El misterio de la isla de papel y el navegante escurridizo

A Miguel Ángel Navarrete lo tuvimos en estas páginas a finales de enero, con motivo del CL aniversario de la publicación de Cinco semanas en globo. Allí dimos noticia de su ya clásica traducción de Veinte mil leguas de viaje submarino (Anaya, 1995), y anunciamos que su permanente investigación sobre los enigmas de ciertos lugares vernianos nos proporcionaría alguna nueva sorpresa. Hoy la tenemos aquí, en forma de esta apasionante y casi detectivesca pesquisa tras una isla fantasma y un marino español desdibujado en las brumas del pasado.

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Para mi hija Helena, que sabe dibujar islas y barcos

«Consulté el planisferio y, a 32º 40’ de latitud Norte y 167º 50’ de longitud Oeste, encontré un islote, descubierto en 1801 por el capitán Crespo, que en las antiguas cartas españolas se denominaba Roca de la Plata».

Estas palabras las pronuncia el profesor Aronnax en el capítulo XV de la primera parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, la novela de Jules Verne publicada en 1869-70, que tuve el placer de traducir en 1995 para la colección «Tus libros» de la editorial Anaya[1]. En la correspondiente nota al final del libro intenté esclarecer los datos sobre aquella «Roca de la Plata», aunque solamente lo conseguí a medias, como se verá a continuación, y respecto al navegante hube de concluir: «En cuanto al capitán Crespo, tendremos que seguir investigando…».Fragmento del grabado del mapa del Océano Pacífico que indica parte del derrotero del Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino

Sin que llegaran a convertirse en una obsesión, una serie de personajes, episodios históricos y topónimos que aparecían en la novela pasaron a formar parte de mi memoria sentimental debido, en parte, al tiempo dedicado a investigar sobre ellos en una época en la que Internet era todavía un lujo al alcance de muy pocos, pero también a que detrás de todos ellos se intuía otro mundo y otras historias tan literarias como las de la trama de Nemo y el Nautilus y que desvelaban auténticas encrucijadas en las que coincidían las vidas de navegantes, viajeros y aventureros de distintas épocas, naciones y lenguas, que invitaban a su vez a adentrarse en ellas con ávida curiosidad.

Cada libro, cada documento, cada texto con los que trabaja el traductor exige un esfuerzo de investigación específico —más aún si aquel tiene que anotar su versión— y deja una huella singular e identificable en su recuerdo. En el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, que es una novela enciclopédica como todas las grandes obras de Verne, quedaron para seguir ahondando en ellos términos tan curiosos y variados como algunos referidos a diversas especies de ballenas de las islas Aleutianas, a barcos de la marina mercante o a topónimos y personajes históricos de difícil identificación. Algún día les llegará el turno de volver a escena, sin duda, pero ahora quisiera mantener el rumbo hacia ese islote en el que Nemo se detiene durante tres capítulos y acercarme al capitán español de principios del siglo XIX que le dio nombre.

La pregunta que ya se está haciendo el lector fue también la que me hice yo durante bastante tiempo: ¿qué hay de verdad y qué de ficción en lo que relata Verne en esos capítulos? Hace tiempo que la crítica reconoció en él a un autor con rasgos propios distintos de lo que pretendían ciertos lugares comunes («un jornalero laborioso y risueño», lo llamaba Borges) y dotado de una inventiva y de una imaginación sobresalientes. Es rigurosamente cierto que Verne aprovechaba párrafos enteros de todo tipo de publicaciones, que, como veremos, aparecen reflejados a veces casi literalmente en sus obras y forman parte del proyecto de «instruir deleitando» que le había confiado su editor Hetzel —el cual, además, le imponía un ritmo de trabajo infernal en sus contratos leoninos—; pero no es menos cierto que se reservaba el derecho de alterarlos y de transformarlos a su gusto y conveniencia y de inventar cuanto fuese necesario, como todo escritor de talento.

Más que un precursor de la ciencia ficción, más que un novelista de la geografía, Verne es un creador de utopías, en su sentido literal de «lugares inexistentes». En el caso del islote de Crespo, perdido en el Pacífico norte, la ficción y la realidad fueron de la mano desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX, y en el hecho de que esa ilusión cobrara fuerza y se consolidara tuvieron mucho que ver los navegantes españoles que hacían el viaje y su tornaviaje entre la costa mexicana y las Filipinas.

La «Roca de la Plata» de Verne (impresa como Rocca en las ediciones francesas, al parecer desde la primera edición) nunca existió. Ahora bien, durante varios siglos los galeones y las naos de Manila y Acapulco sí buscaron en aquellos parajes del Pacífico norte las islas Rica de Oro y Rica de Plata, aunque su realidad solo consistiera en sendos trazos diminutos en el papel de muchas cartas náuticas y atlas, dibujados tras haber sido avistadas supuestamente entre brumas, espejismos y nubarrones por sucesivas expediciones y de marinos que nunca llegaron a poner los pies en ellas por la sencilla razón de que eran tan imaginarias como Eldorado.

En mi versión de 1995 ya dejé constancia de que la apasionante historia de la búsqueda de ambas islas está perfectamente hilvanada y resumida por el profesor y académico don Juan Gil en su libro Mitos y Utopías del Descubrimiento. 2: El Pacífico, y a ese volumen imprescindible continúo remitiendo a quienes quieran conocer con detalle, y acompañado de la oportuna bibliografía, todo lo tocante a la navegación hacia aquellas legendarias islas de oro y plata por parte de marinos como Francisco Galí, Pedro de Unamuno, Sebastián Rodríguez Cermeño, Sebastián Vizcaíno o Hernando de los Ríos Coronel (quien, según una cita recogida por el profesor Gil que no me resisto a transcribir, consigna en su Diario de viaje el 17 de septiembre de 1605: «Estávamos el día del aguacero sobre isla Rica de Plata, porque, aunque no la vimos, vinieron a la nao unos çánganos como langosta muchos y otras señas, que nos pareció estar sobre ella»)[2].

Verne, que comenzó a dar forma desde 1865 a Veinte mil leguas de viaje submarino mientras redactaba centenares de páginas de una Geografía de Francia y sus colonias y, según confesó en una carta a sus padres, trabajaba «como un condenado», sabía documentarse, pero sabía también transformar lo que leía para amoldarlo a las necesidades de su ficción según le convenía. Traduzco una de las notas de William Butcher a su versión inglesa de la novela: «Roca de la Plata/Isla de Crespo son nombres inventados, como, al parecer, también lo es el nombre de su descubridor; no está claro por qué Verne no escoge sin más una isla existente».

La respuesta al dilema que se plantea Butcher me parece ahora relativamente clara: Verne desea mantenerse en la incertidumbre recurriendo a un islote de dudosa existencia para que le sirva de escenario fabuloso de la primera gran expedición que vivirán los náufragos tras ser recogidos por el Nautilus, y no es casual que esa primera expedición no tenga lugar por la superficie terrestre de la isla de Crespo.

Nos encontramos en el punto en que la novela da un giro metafórico crucial que deja su impronta en el resto de la obra, al invertir la lógica de un paseo por bosques y llanuras que cabía esperar fuese terrestre, provocando la admiración de los personajes y del lector, que asisten así a una première: la excursión será submarina a través de los dominios que tan bien conoce un Nemo reacio a pisar tierra firme. De todo ello dan testimonio las ediciones ilustradas con la imagen que reproducimos aquí, que podría haber sido portada —si es que no lo fue— de un LP psicodélico de los años sesenta o setenta del pasado siglo: un paisaje totalmente irreal, alucinatorio y onírico por el que avanzan los buzos entre vegetales y animales tan exóticos como inquietantes.

Ilustración de Alphonse de Neuville

El azar quiso que hace algún tiempo, al volver a desempeñar el oficio de traductor, tuviera que investigar de nuevo acerca de otras islas, las del estrecho de Torres, y, entre libros, enciclopedias y atlas, acabase dando con varias referencias a un tal Rienzi anotadas en unas fotocopias. Que los amantes de la ópera me perdonen, pero, que sepamos, este Grégoire Louis Domeny de Rienzi no tenía nada que ver con el héroe wagneriano, sino que se trataba de un curioso viajero francés del siglo xix, autor de diversas obras de geografía, entre las que figura Océanie ou cinquième partie du monde, publicada en 1836. Aquello me hizo recordar que ese libro había sido una de las numerosas fuentes que Verne utilizó para redactar los capítulos de Veinte mil leguas de viaje submarino que se desarrollaban en el Pacífico y me animó a volver a indagar en la existencia o no del capitán español Crespo, una vez que ya tenía solucionado el problema Roca/Rica de Plata hacía años y visto que los medios informáticos permitían ya búsquedas bibliográficas muy exhaustivas y relativamente rápidas.

Al cabo de algunas pesquisas di con un fragmento de Rienzi de la obra mencionada y que traduzco a continuación: «Más al Norte, hacia los 32º 46’ de latitud y los 167º 50’ de longitud oriental, se encuentra Crespo, llamada así por Crespo, capitán español que, en 1801, reconoció esa roca, que parece ser la Roca de Plata [escrito en español en el original] de las antiguas cartas». En 1840, Rienzi recoge en la entrada correspondiente a Micronesia de su Dictionnaire de géographie unos datos prácticamente idénticos sobre la fantástica isla, si bien con la curiosa omisión de sus coordenadas geográficas.

Sin embargo, lo que resulta más interesante es que Rienzi menciona la isla de Crespo en un contexto de enormes dudas sobre la existencia de otras numerosas islas supuestamente descubiertas y visitadas por diversos navegantes, y así observa, por ejemplo, que «algunos marinos de la Unión [Estados Unidos] han señalado en el Gran Océano diversas islas que los navegantes europeos no encuentran», o bien «se dice que…», o «la isla podría tener [x] km de extensión», e incluso «tal islote no ha podido ser encontrado»; es decir, meras conjeturas debidas a la transmisión oral o simplemente documental pero sin base real alguna.

Al tiempo que me resultaba cada vez más obvio que Verne era consciente de que recurría a una isla imaginaria, aunque viniese avalada por un marchamo de prestigio entre los geógrafos del Gran Océano, me parecía cada vez menos dudoso que el marino español apellidado Crespo no era un personaje inventado, sino que existió y creyó avistar Rica de Plata en algún momento a principios del siglo XIX.

No vamos a entrar aquí en profundidades propias de revistas eruditas, pero ya que nos hemos referido a encrucijadas de vidas y obras históricas y literarias, sí es preciso mencionar que la pista de Rienzi sobre la isla de Crespo nos retrotrae a unas frases prácticamente idénticas a las suyas, escritas por el gran marino francés J. S. C. Dumont d’Urville (tan admirado por Verne y tantas veces mencionado en Veinte mil leguas de viaje submarino); pero también a las de otros geógrafos y viajeros como Conrad Malte-Brun, Jean-Baptiste Eyriès, Jean-Thomas Verneur y el Barón de Zach, entre otros, con cuyas obras estaba familiarizado el escritor.

La clave de todo este entramado es que ciertos libros de esos viajeros nos conducen hacia atrás en el tiempo hasta llegar al gran Adam Johann von Krusenstern, quien sería almirante de la Armada imperial rusa y daría la vuelta al mundo en 1803-1806. Al escribir en 1810 sobre ese periplo, Krusenstern advierte a sus lectores de que «sería una gran pérdida de tiempo dedicarse a buscar estas islas fabulosas», pese a que consigna sus supuestas coordenadas y añade el nombre de Isla de Crespo junto a Rica de Plata y, curiosamente, también un doblete: Roca de Plata…

En este juego de pistas Krusenstern es la persona que nos lleva, por fin, a quien nos dará la primera prueba fiable y en español sobre la existencia o no del «capitán Crespo»: me refiero al marino sevillano don José Espinosa y Tello. El ya mencionado Jacques-Thomas Verneur refiere en un Journal des voyages, découvertes et navigations modernes, publicado en 1820, que entre las personas que durante la estancia de Krusenstern en Inglaterra le facilitaron información de primera mano sobre descubrimientos y cuestiones hidrográficas estaba Espinosa.

Como «Gefe de esquadra de la Real Armada», y primer director de la Dirección de Trabajos Hidrográficos, Espinosa y Tello publica en 1809 unas Memorias sobre las observaciones astronómicas, hechas por los navegantes españoles en distintos lugares del globo, las quales han servido de fundamento para la formación de las cartas de marear publicadas por la Dirección de Trabajos Hidrográficos de Madrid. Concretamente, en el tomo II de esta obra y en su «Memoria tercera», figura el siguiente texto, que merece ser reproducido in extenso:

«Isla que se cree sea la nombrada Rica de Plata. El dia I5 de Octubre de I80I, navegando para Acapulco en la nao de Filipinas nombrada el Rey Cárlos, el primer Piloto de la Armada Don Francisco Sanchez Crespo avistó despues de salido el Sol una isla por el N. 36º O. corregido á distancia de 8 á I0 leguas. La latitud observada al medio dia, y la longitud tambien observada (que se cree fuese por distancias lunares que les refirió), la colocan por latitud de 32º 46’ N., y longitud de 45º 55’ E. de San Bernardino, ó I76º 27’ E. de Cádiz. Crespo juzga que esta isla sea la que ponen los planos de la carrera de Acapulco, medio grado mas al N., y 6 mas al O. y á que dan el nombre de Rica de Plata. A ser asi, y suponiendo igual error en longitud á la otra isla que se halla en los mismos planos con el nombre de Rica de Oro, será la posicion de esta por latitud de 29º 5I’ N., y longitud de I72º 00’ al E. de Cádiz»[3].

En el centro de la imagen, Rica de Plata, y al Suroeste, Rica de Oro (procedente de la Carta general para las navegaciones a la India Oriental por el Mar del Sur y el Grande Oceano que separa el Asia de la America construida por Don José [de] Espinosa, gefe de Esquadra de la Armada Nacional); en la imagen de abajo, la misma zona en una vista más amplia[4].

Ahí estaban, por fin, los datos sobre nuestro marino español, cuya biografía, pese a todo, sigue teniendo algo de escurridizo.

La existencia de don Francisco Sánchez Crespo como primer piloto de la Armada (y, posteriormente, no como capitán, sino como alférez de navío) viene corroborada por diversos documentos de la época que merecen ser tratados y analizados detalladamente en otro momento. Valga por ahora decir que es probable que su vida abarcara desde el último cuarto del siglo XVIII hasta casi mediados del siglo XIX; también es probable que perteneciera al cuerpo de pilotos de la Armada del departamento de Cádiz y que, además de navegar por el Pacífico a bordo del Rey Carlos, parece estar relacionado con la goleta Ramona en un momento histórico importante como fue el de la independencia de Colombia y Venezuela del imperio español; algunos datos hacen pensar que podría haber fallecido en Mayagüez, Puerto Rico.

El genio de Verne hizo que existiera y que aún perdure en la literatura una isla que navíos de muy diversos pabellones nacionales intentaron hallar durante varios siglos, no demasiado lejos de las costas del Japón. A sabiendas de que le ofrecía un escenario más próximo a la leyenda que a la realidad geográfica, nos hizo visitar sus bosques submarinos en una serie de episodios que tenían y continúan teniendo para el lector mucho de ensoñación, similar a la que vivieron tantos marinos, como don Francisco Sánchez Crespo, que creyeron vislumbrar los contornos de unas islas mitológicas y cargadas de riquezas allí donde solo había la inmensidad del Gran Océano.

Sin embargo, Rica de Plata siguió existiendo obstinadamente sobre el papel en la carta n.º 2683 del Almirantazgo británico, hasta que el capitán hidrógrafo Sir Frederick Evans la suprimió definitivamente en 1875, e incluso muchos años después, en 1922, aún podía verse en el Times Survey Atlas.

La forma de sus costas semejaba el cuarto menguante de la Luna[5].

 * * *

  Apéndice bibliográfico sucinto

Jules S. C. Dumont d’Urville, Voyage autour du monde, tomo I, Tenré, París, 1834.
José Espinosa y Tello,  Memorias sobre las observaciones astronómicas, hechas por los navegantes españoles en distintos lugares del globo, las quales han servido de fundamento para la formación de las cartas de marear publicadas por la Dirección de Trabajos Hidrográficos de Madrid, tomo II, Imprenta Real, Madrid, 1809.
Juan Gil, Mitos y Utopías del Descubrimiento. 2: El Pacífico, Alianza Editorial, Madrid, 1989.
Adam J. von Krusenstern, Beyträge zur Hydrographie der grössern Ozeane als Erläuterungen zu einer Charte des ganzen Erdkreises nach Mercator’s Projection, Paul Gotthelf Kummer, Leipzig, 1819.
Grégoire L. D. de Rienzi, Océanie ou cinquième partie du monde, tomo I, Firmin Didot Frères, París, 1836.
Jules Verne, Twenty Thousand Leagues under the Sea, Oxford University Press, Oxford, 1998; trad. y notas de William Butcher.
Jacques-Thomas Verneur, Journal des voyages, découvertes et navigations modernes, tomo VIII, Colnet, París, 1820.

Nota: Salvo los libros de J. Verne y de J. Gil, ciertas ediciones de los demás se han consultado en archive.org, Gallica (Biblioteca Nacional de Francia) y Google Books.

* * *


[1] El lector atento observará ciertas discrepancias entre las diversas coordenadas geográficas que se reproducen a lo largo del artículo. No entraré a analizarlas aquí, pero téngase en cuenta ya desde el principio que Verne comete un error escribiendo Oeste, cuando solo puede tratarse del Este.

[2] El relato del profesor Gil concluye a finales del siglo XVIII, razón por la que, pese a referirse a la permanencia de las islas en la cartografía, no menciona a ningún Crespo: «El ensueño austral se había desvanecido una vez más incluso antes de haber sido llevado a la práctica. Pero en el Pacífico Norte las cartas de marear seguían dibujando con terca insistencia unas islas, la Rica de Oro y la Rica de Plata, que rozaban casi las quillas de los galeones de Manila en su tornaviaje a Acapulco» (J. Gil, op. cit., pág. 346).

[3] Dejemos constancia de la existencia en la Wikipedia en lengua alemana de una entrada titulada «Crespo (Phantominsel)» [Crespo (isla fantasma)], que hace sobre todo hincapié en señalar el carácter «espectral» de la isla de Crespo, si bien la menciona como escenario de un episodio de la novela de Verne. No aborda directamente la cuestión de las fuentes de este y reproduce literalmente el nombre del navío español con la ortografía de Espinosa y Tello, con lo que perpetúa el curioso Cárlos.

[4] La imagen procede de la colección cartográfica digital de la Biblioteca Nacional de Australia y puede consultarse en: http://nla.gov.au/nla.map-t555-a2.

[5] Según palabras de Henry Stommel en su libro Lost Islands, University of British Columbia Press, Vancouver, 1984, pág. 4.

Miguel Á. Navarrete

5 Comentarios

  1. Archivero dice:

    Gracias al señor Navarrete y a Oportet, hoy sabemos algo más de Verne. Apasionante. Enhorabuena al autor por escribirlo y al editor por colgarlo.

    • OportetEditores dice:

      Gracias a su merced, dignísimo Archivero Mayor, que, honrándonos con su presencia, así acrecentáis el valor de la página. (Y no quiero citar a don Cayetano Fernández, porque alguien lo reprobaría).

      • Archivero dice:

        Pues cite, cite Vd. “que, aunque le enoje,/ lo que siembra el mortal/ Eso recoge!”

        • OportetEditores dice:

          ¡Ay, señor Archivero, que me compromete su merced! Porque el tal don Cayetano dijo cosas como estas:

          «De saber mucho alardea
          cierto Joven antipático,
          que aspira a ser catedrático,
          aunque en moral… rehelea».

          ¿Qué le parece a su merced el prócer de las letras?

  2. Nuria de Luxemburgo dice:

    Ha pensado el señor Navarrete añadir a la Wikipedia española la entrada “Crespo”?

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