7 libros 7 (2.ª parte)

4. La Isla del tesoro (R. L. Stevenson)

La Isla del tesoro viene precedida de una aureola tan sólida, tan indiscutidamente conquistada, que difícilmente se puede hurtar. Pero pertenece a esa serie de obras de Stevenson en que el protagonista es un adolescente huérfano arrojado a la vida y sus asechanzas, que tal vez pudiera ser intercambiable. Y es que, salvo, tal vez, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, las grandes novelas de Stevenson han tenido un niño/adolescente o un jovencito por protagonista. Jim Hawkins era huérfano, como lo era el David Balfour de Secuestrado, y el Richard Shelton de La flecha negra, y la Joanna Sedley del mismo libro; como Catriona, que no era huérfana, pero tenía a su padre en la cárcel, que es otra forma de orfandad; como los hermanos Finsbury de Aventuras de un cadáver, y en fin, como una buena parte de los personajes de Las nuevas mil y una noches: quizá no sea casual que una de las piezas que representaba el dispar matrimonio Berthelini de uno de estos cuentos se titulara precisamente Todos huérfanos.

Sé que la orfandad es un concepto negativo, y que solo hay huérfanos porque los otros tienen padre. Pero la orfandad en Stevenson es un ámbito, una atmósfera en la que el personaje se ve envuelto de un modo tan condicionador, que es casi la causa de una vida aventurera, en la que a veces las aventuras no son más que la descripción sinuosa de una lucha por la vida, una defensa, entre inocente y desesperada, por sobrevivir en un medio adverso.

Jim Hawkins contempla la apoplejía fulminante de Billy Bones cuando aún está fresca la muerte de su padre. Ese doble silencio, más un equívoco ataque y un mapa misterioso, ponen a Jim al borde de un camino de regreso incierto, pero de consecuencias previsibles: las del crecimiento. Un rápido recorrido por el resto de las obras de Stevenson quizá nos llevaría a establecer el siguiente axioma: un huérfano, si encima es un adolescente, casi un niño, es el personaje ideal para una novela de formación.

El héroe juvenil de Stevenson es, pues, un ser esencialmente huérfano, esto es, un ser disponible, vacío, presto a ser llenado de cualquier cosa. Esa orfandad, suma de abandono y desamparo, le hace un ser frágil y pasivo… al principio. Solo al principio. De pronto, vemos que el huérfano desvalido toma, primero por azar y luego por voluntad, las riendas del destino. Y así, de improviso, Jim Hawkins ya adelanta en el capítulo 12 que «por una extraña concatenación de circunstancias, sería yo precisamente quien tendría en las manos la salvación de todos». Y, en efecto, Jim encuentra a Ben Gunn, y dispara contra Israel Hands, y suelta un discurso impensable en las barbas de John Silver y de toda su camarilla. Otro tanto ocurre con Dick Shelton y con David Balfour. Héroes-niños. ¡Estos son enfants terribles y no los de Cocteau! Para ponderar la ternura y ferocidad de Stas, otro héroe-niño —esta vez el protagonista de A través del desierto y de la selva, de Sienkiewicz, que no ha cabido entre las siete, pero que desde aquí recomiendo con fervor—, Fernando Savater dice que «tiene algo de esos implacables y dulces adolescentes-demonios de Stevenson, como Jim Hawkins, David Balfour o el joven héroe de La flecha negra».

Pero los héroes stevensonianos, precisamente por su orfandad, tienen siempre a su lado otro héroe a veces favorable, en ocasiones antagonista. Quizá por una cuestión de simetría, ocupan el puesto del padre que el huérfano no tuvo. Son ciertamente caracteres no poco enrevesados y no siempre fáciles de encajar. En Secuestrado es relativamente sencillo clasificarlos: el tío Ebenezer, avaro, insidioso y mezquino, desaparece en seguida para dejar paso al noble y abnegado Alan Breck. Pero en La isla del tesoro el asunto no es tan evidente. John Silver es a la vez héroe y criminal; le falta una pierna, pero ante Jim aparece como un esforzado gigante; capaz de la risa más franca y del más retorcido disimulo, puede ser tan cruel como generoso y traicionar lo mismo que salvar. Su ambigua situación en la novela es tal, que al final hasta Stevenson contraviene las leyes del género y, en vez de hacerlo morir, lo deja escapar, y ni siquiera con las manos vacías, sino con unos cuantos sacos de oro. Esta oscilación entre la admiración espontánea y el rechazo obligado se refleja en el relato: con una precaución digna de un consumado maestro, el Jim adulto —que es quien escribe— deja caer medias palabras que permitan vislumbrar la doble personalidad del curtido pirata. «Era muy alto —dice en el capítulo 8— y daba impresión de gran fortaleza… y, a pesar de su palidez y cierta fealdad, desprendía un extraño aire agradable… Pero tenía demasiadas pieles y era harto astuto y taimado para mí: yo hubiera salido fiador de la inocencia de John Silver “el Largo”».

En La isla del tesoro, narrador y protagonista son la misma persona. Bien es verdad que Jim Hawkins, cuando narra, ya ha dejado de ser un niño y puede mirar las cosas con cierto distanciamiento, si no con cierto escepticismo. Pero Jim Hawkins es respetuoso hasta cuando narra, y ese respeto por el lector le impide olvidar las reglas del juego. De ese modo, intenta contar desde la perspectiva del desconocimiento, aunque no se niegue a adornar un poco el relato con la elegancia que da la sabiduría de la edad. Y Jim Hawkins, que intenta reflejar el punto de vista y el estado de ánimo del momento histórico en que se desarrolla la peripecia, no escatima incertidumbres, miedos, sobresaltos, que, a la vez que hacen creíble la historia, la envuelven en la saludable levitación del suspense.

He aquí en resumen los ingredientes de esta pequeña comedia humana que es la novela de aventuras: el huérfano viaja, y regresa menos huérfano de lo que fue; más experimentado también, aunque menos inocente. Si todo volver es morir un poco —como partir, que todo es uno—, tampoco el héroe de Stevenson se verá libre de pagar semejante tributo.

Héroe juvenil. Viajar. ¿Viajar adónde? ¿Volver adónde? Borges, que confesaba su predilección por «los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson»[1], tiene un bellísimo soneto dedicado curiosamente a Pew, el bucanero ciego que muere atropellado por un caballo en el capítulo 5 de La isla del tesoro.

Lejos del mar y de la hermosa guerra,
que así el amor lo que ha perdido alaba,
el bucanero ciego fatigaba
los terrosos caminos de Inglaterra.

Ladrado por los perros de las granjas,
pifia de los muchachos del poblado,
dormía un achacoso y agrietado
sueño en el negro polvo de las zanjas.

Sabía que en remotas playas de oro
era suyo un recóndito tesoro,
y esto aliviaba su contraria suerte.

Pero (y ahora Borges dirige el último terceto ¿al lector?, ¿al héroe?, ¿al viajero?, ¿al hombre, tan desvalido como un niño, que viaja en esa machadiana nave que nunca ha de tornar?):

A ti también, en otras playas de oro,
te aguarda incorruptible tu tesoro:
la vasta y vaga y necesaria muerte.

Es privilegio de la novela de aventuras acabar bien. También Stevenson suele otorgar ese privilegio a las suyas. Lo que no le impidió estampar en El Señor de Ballantrae, como en una lápida: «Solo la muerte gana».

5. La trilogía del Nautilus (Jules Verne)

Llamo la trilogía del Nautilus a la serie de tres novelas compuesta por Los hijos del Capitán Grant, 20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa, que no por casualidad Miguel Salabert ha denominado «la telemaquia». Si el rigor de Federico me obligara a limitarme a una, elegiría sin dudar 20.000 leguas de viaje submarino.

En Los hijos del Capitán Grant, como en Stevenson, aparece el tema de la búsqueda del padre, y volverá a reaparecer en otros títulos posteriores. Este viaje lineal a lo largo del paralelo 37, en busca del padre perdido, acabará significando una vez más el proceso de maduración que convertirá al joven Robert en adulto. Pero no podemos olvidar otra especie de paternidad: la que en el fondo busca el profesor Aronnax en la persona del capitán Nemo, recluido en ese submarino irresistiblemente confortable. (Y para no mezclar las cosas demasiado, otro día les brindaré en un par de páginas la biblioteca del Nautilus.) Cabe preguntarse si el Nautilus no es también una especie de seno materno protector, navegando por el blando líquido amniótico del océano, en el que el capitán Nemo —ese don Quijote de los mares, como le ha llamado Salabert, con el nombre que le prestó Ulises— refugia su dolor, su desengaño, su incurable misantropía. En el capitán Nemo se resumen del algún modo Gulliver y El conde de Montecristo.

No es casualidad. Verne admiraba El conde de Montecristo y de hecho lo escribió. El conde de Montecristo verniano se tituló Matias Sandorf. No es una conjetura: es la traducción de una carta y una dedicatoria. La carta estaba dirigida a Hetzel, su editor, y escribió en ella: «Trato de hacer para nuestros lectores un verdadero Montecristo, y creo que lo tengo…» La dedicatoria fue escrita para Dumas hijo y a la memoria del gran Alejandro Dumas. En ella insiste en que ha «intentado hacer de Matías Sandorf el Conde de Montecristo de los Viajes extraordinarios». Conocemos también la respuesta del autor de La dama de las camelias: «Entre usted y mi padre hay un parentesco literario tan evidente que, literariamente hablando, es usted su hijo más que yo».

Pero es que, aunque no hubiera escrito Matías Sandorf, Verne ya tenía su justiciero. Era el mismo capitán Nemo que dejamos en la biblioteca del Nautilus, el cual, sin esa simplificación a que lo redujo la película americana —bien que matizada por la magnífica interpretación de James Mason— decía: «He hecho en todas partes el bien que he podido y el mal que he debido». (Adviértase que es la misma palabra que había empleado Borges en el soneto transcrito a propósito de la Odisea: «la debida labor de la venganza».) Y cuando el ciclo se cierre en La Isla misteriosa, el capitán Nemo completará su grandeza apareciendo no solo como el padre que lo sabe todo: será la verdadera Providencia de los náufragos robinsonianos, una especie de dios ausente y silencioso, invisible pero compasivo, siempre extrañamente presente en los momentos más desesperados. ¿Observan cómo siempre sobrenadan los mismos personajes: Ulises, don Quijote, Gulliver, Robinson…?

6. El ciclo de Tom Sawyer y Huck Finn (Mark Twain)

No quiero separar Las aventuras de Tom Sawyer de las de Huckleberry Finn, aun a riesgo de quebrar la simetría del siete. Los dos son «para en uno», como diría de don Quijote y Sancho la pluma narradora (II,74), y todo el ciclo es una sola obra. Ni don Quijote sin Sancho, ni Sancho sin don Quijote: ni Tom Sawyer sin Huck Finn, ni Huckleberry sin Tom.

La eterna polémica sobre si leer o no leer el Quijote y a qué edad, quizá podría resolverse leyendo el ciclo de Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Para no pecar de pretencioso ni menospreciar su inteligencia, renuncio a recordar unos argumentos de todos conocidos. Sí quiero llamar la atención sobre algo que a veces ha pasado inadvertido: Tom, un alumno de los de «no progresa adecuadamente», o, fablando sin glosa, el peor alumno de la clase en la preclara mente de su profesor; que confunde a David y Goliat con los dos primeros apóstoles o ignora las más elementales operaciones aritméticas, de pronto sorprende a tirios y troyanos como un consumado lector de ciertas historias no pensadas. ¿En qué biblioteca había leído todos los libros que le sirven de falsilla en sus aventuras? Decididamente, ha seleccionado sus lecturas entre las menos recomendadas para una sociedad puritana y esclavista del sur. Conoce, por ejemplo, el Quijote, y así comenta su amigo Huck, asombrado por no ver nada de lo que Tom dice ver: «Él dijo que si yo no fuera tan ignorante, y hubiera leído un libro llamado Don Quijote, lo sabría sin preguntar. Dijo que todo se hacía por encantamiento» (Huck, cap. 3). Ha leído varios cuentos de Las mil y una noches (Ib.), y El conde de Montecristo y El vizconde de Bragelonne (Ib. cap. 35) de Dumas, y Robin Hood (Tom, cap. 8), y las novelas de Fenimore Cooper (Huck Finn y Tom Sawyer entre los indios, cap. 4) e incluso sabe cosas bastante sutiles de historia cuando le interesa[2]. En un momento sublime le reprocha a Huck: «¿Pero es que nunca has leído ni un libro en tu vida? ¿Ni del barón Trenck, ni de Casanova, ni de Benvenuto Cellini, ni de Enrique IV, ni de ninguno de aquellos héroes?» (Huck, cap. 35). ¿Qué les parece el mocito? Pues no he agotado sus lecturas, algunas de las cuales, por ser de época, hasta sus admiradores las ignoramos. Una descripción más detallada ha quedado escrita en el recuento de su bibliioteca, que quizá otro día ofreceré.

Por su parte, Huck, que no ha leído nada de eso ni de ninguna otra cosa, que es el Sancho de ese imprevisible dúo quijotesco, puede sin embargo reaccionar quijotescamente ante una situación especial en que entran en conflicto las convicciones morales y el sentido innato de la justicia. Huck —protagonista de esa indiscutible obra maestra que es Las aventuras de Huckleberry Finn, una obra rebosante de ironía y de sano relativismo—, sabe también que «los seres humanos pueden ser espantosamente crueles los unos con los otros» (cap. 33). Ya conocen el argumento: Huck se encuentra con su amigo Jim, un negro que ha cometido el terrible crimen de huir hacia las tierras libres del norte y lo ayuda a escapar. Entre la poca escuela y la viuda Douglas, Huck había recibido una determinada educación. Y Huck, educado en los valores de la moral de su época, sabe que debería denunciar a Jim, el esclavo negro que, ante la amenaza de ser vendido, se dispone a huir. Y Huck sabe que, ayudando a escapar a un negro, está «pecando», y que por ese camino «se condena». Pero, sin haber leído a Pascal, entiende perfectamente las «razones del corazón», y se salta la moral en favor de la amistad y el buen sentido. Por fortuna, la historia ha dado la razón a Huck. Ahora que tanto se predica la educación en valores, deberíamos preguntarnos si no estamos olvidando la educación en el valor por antonomasia. Pero suele ser un axioma que una sociedad, cuanto más perversa es, más hipócrita se vuelve.

7. Moonfleet (John Meade Falkner)

John Meade Falkner no suele ser citado en la letra gruesa de las historias de la literatura y no siempre en las de la novela de aventuras. Su autor se dedicó menos a la literatura que a los negocios de la empresa de armamento en que trabajaba. Y, sin embargo, Moonfleet habría podido firmarla Stevenson. Al cine la llevó Fritz Lang.

Porque Moonfleet podría sin error ser considerada como paradigma del género. John Trenchard, como los protagonistas de la novela picaresca y los mejores de nuestro género, es a la vez narrador y actor primero. Desde la madurez que le ha dado la azarosa existencia en busca del diamante maldito de Barbanegra, cuenta con una sencillez sentenciosa la historia material y espiritual de su doble evolución. Como los héroes de Stevenson, también John Trenchard es huérfano. Pero aquí el misterio de los encuentros se duplica, porque John halla el pergamino que conduce al diamante al mismo tiempo que Elzevir Block pierde un hijo, y los hilos del destino se tejen de modo que este padre sin hijo y aquel hijo sin padre se enlacen fatalmente en la búsqueda, en el viaje, en el sufrimiento y en el regreso.

¡Y cómo está contada! Uno se admira al leer con qué suavidad evoca aquellos momentos negros en que tan difícil resulta «medir el tiempo cuando no se dispone de reloj ni de sol o estrellas que lo suplan» (cap. 18). Y, sobre todo, cuando descubre el cadáver de su compañero, amigo y padre: «Incluso yo —escribe—, que sabía dónde se encontraba, apenas pude ver la marca de la “Y” en su mejilla, porque la muerte había demudado la cicatriz y dejado en su cara una dulzura y una palidez tan delicadas como las de las estatuas de alabastro de la iglesia de Moonfleet» (cap. 19). ¿Qué autor no envidiaría estas líneas tan sencillas como majestuosas, tan limpias como conmovedoramente plásticas? Este momento culminante se puebla de extrañas y bellas simetrías. Recordemos que Elzevir Block había perdido su hijo años atrás (injustamente, por cierto). El nuevo hijo escribe: «En aquella misma mesa se había colocado el cuerpo de David y era aquella la misma estancia donde aquella forma inmóvil, que nunca más sentiría alegría o pesar, se había inclinado sobre su hijo y llorado por él» (Ib.).

John Trenchard es también un héroe de regreso, náufrago como Ulises, y no rico como Jim Hawkins. Pero ha vuelto hecho un hombre, vuelve como don Quijote, «vencedor de sí mismo; que es el mayor vencimiento que desearse puede» (II,73). Su novia, que lo ha esperado contra toda esperanza, le dice al verlo de vuelta, huérfano otra vez y pobre: «No hables de fortuna, pues no es la fortuna la que da la hombría y, si no has vuelto más rico de lo que te fuiste tampoco has vuelto más pobre, sobre todo en lo que al honor respecta, John» (cap. 19). He aquí un resumen esencial de este tipo de novelas,  que puede encerrarse en aquellas palabras de Cernuda: volver tras un largo viaje.

«No has vuelto más pobre». Estas palabras de su novia resultan proféticas, porque el tesoro finalmente llega, aunque por el vericueto menos previsto y del modo más inesperado. Hasta en esto se demuestra la inteligencia del narrador cuando escribe: «¿Para qué dilatar este relato cuando ya saben, por ser yo mismo quien lo ha referido, que todo acabó bien? Pues ¿quién tomaría la pluma para escribir una historia que concluyese con su propio infortunio?» (Ib.). Lo cierto es que no siempre el tesoro está donde se busca, y quizá había sido necesario aquel azaroso periplo, otro regreso más de alguna Troya, para comprender los extraños caminos por los que se accede a la edad adulta, y cuán enredados de crimen y castigo, de culpa y redención, de naufragios y tablas están los mares que llevan a Ítaca como los que llevan a Moonfleet.

*    *    *

Sé que no he escrito nada original, sé que pueden estar pensando que para este viaje —y nunca mejor dicho— no hacían falta alforjas. Lo sé. Pero del mismo modo que lo más difícil de explicar es lo evidente, los libros más difíciles de recomendar son los más conocidos. De mí sé decir que, al menos cuatro de los libros elegidos —Gulliver, 20.000 leguas, Huck Finn y Moonfleet— los descubrí o redescubrí pasados los treinta. Les invito a la aventura del redescubrimiento.

Tengo que terminar, sabiendo que se me han quedado fuera algunos libros, que como los que andaban distraídos en la biblioteca de don Quijote, no merecían el castigo del olvido, entre ellos Viaje al centro de la tierra, y A través del desierto y de la selva —un libro lastimosamente poco conocido de Sienkiewicz que he mencionado de pasada— y, entre los más importantes, El conde de Montecristo y Moby Dick, platos fuertes que requieren reflexión y entendimiento. El conde estaría perfectamente en el ciclo del Nautilus y aun podría sustituirlo, según los casos, sobre todo por lo que tiene de comedia humana a lo Balzac. En cuanto a Moby Dick, es tan consistente, que, cuando García Márquez intentó la abrumadora tarea de resumir la historia de la Literatura en una docena de obras, no dudó en colocarla entre ellas. Desde luego, cualquiera de ellos puede añadirse a alguno de los ciclos dichos, o sustituirlos sencillamente. En este como en todos los casos, no queda por hacer sino lo que dijo Sancho Panza: «No ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen varón» (II, 45).


[1] J. L. Borges, «Borges y yo», en El hacedor. Del mismo libro es el soneto dedicado a «Blind Pew», transcrito a continuación.

[2] No solo conocía la revolución francesa y la americana y la de Cromwell: recordaba episodios tan específicos como el de la conspiración de Georges Cadoudal (1771-1804), y la vida de conspiradores como Guy Fawkes o Titus Oates, que ya es para nota (Cf. La conspiración de Tom, caps. 1 y 2).

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