El ojo del crítico

Nadie ignora que la palabra crítico viene del griego kritikós (= capaz de juzgar), la cual viene a su vez del verbo kríno, cuyo significado es el de ‘discernir’, ‘juzgar’, ‘interpelar’. El origen del término determina, pues, la capacidad del sujeto para ejercer tan noble —y arriesgado— oficio como es el de juzgar, y creemos que da por supuesto otra cualidad, a saber, la buena voluntad para ejercerlo.

Decimos que el crítico ha de tener capacidad para juzgar. Las dos preguntas siguientes son obvias: ¿Qué se juzga? Y a continuación: ¿Respecto de qué se juzga? El qué parece evidente: esto es, una obra literaria, y aun aquí cabría plantearse qué tipo de obra merece acceder a los honores de literaria. Suele citarse una crítica aniquiladora, atribuida a Valle-Inclán, a propósito de cierto estreno teatral: «Ayer se estrenó la obra de Fulanito de Tal, nadie sabe por qué». Para Valle, evidentemente, aquella obra —que lectores suspicaces suponen de Echegaray— no merecía siquiera los honores de la crítica. Es decir, ignorar una obra es criticarla de algún modo, y quizá del más definitivo, pues es condenarla de antemano a un círculo del infierno que cae más abajo de aquel que ostenta un elocuente epígrafe: «Hablen de uno aunque sea mal». Así pues, criticar una obra ya impone un cierto modo de selección natural: la que implica el hecho de ser etimológicamente criticable, esto es, «digna de ser criticada».

Obsérvese la diferencia con el juez. Los jueces, independientemente de sus caprichos personales, sus inclinaciones naturales a la benevolencia o al rigor, la ley del encaje —tan presente en el siglo de don Quijote como en este—, incluso sus deseos de considerar delictivos o no determinados hechos que la ley considera de otro modo, al menos en teoría deben atenerse a un código que dicta las fronteras del delito y los límites de las penas. Pero el crítico —también al menos en teoría— no tiene términos que lo limiten. Elige la obra —o acepta que se la den elegida, que es otra forma de aceptación—, y carece de leyes objetivamente establecidas que le impidan extralimitarse más allá de una determinada tolerancia, más allá de ese tolerable relativismo que implica toda interpretación de la ley. El crítico lee la obra, la filtra por los esquemas mentales que se ha hecho, las estructuras literarias que se ha construido, las filias y las fobias, las folias y las fibias, las simpatías y las antipatías, las modas y los modos, corrientes y contracorrientes, y, después de removerlo todo cuidadosamente en la batidora, o destilarlo en su alambique, da el veredicto. Solo así se comprende cómo la misma obra, en la misma época, puede ocasionar simultáneamente canonizaciones y anatemas, aceptaciones y rechazos.

Y es que el problema que se le plantea al crítico en general —¿al español en particular?— es que suele carecer de un código que lo ampare. Responde como Dios le da a entender a la pregunta respecto de qué. Y así, resulta curioso comparar al cabo del tiempo las diferentes críticas hechas con motivo de la opera prima de cualquier autor. Sólo en el caso de escritores consagrados, cuando gozan de la intocabilidad del momento, suele haber en los críticos cierto grado de coincidencia, acaso por temor a caer en el ridículo de la disonancia.

Este respecto de qué parece estar exigiendo lo que es casi una tautología: un crítico con criterio. Pero el criterio tampoco ha sido definido de forma unívoca e incontestable. Una definición aceptable sería la que da Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía: «Por ‘criterio’ se entiende generalmente el signo, marca, característica o nota mediante la cual algo es reconocido como verdadero. Criterio es, pues, en este sentido el criterio de la verdad». Pero, en literatura, podríamos preguntar con el mismo escepticismo o desentendimiento de Pilato: «¿Y qué es la verdad?» (Jn 18,38). Porque lo que sí es evidente es que la literatura no es matemática, y su criterio de verdad se va aquilatando con el tiempo en una especie de tácito acuerdo o asentimiento general. ¿Recuerdan la encuesta que hace años elaboró El País sobre los diez mejores escritores de la Historia? Apenas hubo vacilaciones: Dante, Shakespeare, Cervantes, Molière, Goethe… Siempre los mismos. Por eso decía Borges que las antologías se construyen solas.

Pero el crítico no tiene esa distancia. Como el árbitro de fútbol, que tampoco tiene un monitor de televisión, ha de decidir sobre la marcha, a sabiendas de lo falaz del ojo humano. El ojo del crítico es más falible que ninguno, por humano y por tener que juzgar de una materia tan difícilmente verificable y contrastable en un determinado momento como la literatura. El crítico se fía de su ojo. Y ya se sabe lo que pensaba Wittgenstein de la «estimación a ojo».

Pues bien, ¿qué puede hacer el crítico ante ese objeto tan inasible e indefinible como es la literatura?

Un camino, relativamente seguro y confortable, es el de la simple descripción desapasionada, hecha con el mayor distanciamiento posible. Por ejemplo: «La carretera de que hablamos tiene 20 kilómetros de longitud y 32 curvas; hay un bache en el kilómetro 7, un socavón en el 12 y una curva con el peralte invertido en el 19; hacia la mitad hay un puente estrecho y con la barandilla rota y casi al final una traición en forma de cambio de rasante». Naturalmente, este crítico se guardará muy mucho de decir: «Es una carretera hecha con los pies, o lo que es lo mismo, por las lindes, porque hace falta echarle imaginación para diseñar 32 curvas en un terreno liso como la palma de la mano. ¡A ver si adivinan quién ha untado al ministro!».

El camino opuesto sería el de la opinión personal, subjetiva, apasionada e injustificada. Ya hemos hablado antes de la breve pero demoledora crítica de Valle. Como este criterio queda definido por el humor del crítico, los prejuicios y la iras personales, la crítica puede variar notablemente según el estado del hígado decisor en aquel día. A este respecto, causa rubor leer, un siglo después, la crítica que el eminente Rodríguez Marín hizo de Los heraldos negros de Vallejo. Es casi cómico lo que, unos siglos más atrás, Lope de Vega escribió sobre Cervantes y el Quijote: «De poetas… ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote». En el primer caso quizá sólo hubo incomprensión hacia lo nuevo; en el segundo, también eso, pero sobre todo enemistad. Si la crítica no tiene más criterio de verdad que el propio ojo, habría razón para atribuirle los adjetivos becquerianos: «¿A qué me lo decís? Lo sé es mudable, / es altanera y vana y caprichosa…»

Ni que decir tiene que del rosa al amarillo hay toda una imprecisa gama de matices intermedios.

Entonces, ¿qué debe hacer el crítico ante un objeto tan inasible e indefinible como la literatura?

Mi opinión es que el crítico debe dar su opinión, pero, eso sí, mostrando honradamente su juego de pesas y medidas. En este país, en que no hay escuelas de crítica literaria, no resulta fácil cumplir con este requisito de modo que se entienda. Pero, o se hace, o toda crítica estará sujeta a un inmenso equívoco con grave peligro de derrumbe.

Hace cuarenta años se publicó una Historia social de la Literatura española, con la consiguiente polémica que algunos tal vez recuerden. La crítica se escandalizó de que los autores dedicaran más espacio al Manifiesto del Partido Socialista y a un propagandista de la Asociación Internacional de Trabajadores, por nombre Anselmo Lorenzo, que al Duque de Rivas o al Premio Nobel Echegaray. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la utilidad, incluso con la conveniencia, de tales aventuras, pero lo cierto es que aquel manual no engañaba a nadie: el adjetivo advertía al lector sobre sus intenciones. Es probable que en una historia gastronómica de la literatura hubiera que incluir las 1.080 recetas de cocina de Simone Ortega, aunque se pasara de puntillas sobre los Argensola, y desde luego no se podría obviar La cocina del Quijote. Lo importante en estos casos es que el lector sepa a qué atenerse.

En su Guía de perplejos —especie a la que pertenece, o debe pertenecer, el crítico—, Maimónides tiene un texto por demás revelador. Hablando de Alejandro Afrodisio, un comentarista de Aristóteles de finales del siglo II, hacía la siguiente observación: «Alejandro Afrodisio afirma que las causas de disentimiento en determinadas cuestiones son tres: primera, el afán de sobreponerse y primar, que impiden al hombre la percepción de la verdad en su autenticidad; segunda, la sutileza y oscuridad del objeto mismo debatido y la dificultad de captarlo; tercera, la ignorancia del perceptor y su impericia en aprehender incluso aquello que es perceptible». Y añade Maimónides: «Tal es la sentencia de Alejandro. Hoy día se aduce una cuarta causa, no mencionada por él porque a la sazón no existía, y es: la costumbre y educación, dado que es connatural en el hombre sentir amor y atracción hacia aquello que le es familiar… Ocurre, asimismo, que el hombre se aficiona a las opiniones que le son familiares, en las que se educó y desea defenderlas, en tanto que siente repulsión hacia las opuestas» (Maimónides, Guía de perplejos, 1.ª parte, cap. 31). Maimónides, claro, se refería a la Metafísica, pero estas «causas de disentimiento» no dejan de ser atractivas y sugerentes si se aplican también a la crítica.

Recogiendo la propuesta de Maimónides, pienso que tampoco el crítico debe situarse en posiciones de poder. Se ha dicho —a veces con razón, otras sin ella— que el crítico es un autor frustrado, alguien que sabe cómo no se hacen las cosas pero que nunca sabe hacerlas. La crítica sería así una pequeña venganza, como lo es la risa del débil frente a una situación ridícula del fuerte. La crítica así ejercida difícilmente se librará de la precariedad del arrebato irreflexivo.

Paso por alto el objeto de la crítica, porque creo que hay unanimidad en considerar la obra literaria como un objeto ciertamente oscuro y matemáticamente poco objetivable. Tampoco quiero entrar en la sabiduría o ineptitud del perceptor, aunque no deja de ser sintomático que para diagnosticar una enfermedad del organismo exista una carrera, mientras cualquiera se siente con capacidad para diagnosticar el grado de salud de un «hijo del entendimiento», por emplear el vocabulario cervantino. Pero sí quisiera detenerme en la última causa, añadida por Maimónides, que podría resumirse en dos palabras: el dominio de la moda. Esta afición a lo familiar y repulsión por lo opuesto han ocasionado frecuentemente que no se pueda alabar a nadie sin denostar al contrario. Por no entrar en actualidades de poco momento, a nadie se le oculta lo difícil que ha sido apreciar a Quevedo sin detestar a Góngora, o al revés. (Creo que se me entiende sin necesidad de bajar a la palestra cotidiana). Y en fin, solo cierta cura de sencillez, solo cierto generoso vuelo por encima de los medianiles, hará posible esquivar la contumacia de aquel que se negaba a admitir que una pirámide podía tener cuatro colores, sólo porque él no había sabido o querido contornearla. El crítico sagaz, o cauto siquiera, sabe que su primera lección de redacción admite la siguiente forma: «Afirmo que esta pirámide es escarlata como la O’Hara o como la letra de Hawthorne», siempre que añada a continuación: «al menos por su cara norte». Que es tanto como aceptar que todos pertenecemos a esa misma existencia «pobre, tosca, brutal y breve» de que hablaba Hobbes, de la que participan el crítico y el criticado, el juez y su verdugo, Apolo y la hoja de laurel, como también las zarzas, Milton y la rosa.

Decía que el crítico puede, y debe, dar su opinión, siempre que muestre sus cartas con limpieza. Si las formas literarias son tan variadas, si la función de la literatura se muestra tan proteica ya desde el momento de su concepción, no veo por qué los modos de acercarse a ella tengan que ser menos diversos. El crítico puede optar por el experimentalismo y cualquier lateral innovador, puede mantenerse en la pulcritud y el esteticismo, puede pirrarse por la vorágine de la narración o por las formas rimadas. Pero al tiempo debe exponer su teoría, o dicho técnicamente, su criterio de verdad. Para que el lector no tenga que vivir bajo sospecha, ni estar siempre agudizando un sexto sentido para deducir: es de derechas o de izquierdas, es pío o iconoclasta, un cursi o un bárbaro Corsicurbo.

Sé que esta materia no puede liquidarse en cinco folios, pero estoy en el sexto y aun sospecho que estoy dos mil palabras acabando. Permítanme una última broma. Al final de su memorable Carta a un señor obispo, José María Cabodevilla mencionaba un «inmenso y maravilloso retablo», en el que, al lado de los elefantes, enumeró una curiosa fauna de «hierofantes, minutantes y otros reptantes, parroquidermos, sotanosaurios, curácnidos, diaconodrilos, vicariópteros, canongiarios, pulpitodontes, mitrápodos, lamelibáculos y obispopótamos». Es evidente que, quizá por razones de inadecuación semántica, olvidó incluir a otras dos especies en conflicto: criticórvidos y escritorcaces.

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