Los del caballo de Espartero

Un lector de Los caballos: historia y literatura preguntó sotto voce si podía explayarme más a propósito de la generosidad de los atributos del caballo de Espartero. Lo hago con gusto, aunque someteré su paciencia a una indiscreta digresión.

Es el caso que, en mis años salmantinos, un amigo se hallaba investigando sobre la llamada «escuela poética salmantina» (la del XVIII, claro) y me preguntó si conocía a Iglesias de la Casa. Por esos azares del destino, recordaba yo una «letrilla satírica» de este curioso personaje, que había aprendido en mis años de estudiante de preceptiva literaria. Esta:

¿Ves aquel señor graduado,
roja borla, blanco guante,
que nemine discrepante
fue en Salamanca aprobado?
Pues con su borla, su grado,
cátedra, renta y dinero,
es un grande majadero
.

¿Ves servido un señorón
de pajes en real carroza,
que un rico título goza,
porque acertó a ser barón?
Pues con su casa, blasón,
título, coche y cochero,
es un grande majadero
.

¿Ves al jefe blasonando
que tiene el cuero cosido
de heridas que ha recibido
allá en Flandes batallando?
Pues con su escuadrón, su mando,
su honor, heridas y acero,
es un grande majadero
.

¿Ves aquel paternidad,
tan grave y tan reverendo,
que prior le está eligiendo
toda su comunidad?
Pues con su gran dignidad,
tan serio, ancho y tan entero,
es un grande majadero
.

¿Ves al juez con fiera cara
en su tribunal sentado,
condenando al desdichado
reo que en sus manos para?
Pues con sus ministros, vara,
audiencia y juicio severo,
es un grande majadero
.

¿Ves al que esta satirilla
escribe con tal denuedo,
que no cede ni a Quevedo
ni a otro ninguno en Castilla?
Pues con su vena, letrilla,
pluma, papel y tintero,
es mucho más majadero
.

Como la recitara sin vacilación, pasé por un oráculo, aunque en verdad no lo era. Fue él quien me ofreció algún dato más sobre este satírico personaje, nacido en Salamanca en 1748 y muerto, a los 43 años, en 1791. Perteneció, como hemos dicho, a la «escuela salmantina», que se agrupó en torno a José Cadalso (1741-1782) durante el breve periodo de su sonado destierro. Cadalso —de quien Luis Alberto de Cuenca ha confesado, en prosa y en verso, tener todas sus primeras ediciones—, con su simpatía y atractivo personal, reunió en torno a él un puñado de jóvenes poetas, entre los que podemos hallar a Meléndez Valdés y tres clérigos: uno de ellos fue José Iglesias de la Casa, que en sus Letrillas satíricas y Epigramas recogió la herencia de Góngora y Quevedo, y aun la de Marcial. Y es que, como buen latinista, tampoco olvidó traducir a Horacio y a Virgilio.

No creo que la Historia de la Literatura se sintiera mermada por la ausencia de sus Idilios y de sus Églogas; pero merece ser recordado, si no por esas letrillas que no a todos parecieron bien en pluma clerical, sí al menos porque, muerto y todo, la edición de 1798 de sus versos fue aherrojada por la Inquisición al Índice de libros prohibidos. Su pluma era tan afilada cuando se lo proponía, que en las Exequias de la lengua castellana, Forner calificó a su «antiguo conmilitón en la universidad» de «socarrón de primer orden, y hombre que diría una pulla en verso al mismísimo Apolo en sus doradísimas barbas» (Cátedra, pág. 185).

Pues bien, elogiando el género letrilla, y las de Iglesias de la Casa en particular, este amigo mío, como el canónigo quijotesco, dijo que «había tenido cierta tentación de hacer una letrilla que guardara todos los puntos» de las del salmantino; añadió que lo había intentado con los huevos del caballo de Espartero —que en bronce inmovilizados, como los pies del san Pedro de Alberti, solían ir de boca en boca por sus generosas dimensiones—, pero que había desistido ante la dificultad de las rimas en -ordos. Así las cosas, fuimos a una de las tabernas de los soportales de la sotoplaza, en donde los «huevos rotos» eran casi tan famosos como los del caballo de Espartero, y oímos gritar a un camarero: «¡Una de huevos!». Aquella noche el título resonaba en mi cabeza de tal modo que al día siguiente le ofrecí la siguiente letrilla:

 UNA DE HUEVOS

Ese grave misionero,
brillante predicador,
enseña a todo tercero
desprendimiento y amor.
Mas, como hace oídos sordos
cuando hay que soltar dinero,
tiene los huevos más gordos
que el caballo de Espartero
.

Ese señor, que al obrero
ni aun da el mínimo salario,
es en cambio un justiciero
de pila y escapulario.
Y así excomulga a los tordos
porque asuelan su granero:
tiene los huevos más gordos
que el caballo de Espartero
.

Ese político huero,
mariposo de oca a oca,
con su arribismo rastrero
jode todo lo que toca.
Y, como va dando bordos
mientras grita, patriotero,
tiene los huevos más gordos
que el caballo de Espartero
.

Ese ilustre consejero
contra económicos males
es un viejo matutero
y ahora fuga capitales.
Y, pues de Suiza a los fiordos
conoce a todo banquero,
tiene los huevos más gordos
que el caballo de Espartero
.

Y yo, arrastrado coplero
por no dar para poeta,
que envaino el crítico acero
sin acabar la receta,
porque palabras que en -ordos
rimen encontrar no espero,
téngolos mucho más gordos
que el caballo de Espartero
.

Las risas no se hicieron esperar cuando la leí o la leyó, ya no recuerdo. El problema empezó a la hora de especificar. Porque es de saber que hay dos caballos de Espartero: el de Madrid y el de Logroño. El de Madrid lo menciona Chueca Goitia en El semblante de Madrid, aunque no alude para nada al volumen de sus predicados: «Lo único que da algo de variedad al trazado del barrio de Salamanca es la diagonal de la calle de Alcalá, tampoco demasiado aprovechada, si se exceptúa la acertada colocación del caballo de Espartero en el moderno bivio Alcalá-O’Donnell» (Madrid, Rev. de Occidente, 1951, pág. 34). Pero el de Logroño, la ciudad donde murió el general Espartero, es fama que es superior desde el punto de vista atributivo. Llegó la discusión a tanto, que se me sugirió que añadiera a la letrilla un «pie quebrado» de este jaez:

tiene los huevos más gordos
que el caballo de Espartero
de Logroño
.

Pero eso exigía casi un cierre final de asociaciones no deseadas, y al fin se resistió la tentación, dejando así que ambas «contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero» (Quijote, II, 74). Y, como aquí no tenemos instalado todavía un sistema de pesas y medidas, no es este el lugar de hacer comparaciones, pues también decía don Quijote que «las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal recibidas» (II,1). Olvidó decir «y de atributos a atributos».

Baste añadir que el general Espartero es personaje sustancial en el episodio Vergara de Galdós, y que hasta el carlista general Maroto dijo: «¡No puedo yo, Rafael Maroto, tirar a los pies del caballo de Espartero los derechos de don Carlos!» (cap. 28). Pero él no se refería a ningún atributo, porque en aquel momento todavía no habían sido sublimados por el bronce.

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