La cita y la memoria

El famoso Diccionario de Autoridades de la RAE apareció en 1726, casi recién fundada la Academia de la Lengua, pues «tuvo principio la Academia Española en el mes de junio del año de 1713», según ratifica la «Historia de la Real Academia Española» que figura al frente del diccionario. El prólogo del llamado Diccionario de Autoridades empieza confesando que «el principal fin que tuvo la Real Academia Española fue hacer un Diccionario copioso y exacto». Lo de Autoridades, que no estaba en el título impreso, se ha debido al uso autorizado por otras palabras del mismo prólogo: «Como basa y fundamento de este Diccionario, se han puesto los Autores que ha parecido a la Academia han tratado la Lengua Española con la mayor propriedad y elegancia: conociéndose por ellos su buen juicio, claridad y proporción, con cuyas autoridades están afianzadas las voces, y aun algunas, que por no practicadas se ignora la noticia de ellas». Es decir, no solo se trataba de un Diccionario de la Lengua, sino de un diccionario de citas que autorizaba el uso de las voces registradas.

Desde mucho antes, la cita cumplía un doble objetivo: el de apoyarse en una autoridad para sustentar un aserto o defenderse de posibles objeciones (quizá por algo parecido decía Lichtenberg que «al prólogo se le podría llamar pararrayos»: Aforismos, F.C.E., México 1989, pág. 144), y de paso exhibir un muestrario de lecturas. A la sombra de este hábito surgieron los diccionarios de citas y florecieron los florilegios (o florilogios) y las polianteas. (Fray Antonio de Guevara y Lope de Vega los usaron con frecuencia; y, ya en los vertederos de la degeneración barroca, vimos cómo Fray Blas daba el siguiente consejo a Fray Gerundio: «De sermonarios no ha menester más que el Florilogio sacro, cuyo autor ya sabes quién es, porque en ése solo tiene una India»: III,2, y cómo Fray Gerundio lo acogió tan entusiasmado que acabaría gritando: «¡Viva el Florilogio, y muérase la peste!»: V,8). A la sombra de la sombra brotó la cita memorizada, de segunda o tercera mano, y con harta frecuencia corrompida.

Confieso mi devoción por la cita. Y ya sea autoridad o pararrayos, cuando la fuente es fiable y la cita «digna de felice recordación», no veo por qué andar diciendo de otra forma lo que tan bien dicho quedó de una. Una buena cita es a la vez homenaje y acto de agradecimiento. De hecho, a propósito de dos columnas de la historia de la literatura universal como son los Ensayos de Montaigne y la Anatomía de la melancolía de Burton, escribió Borges en el epílogo de Historia de la noche: «De cuantos libros he publicado, el más íntimo es éste. Abunda en referencias librescas; también abundó en ellas Montaigne, inventor de la intimidad. Cabe decir lo mismo de Robert Burton, cuya inagotable Anatomy of Melancholy —una de las obras más personales de la literatura— es una suerte de centón que no se concibe sin largos anaqueles». (Por cierto, cuenta Boswell en la Vida de Samuel Johnson que «la Anatomía de la melancolía, de Burton, era el único libro que [al doctor Johnson] le había hecho levantarse de la cama dos horas antes de lo que hubiera deseado»: Acantilado, 2007, pág. 582).

El problema es que, si «el número de tontos es infinito», según dictaminó el Eclesiastés (1,15) y recordó Sansón Carrasco (II,3), también el número de citas en la red es infinito, pero infinitamente infectado de citas volanderas y apócrifas, con muchísima frecuencia sin posibilidad de comprobación alguna y no raras veces falsas o por lo menos corrompidas. Todos hemos oído y aun leído (sobre todo en los periódicos) citas equivocadas del acerbo común. Recordaré tres o cuatro del (no)Quijote que se han visto reproducidas en papeles.

Por ejemplo, «con la Iglesia hemos topado, Sancho». Esta es tan vieja, que hasta Francisco Navarro y Ledesma la parodia en su biografía cervantina El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, con estas palabras: «Con la Iglesia hemos tropezado» (cap. 32), a propósito de su tropezón como recaudador de impuestos con los eclesiásticos de Écija. Pero la frase real es «Con la iglesia hemos dado, Sancho», como podrá leer quien abra el Quijote por II,9, o ver quien se acerque al Toboso, en una cartela correctamente transcrita al lado de la iglesia. Otra es: «Cosas veredes, amigo Sancho», frase que no aparece nunca en el Quijote; tal vez se trate de una contaminación con la frase del evangelio: «Cosas mayores verás», que dice Jesús a Natanael en Jn 1,50. También se oye y se escribe, casi sistemáticamente, «desfacer entuertos», y ni siquiera Camón Aznar se libró de ella en El pastor Quijótiz. Pero entuerto no es una palabra quijotesca y ni siquiera cervantina, pues no aparece jamás en el resto de la obra de Cervantes. Lo más cercano que podemos hallar, ya al principio del segundo capítulo, son «los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer». También se ha dicho, aunque menos, «al buen comer llaman Sancho», cuando la cita exacta es «al buen callar llaman Sancho» (II,43).

(Esto, por no hablar de falsas atribuciones, como el poema «Primero se llevaron a los negros…», tradicionalmente atribuido a Brecht —aunque debería habernos chocado desde el principio que primero se llevaran «a los negros» y el «no soy comunista»—, o el famoso «Instantes», falsamente atribuido a Borges).

La cita oral es volandera y uno puede permitirse algunas alegrías; pero la escrita permanece, según la vieja sentencia verba volant, scripta manent. Sé que en la columna rápida de un periódico no hay posibilidad de andar dando continuamente referencias y menos colocar una nota a pie de página. Pero quizá por eso habría que tener especial cuidado en lo que se escribe, porque es inevitable que esa cita vuelva a reproducirse, cada vez con mayor número de prevaricaciones. El domingo pasado, sin ir más lejos, la columna de Manuel Vicent, en la última página de El País, citaba: «Decía Borges que la teología es la rama más excelsa de la ciencia ficción». El contenido no es ajeno a Borges, pero la cita es inexacta. En una nota de La cifra, Borges escribió textualmente: «La filosofía y la teología son, lo sospecho, dos especies de la literatura fantástica. Dos especies espléndidas» (Obra poética, 3, Alianza, 1997, pág. 257); un personaje del «Deutsches Requiem» añade: «Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas» (El Aleph, Alianza, 1997, pág. 95); y en fin, también el personaje de «Utopía de un hombre que está cansado» recuerda «haber leído dos cuentos fantásticos: Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica» (El libro de arena, Alianza, 1997, págs. 98-99).

Peor es cuando se trata de crítica literaria. En El Cultural de hace dos semanas, en un artículo titulado «García Márquez o el secreto del relato», pudimos leer: «[Joaquín] Marco destaca como antecedentes a Alejo Carpentier, “que definió lo real maravilloso aludiendo al ámbito latinoamericano”, y a José Estasio Rivera, en Caraima, una novela centrada en parte sobre la selva». (Parece que José Eustasio Rivera no tiene mucha suerte con su nombre, porque el año pasado, en el mismo medio, se lo mencionó como «“el genial” José Eustaquio Rivera»). Lo cierto es que en cinco palabras hay dos erratas y un error. Estasio, todo el mundo puede suponer que es Eustasio; Caraima, ya muchos menos, que se trata de Canaima. Pero lo peor es que Canaima, que ciertamente está «centrada en parte sobre la selva», no es una novela de Rivera, sino de Rómulo Gallegos. La novela de la selva de José Eustasio Rivera es La vorágine, y es altamente probable que las palabras de Joaquín Marco fueran cogidas por teléfono; por teléfono es fácil confundir una r con una n, y cualquiera puede tener un lapsus. Lo malo es que nadie se molestó en comprobar un título dudosamente oído y subsanar el lapsus del autor.

Con todo, no hay por qué abominar de la cita, sino solo cuidarla, respondiendo así al deseo de don Quijote: «Retráteme el que quisiere, pero no me maltrate» (II,59). Al fin y al cabo, el mismo Borges, en la misma «Utopía de un hombre que está cansado», agregaba: «Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas…» (Ib., pág. 102).

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