo del dato previo de que toda novela sea una gran «mentira», o, por decirlo de un modo más tradicional y menendezpelayo, «el relato de casos fabulosos», en el Quijote este aspecto imaginario tiene una importancia especial. En efecto, ya la pintura de la realidad más cotidiana y reconocible es inevitablemente imaginaria, pues ni el licenciado Pero Pérez es un Cura real, ni maese Nicolás un barbero sacamuelas al natural, ni siquiera Juan Palomeque el Zurdo es un ventero extraído de una venta castellana. Tampoco Sancho, que con frecuencia ha sido reducido a símbolo del realismo más rastrero frente al idealismo más platónico, tiene mayores dificultades para moverse por las tres dimensiones de la obra —«la del sueño, la de la voluntad y la de la apariencia», por emplear la terminología de Pérez Botero— y aun sobrepasar las medidas de don Quijote. Pero la ingeniosa vuelta de tuerca está en que el propio don Quijote, un personaje imaginado, crea a su vez un mundo imaginario de tal potencia que obliga a caminar por él, y jugar a su juego, a los personajes más aferrados a la mal llamada realidad. Esa invención origina el gran equívoco de que ya hablaba Ortega —aunque desde otra perspectiva— en las Meditaciones del Quijote, y es así como «solo en la abierta llanada manchega la larga figura de don Quijote se encorva como un signo de interrogación».

Me atrevería a poner un ejemplo a propósito del juego imaginario: el de «los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza» (Q I, 31). Recordemos un poco la escena. Tras la malaventurada aventura de los galeotes, don Quijote entra en Sierra Morena (lugar real) para hacer penitencia y convertirla en su Peña Pobre (lugar imaginario), a imitación de Amadís; envía a Sancho al Toboso con una carta para Dulcinea, pero en el camino el mensajero se topa con el Cura y el Barbero, que le sonsacan el motivo de su viaje, lo disuaden de su propósito y lo obligan a conducirlos hasta don Quijote, con la sana intención de arrancarlo de su mundo imaginario; tras una pendencia en que estalla la violenta cólera de don Quijote por las extralimitaciones de Sancho («blasfemias contra la señora Dulcinea»), el caballero propone echar «pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias», y comienza el «sabroso» diálogo sobre la embajada de Sancho a Dulcinea.

Pero sucede que el viaje, como la guerra de Troya de Giraudoux, no ha tenido lugar. Es un viaje imaginario. Como no ha ocurrido, Sancho tiene que inventarlo: en definitiva, amo y criado lo imaginan, a su modo cada cual. Pero, mientras Sancho teje su invención con los hilos de lo que pudo ocurrir, don Quijote acomoda lo que oye a lo que debió ocurrir en su mundo de ficción. Y así, cuando el caballero sugiere que Dulcinea estaría ensartando perlas, el escudero aclara que no, que sólo estaba ahechando trigo. «Pues haz cuenta —dijo don Quijote [llevando limpiamente el agua a su molino imaginario]— que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos». Todavía intenta dorar un poco aquel prosaico trigo elevándolo a la categoría de candeal o trechel, pero Sancho se lo rebaja al punto a rubión, no sin que don Quijote vuelva a matizar con fórmula equivalente a la anterior que, «ahechado por sus manos, hizo pan candeal, sin duda alguna». Prosigue el coloquio. ¿Qué debía hacer Dulcinea al recibir la carta? Lo establecido en tales casos: besarla, quizá ponérsela sobre la cabeza, acaso alguna otra ceremonia digna de tal carta… ¿Qué podía hacer Aldonza Lorenzo? Decirle que la dejara encima de un costal hasta que acabara de cribar el grano. Don Quijote no se arredra. Aquella muestra de indiferencia, si no de menosprecio, la traduce según las reglas de su mundo: «¡Discreta señora! Eso debió de ser [interpretación quijotesca] por leerla despacio y recrearse con ella…». Y, cuando don Quijote le pregunta por el perfume de Dulcinea —que no podía sino ser «un olor sabeo, una fragancia aromática y un no sé qué de bueno»— y Sancho no acierta a decir sino que tenía un «olorcillo algo hombruno, y debía de ser [deducción sanchopancesca] que ella… estaba sudada y algo correosa», don Quijote vuelve a elevarlo a las coordenadas de su mundo, un mundo al que solo él tiene acceso: «No sería eso, sino que tú debías de estar romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído». Y lo mismo cuando Sancho le trueca la joya establecida en un pedazo de pan y queso ovejuno: «sin duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela». Hasta el significado de los adjetivos los trastrueca Sancho en su afán nivelador: «Alta señora», dice don Quijote. «Tan alta es —replica él— que me lleva más de un coto». Etcétera.

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