El naufragio de las naves, las nubes de la memoria y las sombras del olvido

Sicut nubes, quasi naves, velut umbra

La propia habitación, un memorable libro de Ana de la Robla, empieza con estas palabras: «La dignidad conoce extrañas sendas». La asociación de ideas también.

El centenario de este año incita a recordar a Charles Dickens. Para algunos no era necesario, pues quien ha seguido los pasos de la vida de don Quijote y Sancho difícilmente podrá olvidar los de Mr. Pickwick y Sam Weller, un libro de juventud ya tan maduro. Pero, si la dignidad conoce extrañas sendas, las ideas conocen extrañas asociaciones. El traductor de la obra completa de Dickens en la editorial Aguilar —ya objeto de nostalgia desde su tolle et lege— fue José Méndez Herrera [1], que en once mil apretadas páginas de la colección «Obras eternas» (más otras 260 de un extenso ensayo biográfico que intituló «Un viaje por el mar de Dickens») puso al alcance del lector español no menos de mil horas de felicidad lectora, dependiendo de la voracidad e impaciencia del lector, que, como inexorablemente volvería a Dickens, podría muy bien duplicar o triplicar el cómputo. Sé que uno de esos lectores reincidentes fue, es y será Juan Tébar.

La dignidad conoce extrañas sendas; la asociación de ideas también. Muchos años después —y no ante el pelotón de fusilamiento, pero sí al borde de la tumba acaso sin saberlo— Alberto Méndez, un hijo del copioso traductor de Dickens, publicaba en Anagrama Los girasoles ciegos. (Fue en enero de 2004: cumple, pues, ocho años en este mes de enero de este doce). Alberto Méndez no llegó a ver el éxito final del libro, ni el Premio de la Crítica, ni la película de José Luis Cuerda. Yo tuve la suerte de fijarme en una página de Los girasoles que parecía predestinada:

«Reverendo padre, estoy desorientado como los girasoles ciegos. A pesar de que hoy he visto morir a un comunista, en todo lo demás, padre, he sido derrotado y por ello me siento sicut nubes…, quasi fluctus…, velut umbra, como una sombra fugitiva» (pág. 105).

Es preciso volver atrás. Quien haya seguido los Pilares de la literatura recordará que uno de ellos llevaba precisamente en el subtítulo la cita de las naves, las nubes y las sombras. Pero igual que la dignidad conoce extrañas sendas, la memoria conoce extrañas desviaciones. Mi primer encuentro con «las naves, las nubes y las sombras» fue a través del poema de Amado Nervo «A Kempis», que ya quedó transcrito en los Pilares. Por entonces todos creíamos que la cita latina procedía del Kempis, es decir, de la «Imitación de Cristo y menosprecio del mundo por el venerable Padre Tomás de Kempis». Andando el tiempo, y ya con un texto latino entre las manos, perseguí la dichosa (o infeliz) cita; pero, como a la amada del Cantar, «busquela y no la hallé». Seguían pasando naves y nubes, y un día, con motivo de la publicación de unos cuentos de Pedro Antonio de Alarcón en la colección «Tus Libros», aparecieron las siguientes líneas en «La belleza ideal»:

«… porque en esas tardes nuestro ser nos avisa de que un hombre es la mitad de un algo y no de un todo completo, de que cada cual tiene en el mundo su media naranja, y de que la juventud se evapora sicut nubes, quasi avis, velut umbra».

¿Comprendéis? Volvía la cita, pero con otra variante: ahora las naves habían sido sustituidas por las aves (o mejor, por una sola ave, en singular). Mi amigo Luis Martínez Morcillo, responsable de la edición de El clavo y otros cuentos, tampoco halló la cita misteriosa —y eso que siempre nos impresionaba en las aulas de la Complu porque iba acompañado de una mochila de libros, ya que no de un baúl como Quevedo—. Entre tanto, la memoria iba guardando la famosa cita en otro baúl, el de los recuerdos, donde empezó a moldearse a ritmo de endecasílabo. Y otro día, durante un viaje de resonancias becquerianas a la abadía de Fitero, que originó un poema de Luis Alberto de Cuenca, yo se la di falseada, convertida ya en endecasílabo de este modo: Ut naves, sicut nubes, velut umbra. Y Luis Alberto, cuya memoria tampoco es claudicante, la guardó en la suya y construyó el siguiente poema, que más tarde apareció en Sin miedo ni esperanza:

Lo que somos

El poema que Emilio recitaba
incluía una vieja cita bíblica
que luego utilizó Tomás de Kempis
y que nos recordaba lo que somos.
Vuelvo a copiarla aquí tendiendo un puente
entre el Libro de Job y Amado Nervo:
ut naves, sicut nubes, velut umbra
.

«¡Válgame Dios, lo que somos!», había dicho el moratiniano doctor Pandolfo ante la calavera de un burro. Ya teníamos otra variante. Pero Luis Alberto citaba el Libro de Job. Y es que, para entonces, gracias a lo que se ha dado en llamar «nuevas tecnologías», la huidiza cita que nos brindó Amado Nervo —seguramente acarreada desde Chateaubriand, que la puso al frente de sus Memorias de ultratumba— había aparecido por fin. En realidad no era una cita, sino una suma de sintagmas aislados.

En el Libro de Job, en efecto, aparecen todas, si bien desperdigadas. Tenemos las nubes en 30,15: et velut nubes pertransiit salus mea («y pasó como nube mi ventura»); las naves, en 9,25-26: Dies mei… pertransierunt quasi naves («Mis días… pasaron como naves»); las sombras, en 8,9: sicut umbra dies nostri sunt super terram («son una sombra nuestros días sobre la tierra»), y en 14, 1-2: Homo… quasi flos egreditur et conteritur, et fugit velut umbra («El hombre… se abre y se marchita como flor, huye como la sombra sin pararse»).

Ahí están todas, aunque oscilan las partículas comparativas. También el Eclesiastés, el libro más sombrío de la Biblia, se ensombrece de sombras: él sabe que en la vida del hombre los días están contados y transcurren como sombra (numero dierum peregrinationis suae, et tempore quo velut umbra praeterit: 6,12 [Vg 7,1]), y como sombra pasan los impíos (quasi umbra transeant qui non timent faciem Domini: 8,13). Y, en fin, el Libro de la Sabiduría (5,8-12), a las naves y las sombras, añade el ave de Alarcón y la saeta:

«¿De qué nos ha servido nuestro orgullo?
¿Qué hemos sacado presumiendo de ricos?
Todo aquello pasó como una sombra [tamquam umbra], como un correo veloz,
como nave [tamquam navis] que surca las undosas aguas,
sin que quede rastro de su travesía ni estela de su quilla en las olas;
como pájaro [tamquam avis] que vuela por el aire sin dejar vestigio de su paso…;
o como flecha [tamquam sagitta] disparada al blanco…
igual nosotros: nacimos y nos eclipsamos».

Sicut nubes, quasi navis, velut umbra… Así, con la nave en singular como en el versículo de la Sabiduría, tituló en 1879 el mejicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) un poema que concluye de forma becqueriana:

Vendrá luego la muerte cautelosa
y tu frente de mármol besará;
la vida, como niebla pasajera,
de ti se alejará…
Sólo el amor que te juré de niño
y que tú no quisiste ni escuchar,
sólo ese amor, cuando te dejen todos,
contigo ha de quedar.

Sicut nubes, quasi naves, velut umbra… Lo mejor del caso es que el propio Amado Nervo, aquel que había disparado la primera saeta, había utilizado antes la cita, también con la variante de las aves (ahora en plural), como epígrafe del poema «Del alma y de Dios». Allí la cita dice: «Sicut nubes, quasi aves, velut umbra» y su traducción viene a ser el estribillo del poema:

¡Ay!, ¿qué se hicieron
aquellas horas
que me brindaban
contento y gloria?
Volaron todas
¡como las nubes,
como las aves,
como la sombra
…!

De otras edades
dulces memorias
tan solo guarda
la mente loca;
que es la ventura
tan transitoria
¡como las nubes,
como las aves,
como la sombra
…!

Notas alegres,
hermosas trovas
que antes vibrabais
en mi arpa tosca,
¡también os fuisteis…
también vosotras!
¡Como las nubes,
como las aves,
como la sombra
…!

Alma que sueñas
y que ambicionas,
tú también pronto
te irás llorosa
como tus sueños
y tus memorias,
¡como las nubes,
como las aves,
como la sombra
…!

El ave de Alarcón había sido alcanzada por la flecha. Amado Nervo volvió a las naves en otro poema de Elevación, el titulado «Sicut naves»: allí la cita es de Longfellow: Ships that pass in the night… Y el verso primero lo traduce: «Los hombres son cual naves que pasan en la noche…».

Pero volvamos a nuestros corderos, quiero decir, a nuestros girasoles. Habían pasado nuevas nubes y naufragado viejas naves, y ahora Alberto Méndez, el hijo del hombre que nos regaló once mil páginas de Dickens, nos la devolvía con una nueva variante, quasi fluctus, «como las olas».

El quasi fluctus —ya lo hemos visto— no figura en ninguno de los textos aducidos: ni en Job, ni en el Eclesiastés, ni en la Sabiduría. Pero, como nada es ajeno al mundo bíblico del clérigo, vencedor y derrotado, de los girasoles, esas olas están, sí, en el Eclesiástico (29,16 [Vg 24]), aunque ya nada tienen que ver con el mundo de la caducidad y de la fuga: «La fianza ha arruinado a muchos ricos y los ha sacudido como a olas de mar [quasi fluctus maris]». ¡Quién iba a decirnos que el Eclesiástico estaba vaticinando el proceloso mar de las finanzas! El círculo se cierra en ese mar que se traga naves y profetas.

Hace doscientos años que nació Dickens, ocho que leímos Los girasoles ciegos, y casi seis siglos y medio que murió un poeta judío de Carrión de los Condes. Allá, a mediados del siglo XIV, también Sem Tob, el judío que había reivindicado su decir sobre su nacer en versos que aprendimos en viejas literaturas:

«por nasçer en el espino     non val la rosa, çierto,
menos, nin el buen vino     por salir del sarmiento;
non val el açor menos     por nasçer de mal nido,
nin los enxemplos buenos     por los dezir judío» (63-64),

no olvidó redondear sus Proverbios morales con otro de ascendencia bíblica y tan larga trayectoria:

«que el mundo conoçe     e que su buena obra
mucho aína falleçe     e pasa como sombra» (413).

 


[1] Salvo algún título traducido por Amando Lázaro Ros.

3 Comentarios

  1. aspasiana dice:

    Se percibe, querido y docto escritor, el influjo aún bien reciente de Holmes en tan apasionante como apasionada búsqueda.
    La expresión de la que habla ha tenido mucha aceptación vulgar -dicho sea en sentido filológico- hasta el punto de que es citada con relativa frecuencia -mal, por cierto- y aparece incluso grabada en relojes de sol, precedida de un ‘tempus fugit’ obviamente virgiliano.
    La expresión, es evidente, no es latina en su origen: su regusto es posterior al medievo y además es latín poco fino. Por no mencionar que, en el uso de contenidos tan próximos al tiempo y su volatilidad, debiera ser tan mencionada en epitafios como lo es ahora en usos más vivos y menos dignos. Por el contrario, sí que encierra ecos bíblicos, tal vez tomados de los libros que se citan… o no.
    En toda búsqueda hay algo de paranoia -los investigadores lo entendemos y sabemos y nos identificamos en seguida-, algo de ver donde no hay. Las nubes y las sombras no son patrimonio léxico de los libros bíblicos, sí en cambio de poetas y de pesimistas.
    Tengo la impresión de que alguna pieza del puzzle nos falta. Siento no saber ni remotamente cuál. O tal vez solo es que hay demasiadas personas mirando a los cielos (‘subiectasque uidet nubes et sidera caeli’) y concluyendo que este ¿chollo? de la vida es poca cosa, un timo más parecido a pura sombra.
    Bonita cita, por cierto, la de “La dignidad conoce extrañas sendas”. ¿Tal vez la autora debiera estar etiquetada entre los “tagged”?
    Cura ut ualeas.

  2. Mi docta Aspasia (seguro que leí mal y debería haber dicho Aspasiana o Anaspasia): Maravillábame yo de que ella nos respondiera, y ahora deduzco que, en efecto, hay demasiada gente mirando al cielo: «Viri Galilæi, quid statis aspicientes in cælum?» Pero, aunque solo sea por el placer de tener como corresponsal a su merced, seguro que volveré a tropezar en la misma paranoia. Es evidente que ni las naves ni las nubes ni las sombras son patrimonio de los libros bíblicos, pero es altamente probable que Kempis —que, como el autor del Filobiblión, conocía la Biblia de memoria— tuviera presentes en la suya esos sintagmas antes que otros loci. Y, donde no, ¿qué se nos da? Ha sido un placer conocer, siquiera por escrito, a quien se mueve entre Carmina latina epigraphica como Pedro por su casa.
    Intentaremos etiquetar, in quantum humana fragilitas, a la autora de la cita, por quien sentimos devoción especialísima.
    Salve et vale.

  3. aspasiana dice:

    Dilectísimo, quedo a la espera de su siguiente paranoia, que es sal en la a veces sosa vida del lector.
    Espero no se haya entendido como reproche lo que me parece virtud en la escritura -incluso en la hermenéutica-. Qué otra cosa podría decir Aspasia(na) -o como usted quiera domarlo-, aquejada de paranoia irreversible.
    Vale.

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