Dos presentaciones de Jesulín

La semana pasada presentamos en Granada y en Sevilla el último libro de Vázquez de Sola, Vida y milagros de Jesulín de Nazaret, cuya publicación ya anunciamos el lunes 12 en esta misma página. De la presentación de Granada se ha hecho eco el periódico Granada hoy, en un interesante y regocijado artículo de Andrés Cárdenas. Pero aquí vamos a hablar de las dos presentaciones en sí.

En Granada, tras la mencionada entrevista de Cárdenas, subimos a la sala «Talleres» del Centro Federico García Lorca (otero privilegiado para los fotógrafos devotos de la catedral). La mesa estaba compuesta por Pollux Hernúñez, filólogo, latinista, traductor —Luis Alberto de Cuenca lo ha denominado «polímata»—, además de «teatrero» irredento y, para el caso que nos ocupa, amigo personal de Vázquez de Sola desde los tiempos parisinos de Le Canard enchaîné. A su lado, José Antonio Pérez Tapias, catedrático de Filosofía —que tampoco ignora la teología—, y rostro conocido en la última refriega electoral para la secretaría del PSOE. Pollux Hernúñez aludió al carácter de «evangelio apócrifo» del libro, tal como proclama un diablillo socarrón desde el dibujo de cubierta del propio Vázquez de Sola. Por la edición de Los evangelios apócrifos de Aurelio Santos Otero sabemos que existen más de treinta textos fragmentarios, y otros veintitantos evangelios apócrifos entre los de la Natividad, la Infancia de Jesús, la pasión y la resurrección, los asuncionistas, las cartas y los evangelios gnósticos de Tomás y de Felipe. A ellos Vázquez de Sola añade ahora este Jesulín suyo, cuyas intenciones explica en el prólogo y corroboró en la presentación.

Pérez Tapias insistió en unas palabras del preámbulo, toda una declaración de intenciones: «El presente libro, con mayor o menor fortuna, intenta poner de manifiesto —no necesariamente ridiculizar— lo que ya es de por sí suficientemente grotesco. Estamos en España, donde la religión dominante, avasalladora, excluyente, administradora de fuego eterno y hogueras seculares —en contradicción flagrante con una Constitución supuestamente aconfesional— es la católica: por eso se manifiesta más denunciadora mi diatriba ante esta secta judeocristiana, con flecos grecorromanos».

Et tout le reste est littérature, escribió Verlaine. En una nota al poema «Las dos catedrales», de La cifra, Borges aseguró que «la filosofía y la teología son, lo sospecho, dos especies de la literatura fantástica. Dos especies espléndidas». No fue el primero ni el único: también Unamuno, en Amor y pedagogía afirmó que «todo, y sobre todo la filosofía, es, en rigor, novela o leyenda». Pérez Tapias, que es filósofo y no desconoce la teología, sabe que el día en que leamos como literatura y mitología los llamados «libros sagrados» habremos avanzado un gran paso.

Las palabras de presentación de Vázquez de Sola fueron exactamente estas y no necesitan «comento», como pedía don Quijote de su historia:

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Para empezar, y tras agradecer vuestra presencia, quisiera excusarme por traer escrito mi alegato, ante la necesidad de extremar la mesura de mis expresiones, temeroso del juicio al que puedo verme sometido por parte de los adoradores del brazo incorrupto de santa Teresa y otras asociaciones piadosas defensoras del buen nombre de Dios.

In illo tempore Dios se paseaba por las calles, hablaba con la gente, manifestaba de viva voz sus divinos caprichos y, cuando no era obedecido, castigaba a los insumisos como solo a él correspondía hacerlo. Mía es la venganza, dice san Pablo que dijo Dios. Añadiendo a continuación: Dejad lugar a la ira del Señor. Y tenía razón.

En el caso de Adán y Eva, su ira punitiva se mostró fuerte, justiciera, omnipotente. No dudó Dios en mantener su autoridad condenándolos a ganarse el pan y a parir con dolor, no solo a ellos, sino a toda la humanidad, simplemente porque nuestros primeros padres se zamparon a pachas una mísera manzana. Habrá quien considere excesivo el castigo, pero a él no le tembló la mano para vengar la desobediencia de sus muñequitos de barro. Lo que Él decía iba a misa.

Lo aprendimos en el catecismo del padre Ripalda.

De todas maneras, lo que conocemos como ley de Dios no es sino la interpretación, redacción y talla en piedra operada por Moisés, de un dictado de viva voz del Creador en el monte Sinaí, y posteriormente traducido de idiomas ya desaparecidos.

Dando por seguro que Dios habló con Moisés y que su transcripción fuera fiel al mandamiento divino, ¿qué puede quedar de cierto después de tanta traducción de traducciones?

Seguramente algunos creyentes tiquismiquis se atrevan a juzgar a Dios un poco caprichoso, tanto por la historia de la manzana como por su predilección hacia el pueblo de Israel. A pesar de haberle sido infiel con el becerro de oro, lo defendió contra viento y marea. Echando pelillos a la mar, separó sus aguas para dar paso a Moisés cuando huía de Egipto junto a los suyos y lo cerró después sobre la tropa enemiga, dejándola allí sumergida. Hízose su voluntad, en el cielo, en la tierra y hasta debajo de los mares. Dios no necesitó que nadie lo defendiera.

Los coetáneos de Noé tampoco salieron bien parados con la ira divina. Noé —esto no lo dice el Ripalda— era más bien dado a la bebida y a los juegos incestuosos con sus hijas. Aun así, Dios envió un diluvio torrencial sobre todo el universo, ahogando a millones de criaturas, bestezuelas e insectos, salvando únicamente a Noé, a sus hijas —por si las necesitaba— y a una pareja de cada animal, incluidos una ladilla macho y otra hembra. Y aquí paz y después gloria.

Las costumbres relajadas y licenciosas de nuestra época pueden incitarnos a pensar que la actitud de Dios hacia un cierto colectivo, calculado en un diez o doce por ciento de la población mundial, es un poquirritín homófoba, pero nadie puede negar su rigor vindicativo cuando, harto de la mariconería practicada en Sodoma, envió una lluvia de fuego sobre aquel pueblo. Solo salvó a un vecino, Lot, el viejo impotente, pero no se privó de convertir en estatua de sal a su mujer, por mirar hacia atrás.

Y qué decir del pobre Onán, condenado al ostracismo por un quítame allá esas pajas, sin una mano amiga que le echara una mano…

Su error, si es que Dios puede cometer errores, fue que, cansado de tanto trajinar por el mundo, delegó en la Santa Inquisición para que ella interpretara sus designios y, en su nombre, quemara vivos a los réprobos, permitiendo que paulatinamente, a medida que se iban implantando los Derechos Humanos, los Tribunales Eclesiásticos de la Santa Inquisición fueran descafeinándose.

Hoy día, la interpretación de los más íntimos desiderata divina, y la consecuente venganza contra los desobedientes, corren a cargo de las Acusaciones Particulares —Particularísimas diría yo— y de la Audiencia Nacional, su brazo secular. ¿Sospecharán que el Dios que ellos veneran, viejo, caduco, atacado de alzheimer, chocheando, no sea ya capaz de defenderse por sí solo?

Ante esta duda, jueces, más o menos competentes en el ejercicio profesional, se ven obligados a aplicar, de forma torticera, leyes, divinas o humanas, justas o injustas, ortodoxas o heterodoxas, actuales u obsoletas, según su buen criterio o según sople la ventolera gubernamental, encarcelando a titiriteros, raperos, draccuines, fotógrafos y a cualquiera que no diga digo y diga diego.

Por supuesto, yo no puedo preciarme de ser teólogo, ni tengo la menor relación oral ni epistolar con ninguno de los dioses de nuestro entorno, ni con los falsos ni con el único verdadero, ni puedo pretender conocer ni interpretar sus arcanos designios, ni leer los torcidos renglones de sus rectas escrituras.

Pero, como dice Ripalda, Dios, hoy como ayer, fulmina a quien le desagrada: post mortem, con el infierno, el purgatorio o el limbo; y en vida, con taras, ceguera, sordera, reblandecimiento de la médula espinal y otras enfermedades, incluso a los niños que curiosean con su cuerpecito y encuentran en ello algún placer prohibido.

No. El viejo Dios aún puede defenderse solo y no necesita sicarios. Tratar de protegerlo, como si fuera un ser disminuido, impotente o incapaz, necesitado de la ayuda de un simple mortal, es negar su poder, la fuerza de un Dios eterno, omnipotente, con redaños para seguir haciéndonos pagar cara la fruta prohibida a los actuales hijos de Adán y Eva, como antes la pagaron los perseguidores de Moisés, los coetáneos de Noé y los vecinos de Sodoma, fueran cuales fuesen los apetitos alimentarios o sexuales de la soldadesca egipcia, la de Noé y la de los sodomitas.

Estoy curándome en salud ante la amenaza que se cierne sobre este librillo, porque llueve sobre mojado. Hace años ya hubo un rifirrafe entre pepés y pesoes tomando como pretexto otro de mis libros, titulado Mi tío Fray Diego. Por eso me estoy confesando ante ustedes en espera de absolución.

No quisiera terminar sin manifestar mi indignación y desprecio ante la ridícula vanidad de los torquemadillas de vía estrecha que nos gobiernan, hurtándole al Dios en que ellos creen sus sagradas prerrogativas. Los titiriteros granadinos, los raperos sevillanos, los fotógrafos catalanes y el pintamonas autor de este librillo podemos ser irreverentes, contestatarios, incrédulos, ateos. Ellos, me refiero a los suplentes en la cólera divina, son escandalosamente fraudulentos en cuanto a la justicia humana y, en lo concerniente a la celestial, patéticamente blasfemos.

*     *     *

En Sevilla la presentación tuvo lugar en el Antiquarium, rodeados de reliquias y mosaicos romanos, mientras fuera llovía suavemente para amenizar el acto. En la mesa estuvo el escritor, periodista y poeta Juan José Téllez, actualmente director del Centro Andaluz de las Letras, que hizo una estupenda lectura del libro y de su significado en el contexto sociopolítico y cultural del momento. Pero Vázquez de Sola nos tenía reservada una sorpresa: él quería que en la mesa hubiera un cura. Y lo consiguió. José Chamizo, que es sacerdote y amigo suyo, tuvo el suficiente humor para abrir boca con el texto que reproducimos aquí:

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Para empezar tengo que decir una cosa muy simple: no estoy de acuerdo, para nada, con el contenido de este libro. «¿Entonces por qué has venido, hijo mío?», preguntarán ustedes. Pues porque a este señor llamado Andrés Vázquez de Sola no se le debe decir que no jamás, aunque uno esté en desacuerdo. Nos conocemos hace casi cuarenta años, y no es cuestión de defraudarlo a estas alturas. Él quería un cura para presentar un libro anticlerical: pues aquí lo tiene. Sé que lo hace porque sabe que no enviaré esta publicación a la Congregación de la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio), se aprovecha de mi bondad y yo se lo permito. Les diré por qué: sería para este artista un honor poner en su puerta, en plan Lutero, el decreto de excomunión, y mi generosidad, con ser mucha, no llega hasta ahí.

He dicho que no estoy para nada de acuerdo y lo reafirmo pero hay cosas que puedo salvar. Veamos. La primera parte del prólogo puede valer; ya en la segunda afirma que él no tiene por qué respetar cosas que no tienen sentido. Lo dice con más ímpetu, pero bueno, ya él se explicará. Puede salvarse el estilo literario con el que dice algunas cosas que en otras religiones le costarían un disgusto: yo lo perdono, qué remedio. Noto, no obstante, que abandonó la catequesis demasiado pronto y padece algunas notables confusiones, especialmente con el bueno de San José, que ya es sabido que pertenecía al partido zelote, una especie de IU de la época, opuesta a la dominación romana antes de que Marx dijera esta boca es mía. También le perdono el poco respeto, es decir ninguno, que tiene a los dogmas de mi empresa de origen. ¡Qué vamos a hacer! Admiro, eso sí, sus dibujos, no siempre su contenido, y algunos puntos críticos de la Historia de la Iglesia, en la que esta dejó mucho, mucho que desear.

Lo mejor de tener un amigo anticlerical es saber que no competirá con uno ni con nadie para ser obispo, y eso ya es algo que tener en cuenta. Lo peor es ver los guiños que hace Satanás cuando se atreve a inspirarlo, pero Andrés se deja llevar porque siempre habrá un amigo suyo que lo traiga al buen camino. A propósito, la cara de Lucifer, que tantas veces he visto por las calles y en otros ámbitos, es de lo más logrado en esta publicación. Quedaría de lujo en algunos Parlamentos.

Bueno, tengo que terminar. La amistad, querido Andrés, está por encima de cualquier diferencia. Tu actitud ante la vida, tu ser consecuente con las ideas que han dado sentido a tu existencia, tu capacidad como gran artista, me hacen decirte algo que va a rechinar en tus oídos y te hará estremecer todo tu cuerpo. Es una frase tomada del ritual de un sacramento, que sabrás adivinar pese a tu carencia de catequesis, y dice así: «Amigos, esa es mi aportación, hasta que la muerte nos separe». Gracias.

 

Oyendo a Pepe Chamizo, recordé una frase de José María Cabodevilla (que también era cura), escrita en la «Nota adicional» de ese misericordioso libro que es El pato apresurado o apología de los hombres: «En cuanto a los reparos que opuso Su Severidad el Censor, tocantes a la escasa seriedad de algunos fragmentos o apreciaciones, dicen que Dios contestó así: “Sobre Inglaterra hacen humor los ingleses; los anglófilos, jamás”». Cabodevilla, que por ese libro y por algunos otros, como La sopa con tenedor, La letanía del grillo o La jirafa tiene ideas muy elevadas, habría merecido entrar holgadamente en la Academia —si bien él la sorteó cuidadosamente—, volvió a recordar a los ingleses y los anglófilos en su estupenda Carta abierta a un Sr. obispo, que concluye así: «En medio de tus agobiantes y trascendentales tareas, encontrarás la paz del alma y podrás dormir sin sobresaltos, podrás dormir de un tirón, si tienes ese sentido de la objetividad, si eres modesto, si aceptas tu puesto en el inmenso y maravilloso retablo: elefantes, hierofantes, minutantes y otros reptantes, parroquidermos, sotanosaurios, curácnidos, diaconodrilos, vicariópteros, canongiarios, pulpitodontes, mitrápodos, lamelibáculos y obispopótamos. Buenas noches, Excelencia».

En un momento en que se multiplican desaforadamente los anglófilos a expensas de los verdaderos ingleses, seres como Chamizo y Cabodevilla nos reconcilian con la humanidad, tan aquejada ahora de (in)corrección política, hipocresía e ignorante fanatismo. Quizá por eso Vázquez de Sola quiso que Pepe Chamizo estuviera en su mesa.

2 Comentarios

  1. Jose Luis Rodriguez dice:

    Alimento para el alma, cuando llegue al infierno, eso sí, merecidamente por Rockero, quiero que me pongan a la derecha de Vázquez, o detrás, nunca delante, no sea que se le ocurra mandarme a recoger mierda sin cubo la mitad de la eternidad.

    Salud patoos

    • Vázquez de Sola, de cuya presencia hemos gozado hoy en la librería «sin tarima» de Madrid, sigue con sus humores a cuestas, y asegura que puedes irte al infierno con las botas puestas, pues te reserva asiento a la diestra del Humorista Padre, a la vez que te envía una bendición sin anillo episcopal.

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