El humor negro de Jules Verne: Frritt-Flacc o la hora del Dr. Trifulgás

«¡Frritt…! Es el viento que se desata.
¡Flacc…! Es la lluvia que cae a torrentes.
La ráfaga mugiente cimbrea los árboles de la costa volsina
y va a romperse contra la falda de las montañas de Crimma.
A lo largo del litoral, las olas del vasto mar de la Megalócride
corroen las altas rocas».

Comienzo de Frritt-Flacc

 

Publicado el 5 de diciembre de 1884 en Le Figaro illustré, el cuento Frritt-Flacc, de Jules Verne, no aparece mencionado hasta abril de 1885(*) en su correspondencia con Pierre-Jules Hetzel, el editor de la mayoría de sus novelas y otras obras. En una carta un tanto displicente del día 11 de ese mes, Hetzel rechaza añadirlo como apéndice tras Matías Sandorf, el magnífico homenaje literario de Verne al Conde de Montecristo de A. Dumas padre.

No sería la primera vez que el avisado olfato del editor de origen alsaciano no haría justicia al mérito literario de una obra del autor estrella de la casa, quien tendría que esperar al fallecimiento de Hetzel para ver su cuento publicado dentro de un libro, concretamente al final de Un décimo de lotería (o Un billete de lotería, interesante disquisición en la que no vamos a entrar ahora), cuando era el hijo de Hetzel quien llevaba las riendas de la editorial.

En esas cartas de finales de 1884 y principios de 1885, se puede seguir el trabajo del autor en su Matías Sandorf y las dudas que, como de costumbre, plantea al editor en su proceso de creación. Se trata de un período en el que Verne ha estado trabajando en novelas como Kerabán el testarudo, publicada 1883, un humorístico periplo en torno al mar Negro protagonizado por un turco acaudalado; La estrella del sur, publicada en 1884, de ambientación sudafricana e inspirada en un proyecto original de André Laurie; o El Archipiélago en llamas, breve novela de aire romántico, también de 1884, sobre la sublevación de los griegos contra el Imperio Otomano, con piratas, escaramuzas navales y una historia de amor de fondo. En 1885, gracias a su Matías Sandorf, Verne volverá a sacar a escena esencialmente el Mediterráneo, aunque el protagonista de esa novela sea un noble húngaro.

No sabemos cuándo comenzó la redacción de Frritt-Flacc, ni si el autor lo guardó mucho tiempo entre sus papeles, como solía hacer con algunas de sus obras. Lo que sí es cierto es que se distingue por algunos detalles que lo emparentan con las novelas que acabo de mencionar. Transcurrido el tiempo, el cuento recobró entre estudiosos, críticos y lectores el favor que merece, a la par que se revalorizaba la figura literaria de Verne.

No voy a destripar aquí la pequeña joya que es Frritt-Flacc, que podríamos comparar a una rara y menuda especie vegetal (algo ponzoñosa, eso sí) dentro de la inmensidad amazónica de las páginas escritas por Verne, pero sí creo que merece la pena fijarse en la apuesta de Oportet, la casa que alberga estas páginas, por traducirlo al español y añadir su versión original ―incluidas las interesantes variantes que fueron censuradas en su día en función del medio en que se publicaron sus distintas versiones―, junto con la transcripción de su manuscrito y un estudio pormenorizado.

para tiendaEn Frritt-Flacc encontramos a un Verne que, a primera vista, resulta desconocido y sorprendente, ya que nos sitúa en un lugar que carece de coordenadas geográficas, lo que nos impide localizarlo en un mapa (ni siquiera ficticio, como fueron algunos de los que incluyó el escritor en sus libros). En ese pueblo de Luktrop en el que se desarrolla la acción se intuyen ecos del último crucero por el Mediterráneo que emprendió Verne y parte de su familia en su yate, el Saint-Michel III, a partir de mayo de 1884, que se habían visto premonitoriamente reflejados en El Archipiélago en llamas y que, sobre todo, reaparecerían en Matías Sandorf. Pero el autor juega a confundir las pistas y nos induce a pensar que podríamos encontrarnos tanto ante un paisaje norteafricano abrasado por el sol como ante una landa bretona azotada por el viento.

Y es que ese paisaje, como tantas otras veces, no deja de ser el imaginario decorado del que, como lectores de Verne, esperamos que surjan la amenaza del volcán y su erupción inminente, o el embate del mar embravecido, descritos con la atención al detalle y la hermosa precisión que caracterizan su escritura y traducidos fielmente en imágenes por Nuria Munarriz en la preciosa cubierta diseñada para esta edición. Además, Frritt-Flacc destaca dentro de la obra breve de Verne por dos rasgos que, aunque no sean exclusivos de este cuento, sí que lo impregnan definitivamente: la desbordante invención léxica y el humor negro.

Las fechas en que se publicó parecen indicar que había sido concebido como un cuento de Navidad, por lo que inmediatamente pensamos en la influencia de Dickens y en un homenaje al autor británico, al que Verne profesaba auténtica devoción. Además, en la caminata del doctor Trifulgás por la landa desolada de Luktrop adivinamos los pasos secretos de Edgar Allan Poe, el tenue resplandor de las historias de E.T.A. Hoffmann y el son de alguna melodía de Offenbach, con la sospecha de que el cuento puede ocultar alguna referencia a la propia vida de Verne. También se puede percibir el eco de la obra del geógrafo anarquista Élisée Reclus en la descripción del paisaje, a quien Verne admiraba y citaba muy a menudo, junto a ciertos ecos de estructura que nos hacen preguntarnos si no tendremos entre manos un entremés vagamente inspirado por Plauto o Molière y algún sorprendente giro verbal que nos acercaría a un contacto con el Satiricón de Petronio: materia para seguir reflexionando e investigando.

El traductor de Frritt-Flacc se tiene que medir con la fertilidad verbal con la que Verne inventa o forja términos y nombres de lugares y de personajes, como si estuviese participando en la azarosa tirada de dados que se intuye de fondo como motor de la ficción, a sabiendas de que el rival no dará tregua en la batalla, cuando el doctor acabe por descubrir el monto de la apuesta. Una tirada de dados sabiamente organizada por Verne, que parece guiñar el ojo al lector mientras prepara el repóquer de ases con el que arrasará en la partida.

En Frritt-Flacc voltean amenazantes las campanas de Santa Filfilena mientras suena la hora en que el doctor Trifulgás —acompañado de su perro Hurzof— entablará un duelo despiadado con su propia historia al salir a curar a un pobre carraquinero como Vort Kartif. Cuando Trifulgás levante el telón en el último acto, habremos vislumbrado unas imágenes crepusculares azotadas por la tormenta, con las llamaradas del Vanglor recortándose de fondo, y nos habremos adentrado por un camino donde «el tojo y la retama retiñen como bayonetas que entrechocaran» y marcan el ritmo de una fábula, un apólogo moral, en que Jules Verne destiló con un humor negro inusual el magisterio y, paradójicamente, toda la poesía de su prosa.

© Miguel A. Navarrete, 16-12-2017

 

(*) Datos consultados en Correspondance inédite de Jules Verne et de Pierre-Jules Hetzel (1863-1886). Tome III (1879-1886); ed. de O. Dumas, P. Gondolo della Riva y V. Dehs; ed. Slatkine, Ginebra, 2002.

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