Buhardilla

La ultracorrección —ya lo hemos visto— produce curiosidades; la contaminación, también. Nadie ignora lo que es una buhardilla; pero su origen es más lejano, y su contaminación derivada, harto explicable.

Buhardilla tiene aire de diminutivo. Y lo es. Buhardilla es un diminutivo de buharda, y la buharda era una especie de ventana o claraboya en el tejado de la casa. ¿Su origen? El verbo buhar o bufar, que significaba soplar. (Por cierto, bufar viene de bofe, ‘pulmón’, y todavía mi abuela decía «echar los bofes» cuando uno llegaba con la lengua fuera). Así, pues, la ‘buharda’ era en su origen el respiradero para el humo, al que se expulsaba buhando, es decir, soplando, y supongo que alguna vez bufando. Luego, por sinécdoque o proximidad, pasó a designar el lugar que tenía una buharda en el techo; esto es, el desván o sobrado que estaba justo debajo del tejado.

Con esa acepción la hallamos ya en La Gatomaquia, de Lope de Vega, cuando Marramaquiz «paseaba el tejado y la buharda / de aquella ingrata cuanto hermosa fiera» (II, vv. 16-17). Y, mucho más cerca de nosotros, una de esas típicas acotaciones de Valle —esta vez en la penúltima escena de Los cuernos de don Friolera— dice: «En su buharda, como una lechuza, acecha doña Tadea». Si el desván era bajo y encogido, el diminutivo lo redujo a simple buhardilla.

Cuando el desván empezó a servir para guardar trastos y cachivaches, ¿qué cosa más lógica que llamar guardilla a aquel espacio cuyo remoto origen se había esfumado con el humo? Ambas, la guardilla y la buhardilla, conviven hoy en los diccionarios. Y también la bohardilla, que es la que utiliza Torrente Ballester en La saga/fuga de J.B. En Silvestre Paradox, Baroja usa más de cuarenta veces ‘guardilla’ e ignora la palabra ‘buhardilla’.

2 Comentarios

  1. Dimas Mas dice:

    “Bofe”, Emilio, ha sido palabra de uso común y supongo que lo sigue siendo, porque aún se consumen vísceras en las cocinas españolas. Recién llegado a Madrid, con una hermosa perra boxer de un año, me harte de viajar al puesto de los Despojos en el mercado municipal para comprar ese bofe con el que hacerle su guiso cotidiano. Después apareció lo de Casquería, si no ando mal de cronología, que tiene un nítido aire de eufemismo. El puesto de los despojos tuvo siempre, para mí, un encanto anatómico especial. Nada que ver con la monocromía de las carnes rojas, de cortes tan monótonos. ¡Qué hermosura las lenguas colgadas de los garabatos! ¡Qué belleza la de los hígados penitenciales! ¡Qué maravilla la de los sesos! En Murcia me aficioné a las tortillas de sesos y descubrí que tenían un sorprendente sabor a gambas. De todos modos, y acaso por la famosa ley del mínimo esfuerzo, hoy solo echamos “el bofe”, cuando llegamos como lo hice yo el otro día a la línea de meta del maratón, 4 horas y veintitrés minutos después de haber iniciado la carrera… A propósito de los despojos, el otro dia vi la excelente Cirkus Columbia, de Danis Tanovic, y en una escena en que agasajan a un exiliado que vuelve a su aldea de Croacia le presentan una cabeza de cordero como manjar de dioses. Ante la repugnancia de su nueva pareja, una joven de ciudad, el hombre retuerce el ojo de la dócil bestia y se lo come con gestos de haberse llevado a la boca auténtica ambrosía, pues aún se ignora si era éste líquida o sólida, y parece que un ojo participa de ambos estados…
    Por lo demás, buhardilla sufre el acoso galo de mansarda, cuya primera acometida dio título a una joya de Pombo: El héroe de las mansardas de Mansard.

    • Veo, carísimo señor de Mas, que seguís maratonenado como el otro canovaseaba por su propia cuenta. La envidia que tal fazaña me produce apenas cabe en adjetivos y ditirambos. Pero sé de alguien que se ha hecho rico y aun riquísimo con una breve tienda de casquería, y ni yo los desdeño cuando se tercia. Tampoco la cabeza del cordero es nueva en la literatura, y Francisco Ayala nos obsequió con otra, que también dio lugar a luchas intestinas: la vomitona tras la cena del cordero «no es solo efecto de una cena pesada y repugnante, sino que es un rechazo de sus propias entrañas, obra de la guerra intestina» (cf. «La cabeza del cordero», dentro del mismo título). Y, en fin, solo añadiré que una vez invité a comer a una autora, que lo hacía con notable fruición y elogio, hasta que supo que lo que había comido con tanto agrado era un carpaccio de lengua de vaca… «Ignorarlo es saber; que es bien pequeño / el que puede abarcar solo el sentido».

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