La memoria y la cita

A propósito de la última película sobre Sherlock Holmes, leemos en una revista informativa de cine, arte y espectáculos: «Conan Doyle acabaría resucitando a su odiada creación, y el supervillano creado para destruirla (un tal James Moriarty) se convertiría en uno de los personajes más recordados de su obra, pese a aparecer en un único relato».

¿Un único relato? Pues eso… es verdad y no es verdad.

Quizá en la historia de la literatura solo haya otro personaje tan elusivo como el profesor Moriarty: la quijotesca Dulcinea del Toboso, siempre presente en la vida de don Quijote y siempre hurtada al espectador. Algo parecido pasa con Moriarty. El profesor Moriarty no aparece solo en El problema final, como veremos. Pero Watson no lo ha visto nunca: solo ha oído hablar de él, y tiene que fiarse de la relación de Holmes para narrar la memorable entrevista en que ambos genios se adivinaban mutuamente el pensamiento, pero a la que él no asistió. Sí lo vio en cambio el inspector MacDonald de El valle del terror (I,2), que lo describe como «un hombre muy respetable, culto y de gran talento… El hombre habría podido ser un gran predicador, con esa cara delgada, ese pelo gris y esa manera tan solemne de hablar». Sin embargo, por entonces Holmes todavía no lo había visto, aunque sí había estado en sus habitaciones: «He estado tres veces en su casa: en dos de ellas le estuve esperando con diferentes pretextos y me marché antes de que él llegara. Y la otra…, bueno, lo de esa vez no puedo contárselo a un inspector de policía. En esta última ocasión me tomé la libertad de registrar sus papeles, con resultados completamente inesperados…».

La famosa entrevista de Holmes y Moriarty es narrada en El problema final. En ese momento, el doctor Watson ni siquiera ha oído hablar del profesor Moriarty. (Lo que, por cierto, encierra alguna contradicción, pues aunque El valle del terror fue publicado después, los hechos habían ocurrido antes. Pero esa es otra historia). Y la entrevista en que tiene lugar ese diálogo inmarcesible:

«—Todo lo que tengo que decir ya ha pasado por su pensamiento —dijo [el profesor Moriarty].
—Entonces tal vez mi respuesta ha pasado por el suyo —contesté».

Watson la conoce solo a través del relato de Holmes. Lo más que podemos conjeturar es que Watson alcanzó a ver Moriarty, sin saberlo, en aquel «hombre que iba caminando a toda prisa por el sendero» que llevaba a la catarata de Reichenbach.

El resto ya lo sabemos. Conan Doyle se vio obligado a «resucitar» a Holmes, que en La aventura de la casa vacía le cuenta a Watson cómo la nota que le dejó en el sendero de Reichenbach anunciándole su previsible muerte «era absolutamente sincera», pues —añade— «tenía pocas dudas de haber llegado al final de mi carrera cuando percibí la siniestra figura del difunto profesor Moriarty erguida en el estrecho sendero que conducía a la salvación. Leí en sus ojos grises una determinación implacable. Así pues… cuando llegamos al final, me dispuse a vender cara mi vida». Y cuenta cómo engañó a todos, dándose por muerto, precisamente para preservar su vida. Los años ocultos de Holmes han sido objeto de diversas reconstrucciones. Desde aquí recomendamos una especialmente interesante: El ángel de la música, de Nicholas Meyer (Barcelona, Ediciones B, 1996). Por ella sabemos que Holmes se escondió entre los violines de la Ópera de París, bajo el nombre del violinista noruego Henrik Sigerson. Un auténtico virtuoso.

A partir de este momento, el profesor Moriarty es mencionado en otras cuatro historias, aunque ya siempre como difunto: «Londres se ha convertido en una ciudad particularmente aburrida desde la muerte del llorado profesor Moriarty» (La aventura del constructor de Norwood). «No cabe duda de que el doctor Leslie Armstrong es un hombre con energía y carácter. No he conocido otro más capacitado, si orientase su talento por ese camino, para llenar el hueco que dejó el ilustre Moriarty» (La aventura del delantero desaparecido). «Si ese hombre suyo es más peligroso que el difunto profesor Moriarty, o que el aún vivo coronel Sebastian Moran, creo que valdrá la pena conocerlo» (La aventura del cliente ilustre). Y, en fin: «¡La vieja canción! —dijo Holmes—. ¡Cuántas veces la he escuchado en mis buenos tiempos! Era la tonadilla favorita del difunto y llorado profesor Moriarty» (El último saludo).

Quien, en pro de la exactitud, desee revisar la historia del «llorado profesor Moriarty» puede recurrir al volumen Todo Sherlock Holmes, de la «Bibliotheca Aurea», editado por Jesús Urceloy en 2003.

La rapidez de la columna periodística conlleva estos trabajos y esclavitudes. Hasta Manuel Rivas, cuya prosa y pensamiento admiramos sin reserva alguna, escribió el sábado en su columna: «… perderá su memoria, sin que ya nadie cite a Machado: “Solo el necio confunde el valor con el precio”». Para no perder del todo la memoria, recordaremos que la cita exacta es «Todo necio / confunde valor y precio» (Poesía y prosa, II, Madrid, Espasa, 1989, pág. 640). El octosílabo exige la expulsión del «con».

Y así nos sumamos a quienes citan con afecto a don Antonio.

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